De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



martes, 11 de enero de 2011

Capítulo XI

En esta ocasión, los protagonistas se encuentran, sucesivamente, con dos tipos de pastores: los cabreros de este capítulo y los pastores fingidos de los siguientes. Así resultará una narración entreverada en la que están presentes varias modalidades sin que ninguna sea, propiamente, ortodoxa según los cánones que las definían hasta ese momento. Se sitúan en el mismo plano personajes y sucesos de diferentes orígenes literarios consiguiendo que funcione la mixtura enseñándonos el truco artístico que no se esconde, sino que se pone en primer plano, como gustaba en esas décadas iniciales del siglo XVII: hacerlo tan evidente quizá sea la mejor forma de ocultarlo a los lectores que se dejan atrapar por la trama.
La Primera parte del Quijote es un muestrario de las fórmulas narrativas del siglo XVI sometidas a un tratamiento paródico que las modifica para hacerlas más apropiadas a la novela nacida tras El Lazarillo, sobre todo con su sometimiento al realismo (o quizá mejor, con un juego de espejos con él).
Veamos: un caballero que no lo es, pero que vive en un mundo construido a la manera del real como si fuera un héroe de los que ha leído en las páginas de sus libros -con tal evidente desnivel entre lo que dice ser y lo que es que a todos les resulta evidente su locura-, acompañado de un escudero que tampoco lo es y que no ve el mundo con los ojos de su amo pero le gustaría porque eso supondría su medro personal, se encuentran en un ambiente pastoril que a los lectores podría recordarles la literatura de pastores -idealizada, estática, premoderna y, por lo tanto, contraria al realismo- en el que viven cabreros cuya caracterización parte del realismo para ir adelgazando su condición hasta dejarles en un ambiente muy cargado de literatura en las siguientes páginas.
Don Quijote , en la cena compartida con los cabreros, quiere tener un gesto con Sancho y le invita a sentarse con él. Como Sancho rehúsa, puesto que se encuentra más a gusto a solas, don Quijote le fuerza a hacerlo. Este gesto anula la cortesía del hidalgo y hace ver la diferencia social entre ambos que quería aminorar don Quijote.
Tras la cena, ante las bellotas avellanadas que se ofrecen de postre, Don Quijote pronuncia su famoso discurso sobre la Edad dorada, que tantas páginas de interpretación ha hecho correr. En principio, el discurso está construido de una forma perfecta y pretende demostrar la necesidad del oficio del caballero andante en un mundo tan alejado de aquella edad y que está dominado por las desigualdades, la violencia -sobre todo contra las doncellas- y un sentido equivocado de la propiedad privada. El caballero andante es el encargado de intentar corregir los desórdenes e injusticias provocados por la degradación del trascurso de los tiempos. Como éste caballero andante que se sienta con los cabreros no parece ser el más apropiado para hacerlo, todo el discurso queda negado pero no así la evidencia de que no hay nadie que ayude a los necesitados del mundo moderno. Necesitados que no existían en el principio de los tiempos.
El discurso es casí perfecto: falla en un elemento esencial de toda palabra pública puesto que no se ajusta a sus receptores. Ninguno de los que le oyen está capacitado para comprenderlo. Es, por lo tanto, estéril y se convierte en un mero ejercicio retórico en el que don Quijote manifiesta su confusión ante los planos real y fantástico. Es un adorno literario de un personaje que no comprende lo que tiene a su alrededor.
Tras la rústica cena, regalan a don Quijote con el canto de Antonio, un joven cabrero, compuesto por un tío suyo y en el que, a imitación de la literatura folclórica de corte más vulgar, expresa el amor de un zagal en un tono más que coloquial. En realidad, el canto entronca en una doble tradición: por una parte la de la poesía oral de expresión popular de amores que no deja de lado el humor, incluso zafio; por otra -y es la que trae aquí Cervantes, sobre todo-, la corriente de poesía culta que imita la primera y que tiene un gran cultivo en la literatura española desde la Edad Media hasta nuestros días. Tendríamos, por lo tanto, la imitación de un canto rústico de pastores en una parodia de la literatura pastoril. Como vemos, nuestro autor no se conforma sólo con una de las posibilidades, sino que construye todo un juego de niveles interrelacionados.
Termina el capítulo con dos elementos que nos devuelven al sentido de la realidad: Sancho, que ha estado comiendo y bebiendo todo lo que ha podido, reclama descanso para los cabreros -y para él- porque no son pastores literarios sino reales, que se pasan el día trabajando y necesitan dormir y no pueden andar, como en las novelas, cantando penas sin más; finalmente, a don Quijote, se le realiza una cura de la oreja con remedios caseros: romero, saliva y sal.

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