De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



viernes, 21 de enero de 2011

Capítulo XXIV

Cervantes, siempre atento a no repetir demasiado las estructuras usadas, introduce la historia de amores de Cardenio y Luscinda de una manera diferente a las historias anteriores, puesto que se irá engarzando (y dilatando) con otras situaciones (la imitación de Beltenebros, los hechos de la venta, la reaparición del cura y el barbero, la lectura de El curioso impertinente, etc.), hasta casi el final de la Primera Parte.
La historia de Cardenio parte de la parodia de la novela sentimental: un relato de amores contrariados que provocan en el joven la desesperación y la locura.
Cardenio y Luscinda se aman y no hay nada que impida sus amores más que la poca decisión de Cardenio, que retrasa la petición de mano oficial, que debe hacer su padre, para acudir a la llamada del noble Ricardo. En la casa de este duque conoce a su hijo menor, Fernando, un auténtico vividor enamoradizo e inconstante, que seduce a una labradora rica para olvidarla al día siguiente y acabar deseando a la amada de su amigo. Aunque las acciones de Fernando nos parezcan especialmente reprobables y contrarias, ya en su época, al código del verdadero amante, cuando lo conozcamos no podrá dejar de caernos simpático. Habilidad de Cervantes, sin duda.
Cardenio ha contado la primera parte de su historia de un tirón, sentado junto a sus oyentes en el campo: una escena típica de la literatura de amores pastoriles y, por lo tanto, estática y relatada. No vemos la acción, sino que se nos cuenta. Es decir, un tipo de narración que el Quijote supera.
Ya hemos visto que Cervantes, en el Quijote, nos ofrece un muestrario completo de tipos de narrativa, pero siempre los gira para trasformarlos, para llevarlos a un propuesta final que atenta contra las bases iniciales de la modalidad en la que se inscribe.
Aquí, el cruce de la locura de don Quijote (loco por su afán lector y enamorado de una mujer idealizada de la que no importa su existencia real) con la de Cardenio (loco por desamor de una mujer del mundo real) provocan ese giro del que hablamos en un divertido juego de espejos, paralelismos y sutiles diferencias. Su disputa, a todas luces exagerada y patológica, interrumpe el relato de los amores de Cardenio y Luscinda y nos lleva hacia otro motivo, que veremos en el próximo capítulo, y que se debe, con toda seguridad, a que el hidalgo no puede ser menos que el joven andaluz y necesita mostrar el extremo de su locura amorosa por Dulcinea. Toda una competición para demostrar quién está más loco.
Cuando se retome la historia de Cardenio, todo habrá cambiado: los sucesivos relatos irán completando el panorama en un juego de perspectivas por el que ninguna contiene todos los datos ni es totalmente verdad ni totalmente falsa, puesto que será el lector quien deba recomponer lo que ocurrió a todos los que participaban en ella a partir de los fragmentos de la narración. Y, además, el desenlace se hará delante de nuestros ojos, sin necesidad de que alguien nos lo cuente una vez pasado y saldrá de la natural evolución de los hechos.
Todo el cruce de personajes e historias que comienza aquí engrandecen aun más la novela, puesto que el autor sabe sumar géneros diferentes en un tejido compacto. Cervantes juega con el lector y con las modalidades narrativas que fusiona aquí bajo una perspectiva realista: lección de gran literatura sin bajar el interés del lector medio.

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