De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 30 de enero de 2011

Capítulo XXIX

Este capítulo es una obra maestra de ingeniería narrativa. No tiene grandes cosas que llamen la atención del lector, salvo algunos momentos, pero sus páginas son absolutamente esenciales para la historia, puesto que sirven para plegar la novela hacia su final. Un capítulo arriesgado porque si lo que se cuenta en él resultara forzado, perjudicaría la verosimilitud de la segunda mitad del volumen. A veces, los capítulos menos apasionantes son los que exigen más esfuerzos a un autor. Hoy, la mayor parte de los novelistas lo solucionan omitiéndolos, puesto que el potencial de la elipsis se ha ampliado con respecto al tiempo de Cervantes.
En la estructura de este capítulo hallamos cuatro secuencias:
1ª.- El final del relato de Dorotea, con su fusión definitiva con el de Cardenio y la alianza entre ellos y de ambos con la historia central de don Quijote –prometen ayudar a los propósitos del cura y el barbero-;
2ª.- El regreso de Sancho –que debía estar necesariamente ausente para que también caiga en el engaño de la princesa Micomicona-;
3ª.- La puesta en ejecución del plan, según el cual, para recuperar a don Quijote, que vive en un mundo de ficción, se construye otra a partir de las mismas técnicas de parodia, aunque aquí con fines curativos (el cura y el barbero no escarmientan tras su fracaso con el escrutinio y la biblioteca tapiada e insisten en el mismo sentido);
4ª.- El regreso,el inicio del camino hacia el pueblo de los protagonistas, con la reagrupación de todos.
La primera (la historia de desamor de Cardenio y Dorotea) queda suspensa, pero el lector ha recibido la suficiente información como para comprender que no tardará en reaparecer.
La segunda nos muestra ya a un Sancho definitivamente ganado por la locura de don Quijote gracias a su simplicidad y ambición. En ella, además, hay una nota racista que al lector moderno le desasosiega: no debe hacerlo, porque Sancho no hace más que poner voz al pensamiento medio de cualquier europeo del momento al proponerse vender como esclavos a sus futuros súbditos negros. Ni a Sancho ni a Cervantes –tan moderno en otros planteamientos- podemos pedirles la formulación de un concepto que no existe en su época.
La tercera nos lleva a una de las claves de esta narración: la ficción de don Quijote es tan poderosa que arrastra a todos: un hombre simple, como Sancho, un cura, un barbero, una labradora rica y un noble. De muy diferentes procedencias y con distintos motivos para participar en ella. Pero todos lo hacen con innegable entusiasmo y alegría, disfrazados y mintiendo. Cervantes es consciente que sólo así puede arrancar a don Quijote de la sierra de forma digna para su personaje: ayudar a una princesa en apuros y matar a un gigante es una aventura a la altura de su proyecto vital, extraída directamente de cualquier novela de caballerías.
He aquí una circunstancia reseñable y con alusión a un tipo de lector en auge sobre el que debía fijarse un novelista: Dorotea, que había afirmado leer sólo libros decorosos, se descuelga ahora como una gran lectora de novelas, hasta el punto de que no le cuesta mucho fingirse princesa de un reino fantástico tanto en los gestos como en las palabras. Lo ocultó cuando quería dar una idea perfecta de su virtud, lo confiesa ahora cuando se la necesita para ayudar a un loco.
El inicio del camino será el giro definitivo del libro hacia su final: para ir al reino Micomicón ha de pasarse, necesariamente, por la mitad del pueblo de don Quijote.
Pero no debemos cerrar el comentario sin aludir al protagonismo adquirido por el cura: ha construido, como buen tracista, toda la trama, incluso las circunstancias no previstas, da forma decorosa –por su condición- a todo lo que sucede y, finalmente, cierra el asunto de los galeotes con una reprimenda a don Quijote en representación de la moral oficial, cuya voz representa. Pero no puede controlarlo todo: para salir del apuro de las barbas perdidas por el barbero, que pueden echar a perder el engaño, debe inventarse un sortilegio como si fuera un mago –he aquí de nuevo la ironía de Cervantes en la construcción de los personajes.

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