De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



sábado, 8 de enero de 2011

Capítulo VIII

El Capítulo VIII es el núcleo que impulsa la novela hacia adelante. Cervantes consigue, en estos párrafos asombrosos , dar un salto de calidad , ya no estamos sólo ante una parodia sino ante una novela divertida, actual , un relato moderno.
Se compone de varios elementos engarzados: la aventura de los molinos de viento; la noche en la que sustituye su lanza rota por una rama; el encuentro con un grupo de viajeros heterogéneos entre los que cabe resaltar a dos monjes, una dama y un vizcaíno y, por último, la suspensión del relato porque al narrador se le ha acabado la historia. La primera decisión de Cervantes es acumular todos estos sucesos en un capítulo, con lo que consigue calar en el lector inundándole con su historia y dejarle en su mente, bien señaladas, algunas de las cuestiones claves que se propone:
1º.- Poner en evidencia las diferencias entre sus dos personajes protagonistas, avanzando enormemente en su caracterización y fijando definitivamente su imagen en la mente del que lee.
2º.- Entretenerle, de tal manera que quede atrapado por las locuras de este hidalgo loco. Irremediablemente atrapado: la acumulación de sucesos en los que don Quijote deja clara su extravagancia termina de agarrar la atención de quien lo lee.
3º.- Ponerle, de golpe y por si no hubiera estado claro, en una España real, reconocible tanto en sus caminos y topónimos como en sus personajes, costumbres y tópicos (por ejemplo, el del vizcaíno).
4º.- Suspender su ánimo para profundizar en toda la apuesta narratológica sobre el cuestionamiento del narrador.
Cuando don Quijote y Sancho se topan con los molinos, Cervantes pone de relieve la diferencia inicial, de base, entre ambos: don Quijote ve gigantes, como en sus libros de caballerías y siente que debe batirse con ellos; Sancho ve sólo molinos y así los describe, con precisión, incapaz de doblar la realidad en fantasía, como su amo. Ambos conocían bien estos ingenios, porque eran una de las innovaciones más importantes del momento y habían llamado la atención desde que comenzaron a usarse poco tiempo antes. De hecho, algunos han interpretado el pasaje como un enfrentamiento del espíritu humano que ve en la técnica un enemigo. La derrota los diferencia en un primer momento: don Quijote, alentado por la desaparición misteriosa de su biblioteca, la achaca a su encantador enemigo, con lo que queda demostrado que los que quisieron ayudarle no hicieron más que alentar su locura; Sancho, tras una primera recriminación, no insiste y termina dando la razón a su amo, vencido por sus palabras más que por sus hechos.
El intermedio que sigue, profundiza en las diferencias entre ambos: don Quijote no se queja de sus magulladuras, piensa como un caballero de sus novelas (imita su arcaica forma de hablar durante todo el capítulo) y no come ni duerme; Sancho no renunciará a quejarse si tiene dolor, manifiesta que no se batirá contra nadie salvo que su vida esté en juego y come y duerme sin que nada turbe ni su apetito ni su sueño. Además, con el arreglo de la lanza con una rama, don Quijote termina por dar un aspecto carnavalesco a su indumentaria. Al relatar la historia de Diego Pérez de Vargas, personaje histórico al que pone a la misma altura que a sus caballeros novelescos, evidencia de nuevo que la raíz de su locura consiste en la falta de distinción entre realidad y ficción.
Cuando don Quijote arremete contra el grupo expedicionario con el que se encuentran camino de Puerto Lápice, la extravagancia de su comportamiento no viene tanto de imaginarse seres extraordinarios sino de hacerse la idea de una aventura caballeresca por la que tiene que rescatar a una supuesta princesa en medio de un paisaje tan reconocible. Es un pasaje divertidísimo: hace de dos monjes de San Benito unos bultos negros sospechosos y entabla una descomunal batalla contra un vizcaíno picado de honor al verse insultado y que se defiende con una almohada. En estos párrafos, que aceleran la narración para cortarla en seco, debe retenerse cómo Sancho quiere hacer valer el derecho de conquista y comienza a despojar al fraile -con lo que se hace evidente el que es, a estas alturas, su motivo más importante al unirse a don Quijote-, con lo que recibe su bautismo de golpes, y la caracterización del vizcaíno al estilo de los personajes tópicos que podemos hallar en la narrativa y el teatro barroco, en especial a través de la fabla -Cervantes era un maestro en este tipo de recurso literario- y su reacción cuando se ve acusado como no caballero.

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