De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 9 de enero de 2011

Capítulo IX

Éste es uno de esos capítulos que no comprenderemos bien si no hemos leído el Prólogo.Si hemos comenzado el libro en la famosa frase En un lugar de la Mancha, pensaremos que el narrador tiene algunas incertidumbres -no nos informa del lugar de origen del protagonista, no sabe bien cómo se llama don Alonso, etc.-, que podrían ser achacables a las crónicas e historias que dice usar. Pero, llegados al final del capítulo anterior, nos encontraremos de golpe con que confiesa no saber la continuación de la historia porque, sencillamente, se ha terminado el manuscrito que le sirve de guía: se confiesa segundo autor.
No así nos pasará a nosotros, que ya desde el Prólogo estábamos advertidos de que su hijo era hijastro y que el autor llamado Cervantes se había convertido en personaje de su propia obra, de la que no estaba muy seguro. Analicemos esto.
En primer lugar, sustituyamos el concepto de autor por el de narrador para ser más actuales y comprender mejor lo que pasa en este capítulo noveno, aunque no perdamos de vista que el guiño de Cervantes cuestiona también la propia autoría: Miguel de Cervantes es el autor del Quijote pero el narrador de la historia no es él sino un personaje llamado Miguel de Cervantes que se ha construido, genialmente, en las páginas preliminares y, hasta este momento, en algunas apariciones sueltas (de cuyo lugar no quiero acordarme, por ejemplo).
Dejemos al bueno del primer Cervantes y vayamos con la construcción literaria del segundo, que se nos ha presentado desde el primer momento como poco fiable (incluso desconoce el nombre exacto de sus protagonistas), lleno de trampas (hace caso de lo propuesto por su amigo y falsifica los poemas iniciales, por ejemplo) y ahora como un osado al que podríamos pedir responsabilidades los lectores: ha comenzado una narración de la que no tiene el final. Como nos ha presentado su historia como crónica -es decir, como hecho cierto, ocurrido y constatable- y, por lo tanto, de la que se pueden sacar testimonios, confiesa francamente no estar preocupado y confiar en que deben andar por algún lugar los escritos de tan famoso caballero y, si no, mantenerse en la memoria de las gentes. Y aquí hay una segunda vuelta de tuerca: no sólo es crónica sino crónica de acontecimientos cercanos -ya lo intuíamos con la presencia de ciertos títulos en la biblioteca del hidalgo, entre los que se encuentra incluso La Galatea-. De paso, cuestiona la verdad de los géneros históricos, no sólo de las novelas de caballerías.
Cervantes juega con los dos elementos nutrientes más importantes de cualquier narración: la figura del narrador y el tiempo de lo narrado. Y lo hace con la frescura sin complejos del que sabe que está provocando un terremoto en un género que ya no podrá volver a ser el mismo tras estas palabras. Bien es cierto que algunos procedimientos no son originales suyos, pero nunca como aquí se habían sumado para llevar al límite todas las posibilidades.
En cuanto al narrador, a partir de este capítulo sabremos que, al menos, hay tres:
1º.- Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo y, por lo tanto, poco fiable para las aventuras de un caballero cristiano (su mismo nombre ya es toda una afirmación de carácter). De él es el texto que sigue el narrador Cervantes a partir de ahora. Sin embargo, queda sin aclararse a quién se debe lo narrado con anterioridad, aunque se ha afirmado que saca los testimonios de ciertas crónicas.
2º.- El traductor que encuentra en Toledo y al que el personaje Cervantes encierra durante unas semanas en su casa para que complete el trabajo a cambio de dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo. Resultará un morisco aljamiado. Este traductor, como tal, inspira desconfianza: primero, porque no es profesional de la traducción, es un personaje anónimo y no podremos pedirle responsabilidades; segundo, porque debe andar medio oculto en la sociedad española del momento; tercero, sencillamente, porque es traductor y, como tal, traiciona el libro, según viejo refrán popular.
3º.- El personaje Cervantes, tan bien construido en el Prólogo y en este capítulo y del que ya hemos afirmado su escasa fiabilidad, que se aumenta aquí si seguimos su propia argumentación: para hablar de un caballero cristiano de un tiempo próximo al de la escritura sigue un texto de un historiador arábigo traducido por un morisco aljamiado. Por otra parte, volviendo al concepto de autoría: ¿cómo queda tras este vapuleo si sólo se ha limitado a darle estilo y algún comentario personal? Aunque en la época no reinaba nuestro mismo concepto de originalidad, si todo es de otros, dónde está la raíz de la obra propia?
Con esto ,Cervantes consigue anular definitivamente al autor omnisciente e incuestionable de la narrativa anterior, exigiendo del lector la participación activa puesto que debe recordar todo esto para reinterpretar todo el texto de forma correcta. Como esto se alarga demasiado, sólo quiero anunciaros que la figura del narrador se irá problematizando más aun a lo largo del libro y, en especial, al inicio de la Segunda parte.
El juego con el tiempo de lo narrado será otra de las cuestiones básicas de la narrativa que dinamite Cervantes aquí: nos narra la historia de un contemporáneo cuyas hazañas ya andan escritas por historiadores. El narrador Cervantes pierde semanas en hacerse traducir el texto. Y, sin embargo, lo narrado es sólo la parte de las aventuras vividas por don Quijote y Sancho en un verano concreto. No quiero anticipar más, pero todo esto se convertirá en irónica mirada cervantina sobre el género narrativo también en la Segunda parte. Queden ambas cosas, por lo tanto, para ser resueltas en ese momento.
Para hacernos entretenida esta lección magistral, Cervantes juega con varias cartas: en primer lugar, la misma inercia del lector, que desea conocer qué pasa con la batalla suspendida; en segundo lugar, con la recreación de una calle toledana bulliciosa, llena de vida en un retrato costumbrista impagable, no exento de fina crítica ante la uniformidad pretendida por los gobernantes, que acabarán (o habían acabado ya) con la mezcla que se adivina entre líneas; en tercer lugar, con los motes, cuando no insultos tópicos, de los moros y judíos -esto ya ha perdido vigencia, por suerte-; en cuarto lugar, la misma figura del personaje Cervantes, apasionado por la lectura y caminante por calles bulliciosas; en quinto lugar, bromas de humor fino o burdo, como la de las doncellas vírgenes de ochenta años a no ser que se encontraran por el camino con gigantes, follones o villanos.
Finalmente, la historia central puede continuar: don Quijote, tras recibir un golpe del vizcaíno que le arranca la mitad de su oreja izquierda -lo que intensifica la caracterización física del hidalgo-, le asesta otro que lo deja medio muerto. Al vizcaíno sólo lo salvan, curiosamente, las normas de la caballería puesto que por él interceden las damas presentes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario