De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



jueves, 20 de enero de 2011

Capítulo XIX

Cervantes sabe que no puede seguir apaleando a sus personajes de la misma manera y que, si quiere mantener la atención del lector, debe variar el tono de sus aventuras. Es curioso que todo esto suceda después de la aparición, por primera vez, del concepto "capítulo" al final del texto del anterior (vuelve a usarse al final de éste). Cervantes, que había estructurado la novela por "partes" para parodiar la división tradicional de los libros de caballerías, tenía muy en cuenta la división en capítulos: hemos visto ya cómo deja algunos finales en suspense para obligarnos a comenzar el siguiente capítulo; también cómo en muchos se repite la misma estructura, que consiste en un diálogo que cierra la aventura anterior, la narración de la nueva y el avance de la que sigue, con lo que se despierta el mismo interés por seguir leyendo. En fin, Cervantes conoce la importancia de la recepción de la obra y juega con el lector y sus expectativas: algo que se ha dejado de lado erróneamente en gran parte de la novela moderna para evitar ser confundida con la literatura popular.
Entre estos recursos, tras un número de capítulos en los que se ha repetido un mismo tipo de estructura y temática, debe sorprender al lector dándole amenidad y variedad.
Nos encontramos con una aventura nocturna en espacio abierto, ante una amenaza cierta que cualquiera de nosotros comprendería en medio de un descampado y sin luz; con recursos propios de la cultura popular -las apariciones de procesiones fantasmales- mezclados con el claro referente libresco que parodia -los encuentros de los caballeros andantes con cuerpos muertos-. Además, ni don Quijote ni Sancho salen lastimados.
Debemos darnos cuenta de que Cervantes juega con el lector también en otra cuestión. Acostumbrado éste, por las historias de caballerías y otras en las que se introducen elementos mágicos y sobrenaturales, puede pensar que la historia va a derivar por ahí. Pero Cervantes no está dispuesto: su historia es verosímil, construida según un realismo que le permite obrar en su mundo y parodiar los textos de referencia. Por eso, lo que se inicia como una historia de aparecidos termina con don Quijote y Sancho comiendo abundantemente en un prado la comida robada a los clérigos.
Observemos, además, que Sancho no recrimina a su amo lo que hace: porque, sin duda, en esta ocasión, él ve mucho más allá que su amo. El encuentro con los caballeros encamisados y una litera en la que va un muerto en mitad de la noche, les provoca temor a ambos, pero sólo Sancho se ve paralizado. A don Quijote le salva del miedo su locura caballeresca, como en otras ocasiones le apartara de la realidad: por eso se atreve a pedir explicaciones al bachiller y acomete, picado de orgullo y asaltado de deseo de aventura al resto. Por supuesto, el hecho de que los acometidos sean eclesiásticos sin armas, ayuda al éxito. Sancho, en vez de recriminar a su amo o advertirlo, como en anteriores ocasiones, lo admira: Sin duda este mi amo es tan valiente y esforzado como él dice. Una vez conseguido el triunfo, que lo reconcilia con el mundo caballeresco, no duda en asaltar las provisiones de los vencidos como derecho de conquista.
Hay más cosas en este capítulo.
El diálogo inicial tiene la función de recuperar motivos anteriores, darles una nueva función y prepararlos para su reaparición posterior: el incumplimiento de la promesa de don Quijote, de la que ya se había olvidado, explicaría los golpes de la venta.
Es interesante recordar que algunos estudiosos han propuesto, con gran acierto, que tras este traslado del muerto de Baeza a Segovia, se esconde una alusión al traslado de los restos de San Juan de la Cruz de Úbeda a Segovia en 1593, suceso muy comentado en aquellos años y cuya utilización aquí, sin duda, tuvo una oculta intención por Cervantes.
El bachiller Alonso López, que les cuenta la verdad de la historia -tras una inicial mentira al hacerse pasar por licenciado-, es otro de esos magníficos secundarios de la novela, personajes caracterizados con maestría por el autor que, tras su desaparición, nos dejan con la sensación de que podrían ser los protagonistas de su propio relato: con ciertos toques pícaros, bromista y hábil con las palabras, y rencoroso en el asunto de la descomunión (que don Quijote salva con un recurso de juego casi infantil: él no lo tocó con la mano, sino con la lanza). A este asunto de la descomunión se le ha dado demasiadas vueltas y quizá no merezca tantas: aparece en muchos textos y era más frecuente en la historia de lo que nos parece hoy. Sí es oportuno señalar cómo el respeto a ser intocable -que, amparado por la ley, reclama el bachiller-, para don Quijote debe ganarse con el comportamiento individual más que corporativo.
Por último, aparece otro motivo clave del capítulo: Sacho nombra a su amo como el Caballero de la Triste figura, sin saber que se remonta a una tradición de la literatura caballeresca. Hay una sutil ironía en esto, porque, a diferencia de lo que sucedía con otros caballeros, el nombre aquí no se refiere a un valor espiritual del así nombrado, sino a la degradación física evidente a la que le han conducido los golpes y la pérdida de las muelas y dientes, lo que acentúa el patetismo, la comicidad del rostro y la parodia de las andanzas caballerescas.
Sancho aconseja, con sentido común, apartarse del lugar. Tras ello, se dan un suculento banquete con la comida de los clérigos que, como señala con chiste e intención Cervantes, pocas veces se dejan mal pasar.

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