De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 30 de enero de 2011

Capítulo XXXII

Para disgusto de Sancho, la comitiva llega a la venta de Juan Palomeque, el Zurdo, en la que sucedió el manteo que tanto ha querido ocultar. Recordemos que la novela va de recogida desde hace unas páginas y que, por lo tanto, transitaremos por lugares conocidos para que nos ocurran cosas diferentes.
Sorprendentemente, don Quijote, que llega cansado de sus últimas aventuras y, sobre todo, corrido y puesto en evidencia de forma cruel en el capítulo anterior tanto por Sancho como por Andrés, no tiene gana de proyectar su personaje en la realidad que ve: no discute que sea venta o castillo ni la necesidad de pagar para disponer de mejor cama que la vez anterior. Una nueva demostración de que su locura es cuestionable y de que se debe a un juego actoral de un hombre que se siente mayor y no renuncia a salir al mundo a verlo de otra manera, como última oportunidad de hacer algo más que vivir la vida que le estaba reservada. Además el argumento lo necesita dormido.
Tras un breve juego de palabras de la mujer del ventero, que quiere recuperar para su uso habitual las barbas postizas prestadas al cura y el barbero y que remiten a un chiste sexual sobre la virilidad de su esposo (chiste fácil pero efectivo, que se enraíza en las figuras folklóricas del posadero y la posadera), asistimos a un diálogo sorprendente, hábilmente trenzado por Cervantes a partir de unos libros olvidados en una maleta por algún huésped de la posada (las cosas que nos olvidamos en los hoteles son para escribir un libro si no lo hubiera hecho ya Cervantes aquí).
Varias veces se discute en el libro sobre las bondades de la literatura caballeresca, pero nunca como ahora, con tanta pluralidad de formas y niveles de recepción.
Por un lado, el cura y el barbero quisieran ejercer de nuevo su papel de censores y quemar las novelas de caballería que se guardan en la maleta y salvar las dos historias de personas reales: el Gran Capitán y Diego García de Paredes. Sus argumentos son los mismos que ya dijeron cuando el escrutinio de la biblioteca de don Quijote.
Frente a ellos, los habitantes de la venta, a los que Cervantes caracteriza como analfabetos. No han leído las novelas, sino que las han escuchado para entretener ratos de ocio. Nos da aquí Cervantes testimonio (se ha discutido mucho sobre su verdad) de una forma de difusión de la narrativa: la lectura colectiva relacionada con momentos de esparcimiento.
Observemos, pues, que enfrenta el autor, al mismo nivel (aquí no tiene ninguna autoridad el cura, como sí la tuvo en casa de don Quijote) a iletrados con gente culta. Y que la cuestión viene a zanjarla el dueño de la casa, el posadero, que prefiere las novelas fantásticas, que afirma verídicas: ¡Dos higas para el Gran Capitán y para ese Diego García que dice!
Pero da un paso más: entre los presentes sabemos que hay diferentes niveles de recepción. Por una parte, los que gustan de ellas como una mera forma de entretenimiento y los que piensan que en ellas hay algo más y que las toman por verdaderas; los hombres, que prefieren los hechos de armas; las mujeres, que prefieren los pasajes sentimentales (aunque parezcan más carnales en Maritornes, la hija de los venteros, doncella, termina por acoger -eso sí, con boda de por medio- al dolorido caballero). No olvidemos a la esposa del ventero, que también disfruta de la lectura porque es el único momento en el que su marido la deja en paz.
Separados de ese grupo aparecen, por diferentes causas, Dorotea, Cardenio y Sancho.
Dorotea y Cardenio se piensan superiores a los moradores de la venta: ellos, se dicen, conocen que esa literatura es mero entretenimiento y no verdad. He aquí, de nuevo, la sutil ironía de Cervantes: incluso estos, que quieren tener una posición diferente, se engañan puesto que, recordemos, se andaban por la sierra imitando sus libros y han aceptado participar en un engaño libresco a un lector loco.
Finalmente, Sancho ha oído lo suficiente para temer por toda la aventura de su amo y, como ha apostado demasiado por la verdad del asunto, decide mantener su criterio en suspenso hasta ver en qué para el asunto de la princesa Micomicona.
Todos estos personajesse verán unidos, como demostración práctica de lo hasta aquí debatido, al escuchar la lectura colectiva de El Curioso impertinente.

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