De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



martes, 25 de enero de 2011

Capítulo XXV

En este capítulo, debemos fijarnos en varios elementos. Comprobaréis que es uno de los más largos leídos hasta ahora: Cervantes comprende su posición en la estructura de la narración y le da la dimensión requerida sin que en él se cierre nada. Como ya hemos visto, usa frecuentemente de este recurso por el que recoge elementos anunciados capítulos antes y deja hilos de continuidad narrativas que serán retomados más tarde. Es muy significativo cómo, entre otras cosas, este capítulo sirve de paréntesis a la historia de Cardenio, de la que nos hemos quedado sin saber el final, con lo que se aumenta la curiosidad del lector.
En primer lugar, hay que resaltar un aspecto técnico: el capítulo se construye a través del diálogo. Un diálogo lleno de idas y venidas entre don Quijote y Sancho, que se tensa y destensa por las intervenciones de ambos, cada uno llevando al otro a su terreno. De hecho, es tan importante este planteamiento que comienza con el escudero pidiendo licencia para volverse al pueblo al no poder hablar con su amo como antes de la prohibición (recordemos el enfado de don Quijote de páginas atrás).
La pareja de protagonistas necesita tanto de la palabra que el silencio mataría el relato (Sancho, nos dice el narrador, iba muerto por razonar con su amo). Una vez concedido el permiso para hablar, Sancho termina de adquirir su caracterización a través de la expresión oral con el uso de su primera sarta de refranes: los engarza sin demasiada coherencia y sin contención alguna. Todo el diálogo es un divertido juego por el cual Sancho habla desde el sentido común, la cultura tradicional (y la interpretación vulgar de nombres y hechos), y el crudo realismo en la forma de entender las cosas (mandará recomponer el yelmo para hacerse la barba, exigirá la famosa libranza de los pollinos o hablará de Dulcinea, una vez identificada, en un tono basto) y su amo desde la cultura literaria, la ensoñación caballeresca y el idealismo en el que su juego le ha puesto. Sin esta maravillosa concepción del diálogo no podríamos entender el capítulo.
En segundo lugar, hay que lamentar que toda la confusión con respecto al robo del asno, provocada en la primera edición por el descuido de Cervantes y el impresor al cambiar sin corrección suficiente la disposición de los acontecimientos, tal y como comentamos en una entrada anterior, estalle precisamente en este capítulo tan crucial. El lector que siga el texto de la primera edición ve desaparecer, de golpe, el asno de Sancho sin saber por qué. El que siga el texto de ediciones posteriores leerá correcciones e intentos de enmienda sin la suficiente atención a todo el texto. Afea el resultado y desorienta al lector no advertido, por supuesto. Pero, como veremos, la revisión que de todo esto hace Cervantes en la Segunda parte engrandece la obra.
En tercer lugar, el eje central del capítulo es la anunciada imitación de las locuras de Amadís cuando, por despecho amoroso y bajo el nombre de Beltenebros, se retiró a la Peña Pobre (también imitará a Orlando furioso). Esta imitación de don Quijote es muy interesante: un loco real que imita a locos literarios a los que cree reales, pero pretende superarlos al no tener motivo para quejarse de la amada.
Parodia grosera y sutil, al mismo tiempo, de uno de los motores más importantes del mundo caballeresco: el amor y la entrega del caballero a la causa de su dama. Esta imitación le hace al pobre hidalgo quedar medio desnudo y dando cabriolas vergonzosas para su edad en medio de la sierra y, a la vez, construir una de las cartas de amor de mayor altura de la historia literaria española. Sin embargo, todos los empeños de don Quijote se despeñan por el lado de la realidad: ni la destinataria (que no sabe leer ni escribir ni tiene conocimiento alguno de su amor ni, posiblemente, gana alguna de tenerlo) es digna de su amor ni la carta, que así queda degradada, llegará a su destino, para terminar brutalmente maltratada por la memoria de Sancho. Queda el sentimiento noble del hidalgo en una curiosa ambivalencia que va de la ridiculez al más fino amor que puede sentirse, de la risa a la ternura.
Por último, se produce un hecho celosamente guardado hasta ahora por el protagonista y por el narrador: la identificación definitiva de Dulcinea con Aldonza Lorenzo, hija de Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales:
No tarda don Quijote en darse cuenta del error cometido al dejar que Sancho identifique a Dulcinea: le será, a partir de ahora, imposible mantener la ficción de la dama ante él. Ficción tan necesaria para su propia construcción como caballero andante. Lo pagará con creces, como veremos más adelante, cuando vuelva Sancho del encargo de llevar la carta, y en la historia de su encantamiento, que atraviesa toda la Segunda parte. Don Quijote ha dado a Sancho un arma que le hace frágil y cuyo uso por el escudero provocará que la narración comience a girar hacia otro lugar mucho más interesante y moderno, rompiendo con la dinámica establecida hasta ahora que tanto marcaba la superioridad del amo.

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