De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



jueves, 30 de diciembre de 2010

"Todo el mundo se tenga, si todo el mundo no confiesa que no hay en el mundo todo doncella más hermosa que la emperatriz de la Mancha, la sin par Dulc

Don Quijote se cree ya caballero. Al alba decide volver a su aldea para seguir el consejo del ventero, aprovisionarse y tomar como escudero a un pobre vecino suyo, labrador con hijos. Esta primera referencia a Sancho Panza es muy útil para comprender el juego entre realidad y ficción del hidalgo: sabe que su vecino no reúne ninguna de las características que debe tener un escudero. Pero él tampoco es un caballero andante.
La historia de Juan Haldudo, labrador rico, y su criado, Andrés, enfrenta a don Quijote con la realidad de su tiempo: el amo azota al criado como cosa suya (recordamos la abundancia de palizas que sufre Lázaro). Cervantes mezcla la parodia de caballerías con la narración folklórica -lo volverá a hacer-. El hidalgo -por lo tanto, superior en rango social-, ejerce más que de caballero -aunque parte del diálogo parodia encuentros similares de las novelas de caballería- de juez de paz y sentencia a partir del sentido común que, al pobre mozo, se le pague la deuda y se le deje libre. Claro que, como acepta la palabra del labrador creyéndole hombre de bien, causa más daño a Andrés, al que su amo vuelve a atar y golpear al desaparecer don Quijote. Nada más crudo que el comportamiento habitual del ser humano para que nos dejemos de literaturas. Como volveremos a saber de Andrés, comprenderemos que el pobre muchacho ha aprendido la lección del mismo modo que la aprenció Lázaro: solucionar uno mismo los problemas asegurándose de que el resultado de la demanda no se vuelva en contra.
Don Quijote llega a una encrucijada de caminos y, a imitación de los caballeros andantes, deja que sea su caballo el que decida el camino. Rocinante, que no sabe nada de novelas, se deja llevar por la querencia. Este azar le depara La segunda aventura. El encuentro con los mercaderes toledanos a los que reta, al estilo de las novelas, impidiéndoles el paso si no juran que Dulcinea es la más hermosa de todas las damas. Uno de ellos, más burlón y conocedor de los relatos caballerescos, entra en el juego y le provoca, por lo que don Quijote arremete contra él. Ya sabemos cómo termina el caso: Rocinante tropieza y da con su amo en el suelo, sin poderse levantar y a merced del mozo de mulas de los de Toledo, que rompe la lanza del hidalgo sobre sus costillas y lo golpea hasta que se cansa. Obsérvese que, en esta primera paliza que recibe el protagonista, se parodia también el sentido caballeresco de romper lanzas (hay muchos juegos de este tipo en toda la novela) y se rebaja cruelmente el gozo de don Quijote. Sin embargo, éste lo acepta como un lance propio de los caballeros andantes puesto que aun no es hora de cansarse de que la realidad se empeñe en demostrar su fuerza.
Hay, en el capítulo, una sabia medida de contraste de emociones: por una parte, la felicidad del protagonista; por otra, la constatación de que, incluso cuando triunfa, la realidad lo derrota. Don Quijote parece que sólo puede vencer en la utopía. Y hay otra cosa que, en todas mis lecturas, me ha llamado la atención, el uso de un refrán que incide en que cada persona se hace a sí misma con sus actos:
-Mire vuestra merced, señor, lo que dice -dijo el muchacho-, que este mi amo no es caballero ni ha recebido orden de caballería alguna; que es Juan Haldudo el rico, el vecino del Quintanar.
-Importa poco eso -respondió don Quijote-, que Haldudos puede haber caballeros; cuanto más, que cada uno es hijo de sus obras.
No será la única vez que Cervantes use esta afirmación o similares. Por acumulación de frases de este tipo y contexto, ha sido puesta en relación con la doctrina erasmista que había que disimular a principios del siglo XVII .

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