De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



sábado, 11 de diciembre de 2010

Prólogo I

Es ya nuestro tercer Prólogo, como en las obras anteriores, Celestina y Lazarillo, encontramos aquí al personaje delnarrador y la declaración de intención de la obra. El prólogo , como género, había nacido en Grecia, se había consolidado en Roma .En las literaturas europeas medievales llega a convertirse en una tradición. .Ahora, en el Renacimiento ,el prólogo contribuira a crear una verdadera atmósfera de ficcionalidad en tanto que se interpone entre el lector y la obra y de esta manera establece un diálogo entre el autor y el lector .
Casi todos los estudiosos que han reflexionado sobre el prólogo a la primera parte del Quijote destacan tres aspectos ;
1. La lectura del Quijote, según el prólogo, exige un “desocupado lector”. Nuevo estatuto del lector, antes no reconocido. Aquel lector crítico, avisado, con tiempo de pensar. La ironía y el deslinde, con las dos primeras palabras del prólogo, “desocupado lector”, es la manera de Cervantes de colocar a un lado la formula del “ritual y deferente” recurso de “curioso lector”. Se dirige así el escritor a aquel que dispone de tiempo para leer y está libre de prejuicios preceptistas y de cánones dominantes”
2. Al lector que se ocupe del libro sólo se le promete “entretenimiento”. Adviértase que un ningún momento se le sugiere “enseñanza”. Entretenimiento que implica que al leer dicha historia “el melancólico se mueva a risa, el risueño la acreciente, el simple no se enfade, el discreto se admire, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla”. El nuevo lector será, entonces, múltiple y diverso.
3.- El lector elegido se encuentra en total libertad para “juzgar” y “valorar” la obra que aborda: “. . . tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado, y estás en tu casa, donde eres señor della, como el rey de sus alcabalas, y sabes lo que comúnmente se dice, que debajo de mi manto, al rey mato. Todo lo cual te esenta y hace libre de todo respeto y obligación, y así puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres della
El Quijote es una obra maestra, entre otras cosas, porque dentro contiene muchas elementos que permiten lecturas diversas, todas ellas válidas y sorprendentes, y podemos entrar en ella como si quitáramos las capas de una cebolla: es una obra de humor, una lección de buen gobierno y de civismo, la sabia introducción de la heterodoxia sin que revienten las costuras de lo políticamente correcto, el retrato costumbrista de la sociedad española de su época, la construcción de dos arquetipos antropológicos dotados de verosimilitud, el virtuosismo del diálogo, un muestrario completo de todas las formas posibles de narración hasta el siglo XVII (y hasta nuestros días, si exceptuamos la narrativa de vanguardia) y su propia parodia.
Sin embargo, nada de todo lo enumerado tendría validez como novela unitaria sin algo previo: la construcción de la figura del narrador moderno como personaje visible pero escamoteado al lector no advertido, poco fiable pero el único que puede guiarnos por las páginas de la historia y ante el cual se necesita un receptor también moderno, que le siga pero con la mosca detrás de la oreja.
Ese narrador, que estará en la famosa frase (...de cuyo nombre no quiero acordarme...) se nos presenta en el Prólogo al lector

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