De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



miércoles, 19 de enero de 2011

Este capítulo, desde bien pronto, sufrió la intervención de la Inquisición (en este caso, de la portuguesa), que mandó eliminarlo casi por entero.
Llegan , a la venta, don Quijote -echado sobre el asno- y Sancho, tras su encuentro con los yangüeses. Es recibido allí y atendido por los que en ella se encuentran: el ventero, su mujer, su hija y una moza que en el establecimiento trabaja. De los venteros, Cervantes deja claro que no son los como los que regentaban las muchas ventas y posadas de los caminos de entonces -es decir, ladrones, groseros y poco amigos de dar comodidades- para, acto seguido, contarnos que la sala en la que se alojan los viajeros no es como debiera ser. De la hija adolescente basta decir que es una joven atractiva que provocará la ensoñación del caballero.
Cervantes prefiere detenerse en la caracterización de la moza asturiana, Maritornes, uno de los varios personajes femeninos de la obra que sirven de contraste barroco con la belleza de tantas mujeres idealizadas que aparecen. Además, es fácil de convencer, previo pago, para visitar de noche las camas de los huéspedes. Esto es lo que ha hecho con un rico arriero morisco de Arévalo, que la espera ansioso.
Antes de que caiga la noche, Cervantes deja todo el peso del capítulo sobre Sancho, quien asume este protagonismo por primera vez: miente sobre los sucesos para salvar el honor de su amo y elabora, a su manera, todo el mundo de los caballeros andantes. Es muy interesante otra de las mentiras que introduce para justificar no haber alcanzado aun su recompensa: no lleva más de un mes con su señor, dice, cuando apenas han pasado unos días. Es curioso este juego con el tiempo, porque al lector le sorprende recordar que apenas han pasado unas pocas noches desde que salieron de la aldea y ya se han acumulado tantos sucesos que bien podría parecer un mes. Cervantes, a diferencia de lo que ocurría en el tiempo indeterminado de las novelas que parodia, lleva una cuenta exacta -por ahora-, de días y noches para concretar los acontecimientos.
Poco después, se vuelve a poner en cuestión a Cide Hamete -Mahamate, se le llama aquí, en una nueva vuelta de tuerca a la poca fiabilidad del narrador-, el autor del Quijote, como sabemos. Alabando irónicamente su afición por precisar los detalles-dice que el arriero es conocido y familiar suyo-, Cervantes critica la afición de algunos autores -de ficción o historiadores- a dar detalles innecesarios para la trama.
Tras ello, Cervantes nos narra un episodio que, de nuevo, nos lleva al mundo teatral. Porque es de un género concreto, el entremés, lleno de golpes, chistes fáciles, situaciones de equívoco y alusiones explícitamente sexuales, de donde extrae el autor la situación que sigue. Volvemos, una vez más, a la mirada teatral del Quijote, una de las técnicas que más le ayudan a renovar el género narrativo.
Cuando se hace de noche, Maritornes acude al encuentro pactado con el arriero. Poco antes, a don Quijote se le había despertado el deseo por la contemplación de la hija de los venteros. En su locura, como había hecho de la venta castillo, todo sigue esa construcción fantástica (quizá la única que se puede permitir el hidalgo a su edad, en aquella época) y nos sueña que la muchacha le requiere de amores y él se ve obligado a rechazarla por la fidelidad que le debe a Dulcinea, como buen caballero.
Lo que sigue, ya lo sabemos: toda una espectacular coreografía, divertida y grotesca, de malentendidos y golpes en mitad de la oscuridad del aposento. Don Quijote retiene a Maritornes, puesto que la confunde con la adolescente, mientras su imaginación la transforma en doncella de belleza inigualable. Imaginemos la escena: un viejo malherido agarrando fuertemente a una soñada joven, por la que siente una fuerte atracción, mientras la rechaza con la palabra, sin querer darse cuenta de que ella quiere escaparse; un arriero molesto, con la frustración sexual, saltando encima del caballero y magullándolo más de lo que estaba; la joven refugiándose en la cama del dormido Sancho, que cree verse atrapado en una pesadilla y comienza a golpearla; el arriero acudiendo en ayuda de su Maritornes y golpeando a Sancho. Acuden el ventero, que ya se imagina el origen de la trifulca, y un cuadrillero de la Santa Hermandad -tan presente, como vemos, en la novela-, también huésped de la posada, al que se intenta esconder lo que ha pasado porque nadie quiere problemas con la autoridad.
Cervantes nos cuenta el altercado nocturno con ironía y ritmo. Y su efecto de contraste, tan evidente, con la historia de Grisóstomo y Marcela -y con las próximas-, en el mismo camino de lo que había intentado Rocinante en el capítulo anterior. Como en aquella ocasión, Sancho terminará recibiendo golpes que no le correspondían.

No hay comentarios:

Publicar un comentario