De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 2 de enero de 2011

Capítulo VI

Este capítulo, cierra la primera salida de don Quijote y, por lo tanto, concluiría esa posible novela breve con la que Cervantes comenzó la historia del hidalgo, al estilo de las Novelas ejemplares .
El capítulo es una parodia de un auto de fe inquisitorial que lleva a cabo el entorno familiar, que son los que, se supone, deben velar por el bien del hidalgo. La idea no se esconde sino que sigue sustancialmente los pasos de un proceso inquisitorial: denuncia basada en una argumentación simple de los hechos -si se volvió loco leyendo estos relatos, son culpables- sin demasiadas disquisiciones ni pruebas; proceso judicial sumarísimo del cura apoyado por el barbero en un mínimo debate y entrega al fuego de unos, salvando a otros y dejando para expurgar algunos, sin que queden claros muchas veces los motivos. En este proceso, además, se van configurando los caracteres de este entorno cercano de don Quijote: el cura, que aquí ejerce de inquisidor pero, a la vez, demuestra ser leído y tener sensibilidad literaria, además de un sentido del juego que irá desarrollando; el barbero, compañero inseparable del cura y con tantas ganas de hacer algo por su vecino y amigo como de salir al mundo aunque con el sentido común que le faltará al hidalgo; el ama y la sobrina, sacadas de niveles populares y el entorno íntimo de lo familiar de las mujeres del momento.
Aunque a Cervantes le interesaba el juicio literario de los géneros y títulos aquí presentes, el recurso del escrutinio al estilo de un auto de fe refleja, de forma sutilmente irónica y crítica, el control cultural al que estaba sometida la España de su época por la Inquisición. Para alguien formado en un espíritu humanista y que guardaba celosamente inclinaciones erasmistas, no dejaría de ser una buena oportunidad para usar un juego de espejos en el que se retratara el asunto sin salirse de lo señalado en los índices de libros prohibidos ni en las normas que de ellos se derivaban -con lo que evita problemas-. Es más, Cervantes usa de esta parodia para llevar el agua a su molino -puesto que la parodia del proceso inquisitorial es la estructura en la que volcar lo que es verdaderamente sustancial del capítulo: una selección del canon literario de las modalidades citadas- y condenar, entre los libros aquí presentados, los más inverosímiles y, por lo tanto, alejados de la línea narrativa realista que preconiza; también para condenar las traducciones -Cervantes era contrario a traducir obras entre las lenguas romances- y bromear sobre su propia situación en la literatura española al encontrar en la biblioteca La Galatea:
-Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y, entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
En efecto, Cervantes prometió en varias ocasiones la continuación de esta novela pastoril que escribió cuando se le abría una brillante carrera literaria que hubo de posponer hasta El Quijote. Como hizo en sus obras teatrales, La Galatea es una novela pastoril que avanzaba un género, propiamente renacentista, hacia nuevas formas, al hacer entrar en ella elementos de la realidad que contradecían, aparentemente, el idealismo en el que se insertaba, viniendo a desvelar su truco de construcción, como es frecuente en el barroco. Por eso, en este capítulo condena a la hoguera novelas pastoriles escritas con posterioridad a la suya y que no aportaban gran novedad a la modalidad.
Hay varias cosas que llaman la atención en la biblioteca de don Quijote. En primer lugar, el número de ejemplares y su cuidada encuadernación. En aquella época, una biblioteca de este tipo era costosísima y el inventario avala la afirmación del primer capítulo de que había visto reducir sus rentas al comprarlos.
En segundo lugar, el hecho de que allí no se encuentran libros de devoción -que son los más vendidos de aquellos tiempos-, ni de historia ni de ningún otro tipo que no sean los de caballerías, pastoriles y de poesía, fundamentalmente épica. Es decir, consiste en una selección de libros de los que hoy llamamos literarios, entre los que no se hallan géneros propios de la transmisión oral ni fórmulas narrativas más realistas, como la picaresca y la novela a la italiana, tan influyentes en Cervantes. Como vemos en la lectura del texto, no es cierto que se condenen todos los libros de contenido fantástico sin excepción, puesto que se salvan las obras maestras que los dieron nacimiento y algunos cuya calidad literaria los avala. Son condenados, los que caen en el exceso, el amaneramiento del género y la inverosimilitud. De algunos -como La Diana- se expurgan los pasajes más fantásticos.
Es conocida la admiración que demuestra aquí Cervantes por un libro como Tirante el Blanco, que él conoció en su traducción castellana de 1511 y que pone como ejemplo de tratamiento realista del género de caballerías, alejado de los excesos de lo fantástico:


-¡Válame Dios! -dijo el cura, dando una gran voz-. ¡Que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está don Quirieleisón de Montalbán, valeroso caballero, y su hermano Tomás de Montalbán, y el caballero Fonseca, con la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros deste género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.


De hecho, hay quien afirma que el Tirante es, en realidad, la primera parodia de un género ya en sus primeros inicios.


Este capítulo es, sin duda alguna, uno de los más conocidos, pero comprendo que, para aquellos lectores que no conocen bien la filiación de los volúmenes citados, pueda resultar pesado e incongruente. A estos les pido que lo lean como juego paródico con la realidad inquisitorial, propuesta literaria de una forma de escribir cervantina con un poquillo de colmillo retorcido del autor y cierre necesario de la primera salida del héroe en los principios narrativos contenidos en las Novelas ejemplares.
El proceso a los libros ha sido muy imitado. Quiero recordaros aquí cómo Carvalho, el protagonista de muchas de las excelentes novelas de Vázquez Montalbán, también quemaba páginas literarias, aunque en él el proceso denunciaba la imposibilidad de adanismo del ser humano, sobre el que pesa la cultura, a veces, como una losa.


Leer más: http://laacequia.blogspot.com/2008/06/proceso-los-libros-de-don-quijote-16.html#ixzz19tNq94uv
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