De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



jueves, 20 de enero de 2011

El Yelmo de Mambrino

Ve a lo lejos la figura de un barbero montado en un asno y con la cabeza cubierta con una bacía para evitar mojarse el sombrero, no duda en provocar su transformación en aventura, aunque no se atreva a denominarle caballero sino "uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino". O es algo voluntario, como parece, o se debe a que su locura lo necesita para seguir adelante. En ambos casos, el resultado es el mismo.
De la literaturización de lo observado hay muchas huellas en el capítulo, que Cervantes no sólo no se molesta en borrar sino que las acentúa, sin duda, para fomentar las dudas en la mente del lector sobre el comportamiento del protagonista. En el diálogo entre Sancho y don Quijote, queda claro que éste no niega la realidad física de la bacía, tan apreciada por Sancho, y justifica su trasformación por la ignorancia del poseedor.
-¿Sabes qué imagino, Sancho? Que esta famosa pieza deste encantado yelmo, por algún estraño acidente, debió de venir a manos de quien no supo conocer ni estimar su valor, y, sin saber lo que hacía, viéndola de oro purísimo, debió de fundir la otra mitad para aprovecharse del precio, y de la otra mitad hizo ésta, que parece bacía de barbero, como tú dices. Pero, sea lo que fuere; que para mí que la conozco no hace al caso su trasmutación; que yo la aderezaré en el primer lugar donde haya herrero, y de suerte que no le haga ventaja, ni aun le llegue, la que hizo y forjó el dios de las herrerías para el dios de las batallas; y, en este entretanto, la traeré como pudiere, que más vale algo que no nada; cuanto más, que bien será bastante para defenderme de alguna pedrada.
Apreciamos, pues, que nuestro protagonista toca la bacía y se imagina el yelmo de Mambrino. ambas cosas a la vez. La obtención de este objeto, además, nos muestra una técnica cervantina, que ya hemos apreciado y que contribuye a dar unidad al relato, provocando la atención y el interés del lector: el yelmo había sido mencionado antes y volverá a serlo en el futuro. graciosa.
Por otra parte, la bacía termina de configurar la apariencia física de don Quijote: ponérsela en la cabeza como yelmo y rematar la iconografía final de su personaje es todo uno.
Tras tanta peripecia última, Cervantes juega con el tiempo narrativo y lo ralentiza. Muchos de vosotros os habréis desesperado con el diálogo que sigue entre don Quijote y Sancho. Posiblemente, Cervantes tuvo en cuenta a ese doble lector -por simplificar- de la novela: por un lado, al que gusta de la morosidad del detalle y los meandros narrativos; por otro, al que se irrita cuando se le detiene la acción. En ambos casos de recepción, el objetivo de estas páginas es el mismo: frenar el vértigo de la acción y provocar la espera de la siguiente aventura. Por eso, muchos habréis sentido expectación y ganas de saltar al siguiente capítulo cuando se lee: "Y, alzando los ojos, vio lo que se dirá en el siguiente capítulo".
Claro está que Cervantes no se limita a detener la acción sin más, porque el uso del diálogo entre los personajes es pertinente.
En primer lugar, evidencia que ambos necesitan la palabra para relacionarse e influirse mutuamente. Sancho no puede evitar hablar, a pesar de la prohibición que recibió en el capítulo anterior, porque el diálogo con su amo -y de éste con él- es parte de su esencia vital. En Sancho, además, se va afirmando la caracterización lingüística: refranes, incorrecciones y recursos del habla popular.
Además, resulta que lo que dice el escudero provoca en ambos el sueño de la caballería andante que les impulsó a salir al camino, cada uno a su nivel: don Quijote, al responderle, resume una aventura caballeresca al estilo de las que ha leído para luego personalizarla en ambos. Él acabará como rey gracias a sus acciones y Sancho como conde.
Estas palabras de don Quijote no son sólo el esquema y la estructura de una novela de caballería evidenciando su simplicidad como narración, alejada de toda modernidad, sino un ejercicio imaginativo extendido en todas las escalas sociales: soñar despierto. En ambas vertientes debemos recibirlo.

1 comentario:

  1. La historia del yelmo de Mambrino, que a una mirada superficial parecería un simple episodio, gravita sobre toda la primera parte (lo cual hizo notar ya expresamente Don Vicente de los Ríos: Análisis, § 96). Al parecer de Don Quijote, a su ideal yelmo de caballero le falta desde el comienzo "la celada de encaje". Su deseo se satisface malamente después de dos pruebas con una "media celada" fabricada por él, pruebas que se abstiene de repetir sabiendo que el mínimo golpe la destruiría. Pero cuando en el combate con el Vizcaíno la ve deshecha, jura conquistar un yelmo. Cuando después del juramento no le va bien al caballero aventurero, Sancho le echa la culpa de no haber logrado cumplirlo. Don Quijote, pues, se ocupa febrilmente del problema de la conquista de un yelmo, y al ver bajo la lluvia (I, 21) un barbero que viene hacia él montado en un burro y con su bacía boca abajo en la cabeza, se imagina, en su delirio de conquistar un yelmo, que aquella bacía es el yelmo de Mambrino. Lo "conquista", lo entrega a Sancho para su custodia y se da gran trabajo en probar a Sancho que la bacía es un yelmo (I, 25). Cuando aparece el propietario del yelmo en la venta (I, 44) da comienzo una temerosa camorra en torno al baci-yelmo, hasta que el Cura, a hurtadillas de Don Quijote, compra la bacía al Barbero (I, 46) para que el loco pueda conservar un trofeo. En la segunda parte el yelmo sirve todavía muy bien muy bien para recipiente de los requesones comprados por Sancho, y cuando Don Quijote se lo encajó en la cabeza y los requesones se exprimieron le pareció que se le derritieron los sesos (II, 17).», Hartzfeld, 113-114

    ResponderEliminar