De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



viernes, 24 de diciembre de 2010

Capítuli 2, II

Aqui oímos hablar a Don Quijote, dictando a su futuro narrador, lo que nos hace regresar a la importancia de quien nos narra el relato, y cuya complejidad aumenará cuando, líneas más adelante, se nos diga que no está clara la historia de este personaje, que anda ya en crónicas, puesto que no se sabe bien cuál es su primera aventura: volvemos al narrador del que debemos desconfiar y que aun no nos ha mostrado todas sus cartas.
Este monólogo de Don Quijote, que sale solitario al mundo en esta primera ocasión, es una brillante manera de mostrar sus carencias. En primer lugar, alguien que habla consigo mismo y más de esta arcaica manera, demuestra no estar muy equilibrado ni siquiera como personaje literario: quien monologa así evidencia que su juicio no está muy sano y que necesita alguien que le dé réplica. Pero éste no puede aparecer aún, por la sencilla razón de que o participa de esta locura (lo que reduciría el efecto de la pareja protagonista) o se dará cuenta de algo fundamental del texto: Don Quijote no ha sido armado caballero y, cuando lo sea, ocurrirá en una falsa ceremonia. Por lo tanto, su acompañante, aquel que le dé la necesaria réplica, no puede aun aparecer.
Pero ya se anuncia que los personajes se nos irán haciendo no sólo con sus acciones sino también con sus palabras: ésta es otra de las claves de la modernidad de la novela. Tanto o más que lo que nos dice ese narrador al que ya miramos de forma avisada, es importante lo que pasa delante de nosotros: acción y palabra.
En el camino, Don Quijote encuentra una venta que él trasforma en castillo porque así lo quiere su impulso de ver el mundo con las normas de sus novelas y su necesidad de ser armado caballero y todos los personajes que allí halla son idealizados de la misma manera: desde las prostitutas hasta el ventero. Y con ellos asistimos por primera vez a las reacciones que despierta su figura, de gran interés para comprender lo que va a pasar más adelante: hay gente que se niega a entrar en la locura del hidalgo pero la mayoría, de una manera o de otra, le sigue el juego. Habrá varios motivos: cariño, diversión, sorpresa, la propia locura, etc. Los de esta venta, tras contener la risa, comienzan a trasformar su propia vida en vida libresca, descansan de sus quehaceres o de sus miserias, como hacemos los lectores, y deciden entrar en el mundo de esos caballeros andantes de los que han oído hablar en los relatos orales, en los romances, en las lecturas colectivas de las novelas.
Siempre me ha llamado la atención este poder de trasformación del entorno de Don Quijote, no tanto porque él quiera ver las cosas a su manera sino porque casi todos con los que se va encontrando en su caminar, caen en el apasionante juego de la fantasía.
Nuestro hidalgo ya se nos ha echado al camino antes del amanecer, ha pasado un día entero bajo el pleno sol de julio y llega, cuando anochece, sin mayores sobresaltos que la fatiga y el hambre, a una venta en la que medio percibe que se ríen de él, pero no le importa. Y, como era viernes, come bacalao en compañía de unas doncellas y un castellano sin poderse quitar la grave preocupación de saber que no ha sido armado caballero y, por lo tanto, le están vedadas las grandes aventuras que desea cometer.

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