De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



viernes, 21 de enero de 2011

Capítulo XXII

Vemos en este capítulo una fuerte intención crítica de la realidad española, la acompaña un alto nivel de tensión narratológica.
Cervantes comienza por delegar el asunto en el desacreditado narrador Cide Hamete Benengeli, al que llama aquí, además de arábigo, manchego, quizá en alusión a la abundancia de moriscos en la zona.
Sólo imaginar la liberación de los galeotes avala la mirada cervantina en el Quijote como una arriesgada introducción en lugares no frecuentados más que por la incipiente picaresca. Don Quijote, un loco literario, que ya ha cometido suficientes locuras, da un salto cualitativo aquí puesto que se coloca, definitivamente, fuera de la ley con un delito grave. Ahora no puede servirle su misión caballeresca: aquellos que tiene delante son delincuentes, juzgados y sentenciados por la ley y cuyas vidas pertenecen al Rey. Sus guardianes tienen todos los documentos que lo avalan, la autoridad suficiente y armas para sostenerla. Es de suponer la sorpresa de cualquier lector de aquellos momentos. ¿Hasta dónde va a llegar don Quijote?
La pirueta arriesgada de liberar a los galeotes -eso sí, Cervantes se cuida mucho en que entre ellos no se mencione ningún delito de sangre- se completa con algunas afirmaciones que, en el contexto real en el que se encuentran, son ciertamente valientes por el tono de denuncia que contienen: la justicia puede ser comprada con veinte ducados, tal y como afirma el tercer galeote, y las galeras españolas están demasiado inactivas a pesar de que su intervención es necesaria en un mundo en el que los barcos españoles son con tanta frecuencia asaltados. No es complaciente Cervantes con la situación de determinadas cuestiones del momento. Veremos más.
Lo más arriesgado de este capítulo es el cruce de modalidades narrativas que en él se encuentra y que provoca los equívocos lingüísticos (don Quijote no comprende la raíz de los delitos hasta que no le explican el significado de las palabras) y el apedreamiento final.
Don Quijote procede, ya lo sabemos de la recepción patológica de los libros de caballería, que imita. El camino en el que se hallan con los galeotes es parte del mundo real y contemporáneo. Y, para complicar más las cosas, los galeotes utilizan jerga propia de criminales (la germanía), recogida y formalizada por textos literarios de gran popularidad (novela, poesía y teatro). Y uno de ellos, el último, el más peligroso, Ginés de Pasamonte , se presenta a sí mismo como autor de una novela al estilo del Lazarillo: es decir, heredera directa de la naciente novela picaresca.


Cervantes ha complicado su apuesta narrativa, poniendo, en un escenario realista, estas modalidades, tan distintas en intenciones y técnicas. La resolución es magnífica y se decanta, por lógica, en el desencuentro: don Quijote les pide a los recién liberados que carguen con la cadena y vayan a rendir tributo a Dulcinea. Lógicamente, ellos se niegan y lo apedrean para terminar marchándose cada uno por su lado y evitar así a la Santa Hermandad. También en ese desencuentro debe entenderse el discurso de don Quijote hablando de libertad en una situación en la que se distorsiona este concepto: porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. La explicación cristiana de que ya se encargará Dios de castigarlos, no convence, por supuesto, a los guardianes.

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