De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



martes, 18 de enero de 2011

Capítulo XV

Comienza, con el capítulo XV, la tercera parte, en la que la trama de las historias que se cruzarán alcanzará un nivel de complejidad muy superior a la de las dos anteriores. Una vez presentados los personajes y parodiadas las dos modalidades de relatos más famosas de la literatura idealizada, Cervantes aumenta el nivel de dificultad técnica y se propone cruzar varias historias y múltiples perspectivas, en un alarde sorprendente.
Pero necesita un capítulo que retome a nuestros protagonistas, apartados en la historia de Grisóstomo y Marcela, y los haga llegar a ese lugar de paso y cruce que es la venta tras abandonar la búsqueda de la joven de una forma natural y verosímil. Y esa es la primera función de éste que comentamos hoy.
El capítulo comienza con don Quijote y Sancho buscando a Marcela en el bosque pastoril y topando con un espacio propio para el descanso y con características que parecen elevarlo a un locus amoenus. Algo les impide seguir la búsqueda, algo que supone una inversión brutal del amor literaturizado del episodio de los pastores, en un contraste que hace aterrizar a protagonistas y lectores en la realidad: el encuentro con unos arrieros yangüeses.
Inesperadamente, Rocinante siente el impulso natural de refocilarse con unas hacas galicianas que llevan dichos arrieros y a ellas se acerca para ser rechazado a coces. Como en los párrafos que siguen Cervantes personifica al caballo en varias ocasiones, queda más clara aun su intención de utilizar este hecho como oposición radical al sentimiento poético de Grisóstomo y la defensa de la libertad de Marcela: estos animales no se andan con tantos miramientos ni necesitan cubrir de palabras su deseo ni su rechazo.
Ya sabemos cómo acaba el asunto: los yangüeses apalean a Rocinante, don Quijote y Sancho salen en su defensa y acaban también muy malparados por los golpes que reciben.
He aquí otro motor paródico en el que no se han solido fijar los comentaristas. Don Quijote -ya que Rocinante ha sido personificado-, necesita defender su honor, que ha sido ultrajado por los arrieros al golpear a su caballo y Sancho lo acompaña, aunque con la lógica prevención ante el número de los contrarios, que es vencida por su amo (Yo valgo por ciento). Pero las cosas no terminan como en los textos literarios en los que quien sale por su honor resulta, por lógica, vencedor.
En la divertida conversación que sigue, con ambos en el suelo, queda explícito este hecho y la diferencia entre los dos. Sancho Panza renuncia a volver a defenderse en una situación similar, utilizando una fórmula de juramento cristiano solemne. En el fondo, sabe que no es un hombre de armas. Don Quijote, desvaría, como le pasó tras su encuentro con el mozo de mulas del capítulo IV. Pero aquí no llega a disparatar como en aquella ocasión porque la narración ya no va a detenerse y porque ahora debe disimular ante su compañero de aventuras. Debe justificar su derrota ante sí mismo y ante Sancho y lo hace de la única forma que sabe: echando mano de la literatura, en la que encuentra suficientes ejemplos de personajes a los que les pasó lo mismo. Evidentemente, don Quijote manipula estas narraciones para que se ajusten a sus pretensiones.
Y así, echado de forma indecorosa sobre el asno de Sancho, que se ha salvado de la paliza, llegan a una venta que don Quijote hará castillo.

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