De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



martes, 25 de enero de 2011

Capítulo XXVI

Este capítulo es la bisagra en la que la novela comienza a girar hacia su final. Cervantes -recordemos que ya hemos aludido al cambio que introdujo en algunos elementos de la narración para equilibrarla, lo que produjo el error de la desaparición del asno de Sancho- quiso que ocupara, además, la posición central para significarlo (el número 26 de 52 capítulos).
De ahí dos cosas que suceden en estas páginas: la expresión máxima de la locura de don Quijote y la reaparición del cura y el barbero.
Don Quijote, empujado por el estímulo de otro loco, Cardenio, ha decidido hacer penitencia de amores: medio desnudo, tras dar unas cuantas cabriolas para que Sancho pueda dar testimonio a Dulcinea de su trastorno, reflexiona sobre los dos modelos posibles en esas circunstancias. Por un lado, Roldán, enloquecido y brutal tras saber que su Angélica había dormido más de dos siestas con Medoro, un morillo de cabellos enrizados; por otro, Amadís, que, sin ser ofendido sino desdeñado por su amada Oriana, se refugia en la Peña Pobre en compañía de un ermitaño para penar el desamor. Don Quijote, decidido a seguir este segundo ejemplo, se fabrica, con las faldas de la camisa -lo que aumenta su desnudez- un rosario y se dedica a rezar y escribir versos en las cortezas de los árboles y en la arena, dedicados a Dulcinea.
Debemos observar que don Quijote hace esta reflexión de forma consciente, sopesando los pros y los contras de ambos modelos porque él mismo sabe su condición de personaje paródico puesto que así ha decidido salir al mundo.
Hay más cosas en estos primeros párrafos.
En primer lugar, volvemos al juego con los diferentes planos de la narración: nada más arrancar el capítulo, se nos recuerda la condición de historia (dice la historia), es decir, de relato verídico con el que se disfraza la novela para fomentar el juego intertextual establecido con las novelas de caballerías. Este recuerdo sirve para construir el motivo según el cual se pudieron rescatar con posterioridad fragmentos de los poemas escritos por don Quijote en su penitencia. Estos versos se publican y establecen, a su vez, un inteligente guiño con el que se recuerdan los poemas de Garcilaso.
En segundo lugar, una divertida alusión a la religiosidad externa, tan criticada por el erasmismo que descubrimos en varias ocasiones en el Quijote. El protagonista, decidido a imitar a Amadís, lamenta la ausencia de un ermitaño, que le ayude en sus oraciones, y de un rosario, como si este objeto fuera la única forma de hacerlo. Cervantes, con la ironía erasmista presente en estos párrafos, evidencia la ridiculez de la religión externa y hace que su personaje se lo fabrique con la poca tela que le queda de su camisa. Tuvo dudas sobre el exceso de su broma y, en la segunda edición, redujo la carga crítica, puesto que don Quijote ya no se fabricará así el rosario, sino con las agallas de un alcornoque. La Inquisición portuguesa prohibió las frases de la primera edición.
Después, el narrador nos cuenta que Sancho ha llegado de nuevo a la famosa venta en la que fue manteado. Allí se encuentra con el cura y el barbero de su pueblo, que lo reconocen. Tras contarles todas las aventuras vividas y lamentarse de la pérdida de la cédula de los pollinos, fabrica, de memoria, la divertida contra-carta de amor de don Quijote a Dulcinea (la genialidad cervantina es sorprendente: de una carta de amor, modelo de este género pero que se despeñaba en la parodia al ser obra de un loco, hace una contra-lectura humorística de Sancho, que la traduce al lenguaje literario de lo rústico en un juego que saca Cervantes del teatro).
La aparición de estos dos personajes de la aldea de don Quijote supone, en primer lugar, la constatación de la fuerza de la locura del protagonista: nos hacen ver cómo Sancho se ha dejado arrastrar por ella en tan pocos días y ellos mismos terminan participando de sus manifestaciones, al planear disfrazarse de doncella (el cura: debemos imaginar la hilaridad de cualquier lector de la época al imaginarse la escena carnavalesca) y su escudero (el barbero) para ganarse la voluntad de su vecino.
En segundo lugar, su propósito de devolver a don Quijote a su lugar de origen anuncia ya el camino de retorno: el giro argumental de la novela hacia su final y la solución de los conflictos abiertos.


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