De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



lunes, 31 de enero de 2011

Capítulo XXXIV

Cervantes quiso distribuir la materia de la Novela del Curioso impertinente en cuatro -no en tres- capítulos:
- en uno, nos anticipaba la reacción de todo lector que accedía al manuscrito o lo oía leer y nos creaba la suficiente curiosidad para que no saltáramos algo tan ajeno a la trama principal, en apariencia;
- en el segundo, iniciaba la lectura de la novela, planteándonos la situación hasta un punto en el que todo se complica de forma que no podemos adivinar la continuación;
- en el tercero, se nos narra la solución de esa complicación argumental pero, en las pocas líneas finales, se nos hace saber que habrá un giro inesperado, lo que nos hace buscar el final;
- en el cuarto consigue algo que parecía imposible al inicio de esta novela intercalada: que nos moleste volver a la trama principal del Quijote, es decir, que la ficción leída en el manuscrito domine a la ficción protagonizada por quienes nos venían acompañando desde que concitaron sus fuerzas en la sierra para hacer volver a don Quijote a su casa.
Obsérvese la potencia literaria con la que ha jugado Cervantes, que merecería un capítulo en cualquier libro de teoría de la recepción artística: nosotros, lectores, nos embarcamos en una aventura que nos hace olvidarnos de nuestra vida cotidiana (recordemos que el mismo Cervantes nos llama lectores ociosos, es decir, lectores que usan la lectura para entretener el ocio y apartar las preocupaciones diarias) para seguir a unos personajes que terminan leyendo una novela que nos arrastra como lectores en segundo plano hasta que nos olvidemos de la historia que veníamos siguiendo desde hacía tantas páginas. Una pirueta sólo reservada para los grandes novelistas, por supuesto.
Como no valoraremos de forma global esta novela intercalada hasta su final, señalemos aquí algunas cuestiones de su trama, cuyo desarrollo maneja con sutileza Cervantes para apartarnos de la ortodoxia de la modalidad narrativa a la que pertenece.
Cuando creíamos que la historia la gobernaban los dos amigos florentinos, de pronto se nos crece la figura de Camila, mujer de Anselmo y amante de Lotario.
La pasión amorosa en la que ha caído desarrolla su inteligencia, la libera de la obediencia a su marido según marcaban las convenciones de época, y la lleva a fabricar toda una escena ingeniosa y teatral para engañarlo. Como sabe que no hay forma de justificar con palabras todo lo sucedido y, en especial, lo dicho por Lotario a Anselmo tras sufrir un injustificado ataque de celos, recurre a la ficción escénica y prepara una obra en representación única para un único espectador.
No es la primera vez que hemos aludido a la importancia del teatro en el Quijote en los motivos seleccionados, caracterización de personajes y algunas escenas. Camila, como Dorotea, es una magnífica actriz y su representación es tan verosímil que deja a su marido contento y satisfecho de su fidelidad. Con ello, ha conseguido arreglar lo que Lotario había estropeado.
Pero esta no es la conclusión de la historia, porque Cervantes sabe que tras un primer final nada sorprende al lector más que otro que cambie el curso de los acontecimientos.

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