De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



viernes, 7 de enero de 2011

Capítulo VII

En El Quijote encontraremos varios capítulos como éste, que sirven, estructuralmente, para pasar de una a otra aventura o suceso. En contra de lo que se puede pensar, son capítulos con una gran importancia y a los que debemos prestar mucha atención puesto que en ellos aprovecha Cervantes para introducirnos elementos de relevancia para la narración. En estos capítulos, en los que los lectores que buscan la acción se desesperan porque no pasa nada, ocurren demasiadas cosas.
El capítulo cierra definitivamente la primera salida, con la quema final de los libros, culminando la parodia del proceso inquisitorial en el que el brazo seglar (el ama) prende la hoguera obedeciendo el mandato del religioso (el cura) sin advertir que, en el apresuramiento, se queman libros inocentes hasta para el cura si hubiera hecho la diligencia con más celo; también continúa la vigilancia que sobre el hidalgo ejerce el núcleo próximo de familiares y amigos, que toman la decisión de tapiar la puerta de la biblioteca.
La biblioteca ya está vacía, no habría necesidad de esconder su puerta, pero no sólo se le quitan los libros sino hasta el mismo espacio de lectura, lo que potencia el significado del acto. Cuando, después de dos días, don Quijote se recupera y quiere ver sus libros se le miente, afirmándose que se los ha llevado un encantador. Este hecho, es producto -como la forma en la que tiene de hablarle el cura, siguiéndole la corriente- de algo que ya hemos dicho: la potencia de la locura de don Quijote, su fuerza para trasformar el mundo es tal que provoca que todos entren, de una u otra forma, en su juego. Y de paso tiene el efecto contrario del perseguido. Si le hubieran dicho que le habían retirado los libros por su bien, don Quijote se hubiera tenido que enfrentar a la realidad, pero, de esta manera, fomentan su locura. En todo caso, convierten a un lector definitivamente en soñador: no puede volver a leer sus libros, así que no tiene otra salida que vivirlos. El acto por el que se le quiere proteger de su locura, la aumenta y respalda.
La segunda parte del capítulo, prepara, en realidad, el resto de la narración. Tras quince días, don Quijote vuelve a salir al mundo. Pero ya no está solo. Siguiendo las instrucciones del ventero, se aprovisiona de todo lo que le recomendó y, en consonancia con las historias de caballeros, toma como escudero a un labrador vecino suyo, Sancho Panza. La primera descripción que tenemos de él nos lo presenta como un hombre de bien pero poco inteligente, que se embarca en una aventura alocada tras una promesa fantástica de enriquecimiento o gobierno de una ínsula (palabra cuyo exacto significado ignora, pero en sus oídos vale tanto como Perú) y sigue a su amo, abandonando a su mujer e hijos a lomos de un asno. Valoraremos en una próxima entrada la creación de Sancho Panza, aquí nos contentaremos con señalar uno de los grandes rasgos geniales de esta narración: la construcción de estas dos figuras que contrastan tanto como se complementan. Ninguno de los dos volverá a ser el mismo tras este cruce de caminos.
Comienza la segunda salida de don Quijote, que se teje de la relación y el diálogo entre amo y escudero, porque el diálogo cervantino es otro de los legados de esta novela. Ambos hablan de verdad durante cientos de páginas, como no se había hecho hasta ese momento en la literatura.

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