De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



lunes, 17 de enero de 2011

XIII

Otro capítulo para reparar en la técnica usada por Cervantes para construir de forma moderna su novela.
A imitación del teatro de su época, en cuyas obras se facilitaba al espectador, en la primera escena, una relación que tenía la finalidad de ponerlo en antecedentes de la acción para luego ver aparecer a los protagonistas que la desarrollan ante sus ojos, don Quijote y Sancho Panza pasan de oír el relato de la historia de Grisóstomo y Marcelo a ver la acción final de la historia.
Se levantan temprano para acudir al entierro de Grisóstomo: pasan de oír a ver, de ser público a ser testigos directos. Con ello, nos hacen presentes a nosotros, los lectores, que descubrimos los últimos acontecimientos al mismo tiempo. No será la única vez que Cervantes recurra a las técnicas dramáticas en el Quijote, con lo que consigue una plasticidad y vida que son parte del atractivo de esta novela y que el lector percibe desde el principio como algo esencial de esta narración.
Veremos, además, que se dará algo muy moderno en este episodio y que también suscita el interés dramático: la confrontación de perspectivas con la intervención de Marcela -quien aparece de forma muy teatral-, que modifica la versión que se nos había dado hasta ese momento.
Por el camino, nuestros protagonistas junto a los cabreros que los acompañan, se encuentran con otras personas que también acuden al entierro, llamados por lo extraordinario del acontecimiento y su fama. Ente estas personas, se hallan dos gentiles hombres, uno de los cuales se llama Vivaldo, persona muy discreta y de alegre condición. Éste es uno de los varios personajes de este tipo que hallaremos en la novela, aunque cada uno tenga sus matices: un hombre culto, de buena conversación y con una disposición curiosa que lo mismo le hace desviarse de su camino para asistir al entierro del fingido pastor que preguntar a don Quijote para indagar en su locura.
Con su conversación y preguntas, don Quijote se ve obligado a defender su profesión de caballero andante. Y lo hace de tal manera que no pasa desapercibida para Vivaldo el tipo de locura del viejo hidalgo, quien hace las observaciones necesarias para que veamos la simplificación caballeresca de don Quijote: no imita a los caballeros andantes de verdad, sino tan sólo a los de un tipo de literatura fantástica. Es my interesante que lleve la conversación a uno de los temas que más lo desvelan: la posible falta que cometen los caballeros andantes por encomendarse más a su amada que a Dios. El pobre hidalgo demuestra argumentar muy por debajo del viajero y no maneja razones muy convincentes en su respuesta. Luego, Vivaldo, le pregunta por su amada y don Quijote hace la primera descripción extensa de Dulcinea, que contiene todos los tópicos literarios al uso . El carácter alegre del viajero se demuestra en la broma sobre los linajes.
Toda el diálogo se teje con parodias de temas literarios que venían de la Edad Media: el debate sobre la superioridad del caballero o del fraile (representantes de dos estamentos sociales, cada uno con su misión); el del amor cortés en el que la Dama (a la que se adjudican todas las perfecciones físicas y morales a través de tópicos) se convierte en Señora y Dueña absoluta del amante caballero.
Con esta amena conversación, llegan al lugar en donde se va a enterrar a Grisóstomo en cumplimiento de sus deseos. Allí, Ambrosio, el amigo del infortunado, pronuncia un elogio fúnebre modélico que sirve para reforzar lo que está en la mente de todos los observadores -y de nosotros, lectores-: la culpabilidad de la despiadada Marcela, cuyos desdenes han llevado a la muerte del joven. En la misma fosa que el cuerpo, acabarán, también por petición del muerto, los papeles con sus escritos. Aquí interviene de nuevo Vivaldo, quien ya se había demostrado curioso con don Quijote y no duda en apoderarse de unos cuantos de esos papeles. Para justificar su acto, cita la conocida anécdota según la cual Augusto no cumplió los deseos de Virgilio de quemar su obra y el hecho de que allí podrían contenerse más datos sobre la historia que ha conducido a la muerte de Grisóstomo.
El capítulo es irreprochable: dilata el momento esperado del entierro, aumentando la expectación del lector; se crea un personaje como Vivaldo, que juega con todos los resortes que llevan de la realidad a la carga literaria de los acontecimientos y que provoca la profesión de fe de caballero y enamorado de don Quijote; se tejen sobre la historia central las dos parodias esenciales de la literatura caballeresca y la pastoril junto a elementos de los debates medievales, el amor cortés, la elegía fúnebre. Y todo ello en un ambiente cargado de teatralidad, hasta en el paisaje.

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