De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



jueves, 20 de enero de 2011

Capítulo XVII

La mañana comienza con el candilazo el cuadrillero , dejándose llevar por la ira, aplica. No es sólo broma cervantina contra la autoridad, sino parte del repertorio folklórico que siempre tiende a hacer chistes sobre este tipo de personajes.
Sigue la preparación del famoso bálsamo de Fierabrás y su distinto efecto en don Quijote y Sancho.
Por último la salida sin pagar de la venta con el manteo de Sancho. .
Don Quijote y Sancho comentan, con el mismo tono que usaron después de la aventura de los yangüeses -lo que confirma el paralelismo de ambos episodios-, los acontecimientos nocturnos. Vemos, en la conversación, la transformación radical de la realidad a través de la locura de don Quijote y de su contagioso efecto en Sancho. Nosotros hemos asistido a lo que pasó, pero ahora se nos da con otra perspectiva. Esta es una técnica cervantina muy moderna que encontraremos en varias ocasiones más: el mismo acontecimiento puede ser descrito de forma diferente y ser todas las veces cierto, porque la subjetividad lo cambia para el que lo cuenta, que no miente, y más aun, como sabemos, si el narrador primero es poco fiable. A don Quijote y a Sancho les termina de confirmar la veracidad de su forma de enfocar los acontecimientos nocturnos el candilazo del cuadrillero: démonos cuenta de que la autoridad certifica la fantasía.
Después, don Quijote fabrica el famoso bálsamo. No pueden ser más sencillos los componentes, como le había anticipado ya a Sancho: romero, aceite, sal y vino. Pero buena parte de la receta consiste en oraciones y cruces que debe ejecutar quien lo prepara (Cervantes, como es evidente, ironiza sobre la superstición popular, lo que no es tolerable para la inquisición portuguesa, que tachó estas palabras). Después, se lo toma. Ya sabemos el efecto: vomitó todo lo que tenía en su estómago, sudó abundantemente y, tras un sueño reparador, quedó como nuevo -luego sabremos, cuando intentó bajar del caballo para ayudar a Sancho, que no, pero la fe en el bálsamo hizo su efecto el tiempo suficiente-. Cuando Sancho vio la curación de su amo, no lo duda y lo toma también. Los efectos en él son diferentes y Cervantes no ahorra ningún detalle, hasta la escatología:
hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa, que la estera de enea, sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se cubría, fueron más de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa la vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado, que no se podía tener.
Don Quijote piensa que la diferencia de resultado se debe a que Sancho no es caballero: este parece ser un brebaje mágico que distingue el estamento social en sus efectos secundarios. Debemos estar atentos a esta alusión porque, sin ella, no comprenderemos parte de lo que va a pasar a continuación.
Acto seguido, sin esperar a que Sancho se recupere, don Quijote decide partir, pero es retenido por el ventero, que le reclama el pago del hospedaje. El caballero hace una transición rápida y se desengaña de su sueño de que aquello sea castillo. Cervantes quiere que la transición sea así de rápida, demasiado rápida, incluso, lo que nos lleva de nuevo a dudar del verdadero grado de la locura de don Quijote quien, insultando al ventero, sale sin pagar nada (recordemos que ahora, a diferencia de su primera salida, sí lleva dinero). Los allí presentes toman represalias contra Sancho, contra el criado ya que no pueden hacerlo contra el amo: un grupo de gente variopinta, pero toda ella no muy recomendable, lo mantean sin que don Quijote pueda auxiliarlo -tampoco se excederá en el intento-. Ya sabemos que sólo encontrará auxilio en Maritornes (a pesar de dudarse de su condición de cristiana).
Sancho, pues, recibe con gran crudeza los efectos secundarios de los dos motivos del presente capítulo: el bálsamo y el pago de la venta; así como había sufrido las consecuencias del impulso sexual de Rocinante y los deseos nocturnos de don Quijote. A pesar de eso, se muestra contento por no haber pagado, lo que le igualaba, en cierta medida, al sueño caballeresco de su amo, pero desde la perspectiva del hombre común que sabe que ha ahorrado dinero a pesar del maltrato. No es la única vez que en el Quijote se señalan efectos colaterales diferentes para posiciones sociales no iguales o actuaciones graciosas de los superiores para con los que no están en su mismo plano social -en este caso, siempre, queriendo igualar en el trato, se marcan más cruelmente las diferencias: lo vimos en la cena con los cabreros.
Además, en este capítulo, queda fijada la condición folklórica de las relaciones entre amo y criado (Sancho manteado remite a fiestas populares, al igual que el criado que recibe lo que está destinado al amo), que son ya algo más que la mera parodia de los libros de caballería. A partir de ahora, veremos cómo la novela crece libre de su origen -aunque no lo olvide-, sobre la relación de ambos y su forma de interactuar con lo que les depare el camino.

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