De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



miércoles, 9 de febrero de 2011

Capítulo XLVIII

Continúa, en este capítulo, el diálogo en el que el cura y el canónigo debaten sobre cuestiones literarias.
Es curioso comprobar cómo lamenta Cervantes, a través de estos dos personajes, que los autores de novelas fantásticas anteriores, al estilo de las de caballerías, hayan desperdiciado la posibilidad de hacer narraciones que se sometieran al arte y las reglas. El canónigo confiesa que él comenzó en su día una con el propósito de ajustarlas a estas reglas, que la dio a leer y gustó tanto a doctos y discretos como a ignorantes. Es decir, Cervantes afirma la posibilidad de que el género tenga general aceptación: en el fondo, eso es el Quijote.
Uno de los motivos que el canónigo esgrime para no haber continuado su novela es la comparación con lo que sucedía en la época con las comedias. Tanto en su intervención como en la del cura, se dibuja un panorama muy crítico con el teatro del momento, que incumple la preceptiva aristotélico-horaciana, está lleno de errores e inverosimilitudes y se somete, en exclusiva, al gusto del público puesto que las comedias se han convertido en mercadería vendible. Éste es el eje principal de la crítica: la búsqueda del éxito de público por parte del empresario teatral, exige el halago desmedido al gusto del vulgo, que ha empujado el arte escénico hasta un lugar que ambos personajes denuncian, en contra de un camino más correcto, a su entender, que se dio poco antes pero se abandonó.
Es de reseñar cómo entre las obras mencionadas como ejemplos de lo que debería haberse continuado se encuentran tres de Lupercio Leonardo de Argensola (La Isabela, La Filis y La Alejandra), una de Lope de Vega (La ingratitud vengada), otra del propio Cervantes (La Numancia), además de una de Gaspar de Aguilar (Mercader amante) y otra de Francisco Agustín Tárrega (La enemiga favorable).


El cura y el canónigo contraponen, por lo tanto, una situación anterior cuya continuidad hubiera sido deseable y que demostraba que no está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa, con otra presente, en la que imperaba un teatro popular y que buscaba la rentabilidad económica casi en exclusiva.


La frontera entre uno y otro se encontraba en algo no citado en el texto pero que cualquier lector culto del momento comprendía: la formulación por parte de Lope de las claves de la llamada comedia nueva, un artefacto de perfecto engranaje para representar ante el público variopinto de los corrales de comedia y que barrió esa otra posibilidad mencionada por el canónigo, camino que hubiera dado, a su juicio, mejores resultados artísticos y en el que Cervantes deja caer, con orgullo, el título de una obra suya. Profundiza Cervantes en su crítica a Lope, acusándole, sin decirlo, de una desviación no elogiable del teatro español. Continuaremos sobre esto el sábado, pero apuntemos aquí que para Cervantes también había otra posibilidad en el teatro, como la indicada para la novela, de hacer un teatro que gustara a todos pero sometido a las reglas. Quizá eso sea lo que intentó con la publicación de sus Ocho comedias y ocho entremeses en 1615.


Cervantes se da cuenta de que la discusión se ha prolongado demasiado y que ha alcanzado una altura teórica que puede cansar al lector y por eso procede a cambiar de estilo y, aparentemente, de tema. Sancho, tras dar muchos rodeos, viene a comunicar a su amo sus dudas sobre el encantamiento al que don Quijote dice estar sometido:


-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porque hace al caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso después que vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta jaula, le ha venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como suele decirse.
-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que te responda derechamente.
-¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o mayores? Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa que quiero decir si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.


De forma divertida se nos cuela una caída de nivel desde la altura de la conversación de cura y canónigo hasta estas aguas. No es la primera vez que usa de este recurso (recordemos, por ejemplo, la historia de los batanes) como técnica barroca de contraposición entre lo bello y lo vulgar, entre lo elevado y lo soez.


Aquí, además, viene a explicitar, de forma irónica, parte de la conversación precedente sobre cuestiones teóricas. Lo gracioso del caso es que tanto sirve para negar como para afirmar lo dicho por el cura y por el canónigo: esta mixtura estilística niega las bases teóricas clásicas que tanto admiran ambos, pero confirman cómo se puede juntar en una obra el gusto vulgar y el chiste fácil con el discurso más elevado. Y es que Cervantes, con este giro, ni niega ni confirma lo que ha dicho antes, simplemente, lo supera, de lo que no se han dado cuenta muchos estudiosos, cegados al pensar que el debate traducía, sin más, el pensamiento del autor. Y, de paso, recupera a nuestros protagonistas, puesto que don Quijote, sin admitirlo pero apremiado por la necesidad, niega su condición de caballero encantado:

-¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácame deste peligro, que no anda todo limpio!

Perspectivas de lectura.

Una de las formas de leer el Quijote es en clave teórico-literaria.La novela está llena de reflexiones sobre literatura (especialmente sobre novela y teatro), alusiones veladas o directas a obras y autores, controversias, perspectivas de lectura -no olvidemos que el hidalgo protagonista se nos construye desde su condición de lector-, etc. En este sentido, el Quijote es una obra plenamente moderna, puesto que la metaliteratura es uno de los puntales de la mejor literatura actual.
Sin embargo, algunos estudiosos se han entusiasmado demasiado con esta lectura, sin darse cuenta de que el Quijote es una novela llena de idas y vueltas, giros y recursos de ocultamiento del discurso. Se han hecho demasiadas lecturas planas, directas, de lo que se dice en el Quijote y se interpreta, sin más, lo que dice tal o cual personaje como la voz directa de Cervantes. Hay que tener cuidado.
El cura y el canónigo transmiten la opinión que tenía Cervantes sobre la novela y el teatro de su época. Cervantes reflexionó mucho sobre la literatura: su obra está plagada de estas cuestiones, pero el hecho de adjudicarlas a unos u otros personajes matizan lo afirmado, así como el cotejo cuidadoso con otras producciones suyas.
Cervantes no nos dejó un tratado sistemático en el que reflejara su teoría literaria, por eso debemos andar entresacando lo que dice en uno u otro lugar. De la suma de todas sus palabras debemos entenderlo partidario de una obra de arte realista, verosímil y con una fuerte tendencia costumbrista.

Capítulo XLVIII

“Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio”.
Pregunta. Resume lo que ocurre en el capítulo.

Capítulo XLVII

Repite Cervantes, en este capítulo, alguna de las técnicas estructuradoras que ya ha practicado con éxito en otros. Así, distribuye la materia en dos partes. En la primera, nos despedimos de la venta; en la segunda, volvemos a transitar los caminos y vuelve a surgir el encuentro con nuevos personajes.
La salida de la venta es rápida, porque ya hemos visto que Cervantes da la materia por agotada y decide no prolongarla: se sube la jaula, en la que don Quijote está encerrado y maniatado, a un carro de bueyes; se despiden todos los personajes que tantas páginas han llenado en pocas líneas, prometiéndose dar cuenta de lo que les pase, que ya no interesa al narrador, por previsible. Es curioso que la despedida más larga se deba a la ventera, su hija y Maritornes, a las que don Quijote dedica unas palabras dignas del caballero que sueña ser.
Lo más interesante de la despedida es ver cómo nos prepara Cervantes para el asunto principal de la segunda parte del capítulo. Primero, con la extrañeza manifestada por don Quijote al no reconocer con exactitud su encantamiento en los precedentes de los libros de caballería. Para solucionar sus dudas, desvela ser consciente de que es un anacronismo, sabe que sus tiempos no son ya de caballeros andantes y que él, con su voluntad, los ha resucitado:
Pero quizá la caballería y los encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos y otros modos de llevar a los encantados.
Es un primer paso hacia el tratamiento de la materia caballeresca en la literatura, es decir, hacia la reflexión teórica sobre la narrativa. Es justo en este momento cuando deja caer una referencia muy interesante. El ventero entrega al cura unos papeles manuscritos que se encontraban en la misma maleta que El Curioso impertinente. El cura lee el título: Novela de Rinconete y Cortadillo. Como sabemos, es una de las novelas que componen la colección de Novelas ejemplares de Cervantes editada en 1613 y de la que tenemos un manuscrito de 1606. Por lo tanto, la novela ya estaba terminada en 1604, fecha de la redacción de este capítulo. Como de esto hablaremos el sábado, sólo quiero anticipar que la mención de esta novela -una reformulación del género picaresco-, en este momento de la narración, refuerza la intencionalidad de la propuesta narrativa que se esconde en el Quijote y que será debatida en las líneas siguientes.
En efecto, ya en el camino, la comitiva -el boyero, los cuadrilleros de la Santa Hermandad que escoltan la jaula previo pago, don Quijote enjaulado, Sancho, el cura y el barbero- se encuentra con un canónigo y sus criados. Tras un breve momento de desconcierto por las palabras de don Quijote, interviene Sancho, que muestra su descontento ante el cura y el barbero, a los que ya había reconocido a pesar de su disfraz, protestando por no haber dejado terminar la aventura de la princesa Micomicona y alcanzar las recompensas prometidas. Duda de la condición de encantado de su amo:
así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; él tiene su entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como los demás hombres, y como las hacía ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto ansí, ¿cómo quieren hacerme a mí entender que va encantado?
No, no traga fácilmente la burla Sancho, porque se ha visto sin recompensa.
El barbero, oídas las palabras de Sancho duda de si no está tan loco como su amo, a lo que Sancho responde defendiendo su libre condición para entender las cosas, en un paralelismo con afirmaciones pronunciadas por don Quijote capítulos atrás:
-Yo no estoy preñado de nadie -respondió Sancho-, ni soy hombre que me dejaría empreñar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosas peores; y cada uno es hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto más gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cómo habla, señor barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha de echar dado falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y quédese aquí, porque es peor meneallo.
Tras ello, el cura y el canónigo departen de literatura. Cervantes, antes de cerrar la novela, a la que ya queda poco recorrido, quiere afianzar el mensaje teórico de su propuesta, asegurarse, en fin, de que la regeneración narrativa que pretende con el Quijote queda explícita de forma suficiente, enlazando esta conversación, de forma explícita, con otro momento de alta reflexión teórica, la del escrutinio de la biblioteca de don Quijote (como vemos, el capítulo tiene varias referencias a momentos anteriores).
En resumen, a través de las palabras del canónigo -que se había manifestado buen conocedor de la novela de caballería, que manifiesta un gran dominio de la teoría y que tiene comenzada una novela siguiendo sus ideas-, Cervantes procura dejar asentados los principios que rigen el Quijote.
Por una parte, sus críticas a las novelas de caballerías se basan en su inverosimilitud disparatada e inmoralidad. En definitiva, deleitan pero no enseñan. Son meros divertimentos.
Sin embargo, debe explorarse este género narrativo porque contiene una cosa buena: en manos de alguien con criterio, su variedad, extensión, mezcla de aventuras, personajes y emociones, las hacen un instrumento literario valioso. Termina el capítulo, en este sentido, con una de las más certeras defensas de la novela como género narrativo que se encuentran en la época cervantina, puesto que no debemos olvidar que entonces muchos negaban su condición artística:
-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que la épica también puede escrebirse en prosa como en verso.


Cervantes, autor.

Cervantes se menciona como autor de otras obras en el Quijote. Ya vimos cómo, en el escrutinio de la biblioteca del hidalgo, apareció un ejemplar de su novela pastoril La Galatea.
Cuando el ventero entrega al cura el manuscrito del Rinconete y Cortadillo, la intención es otra que cuando se menciona La Galatea en el escrutinio. Ahora se cita un texto no editado y que no pasará a la imprenta hasta 1613, años después de la primera edición del Quijote. Sabemos que el texto circuló manuscrito, al menos, a partir de 1606, fecha del manuscrito de Porras de la Cámara, en donde la obra se tituló Novela de Rinconete y Cortadillo, famosos ladrones que hubo en Sevilla, la cual pasó así en el año de 1569. Es interesante cotejar el texto basado en el manuscrito con el de la primera edición.
El manuscrito, elaborado por el racionero de la catedral de Sevilla, Francisco de Porras, es una miscelánea de textos compuesta para la lectura, en tiempos de ocio, de su amo, el cardenal arzobispo de Sevilla, Francisco Niño de Guevara. Lo tituló Compilación de curiosidades españolas y en ella se incluían La tía fingida (atribuida a Cervantes), Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño.
Manuscritos como éste eran habituales en la época, en la que muchos textos tenían una abundante circulación anterior a la impresa. Se destinaban a la lectura privada pero se prestaban para su copia. Fue encontrado en 1788 por Bosarte, quien lo copió para editarlo, y tiene una historia singular, como tantos papeles en España.
Robado del Colegio de San Isidro, en donde se encontraba, para su venta, lo halló en 1820, en una librería de viejo, el conocido bibliófilo -algunos opinan que bibliófago- Bartolomé José Gallardo, que lo perdió, junto a otros papeles y libros muy valiosos, al huir de la reacción absolutista el día de San Antonio, 13 de junio de 1823. Los papeles fueron quemados o arrojados al río (la historia de estos papeles de Gallardo es muy confusa) por una masa popular que se había levantado contra los liberales en defensa del absolutismo. O sea, que por estas circunstancias tan habituales en la cultura española, un manuscrito esencial para recomponer la historia editorial cervantina, se ha perdido para siempre y sólo podemos trabajar a partir de copias que se hicieron de él y referencias de quien lo tuvo en su mano. Por estas copias, sabemos de las divergencias entre los textos del manuscrito y los definitivamente editados por Cervantes en 1613, mucho más ajustados a la moral oficial.
Por lo tanto, la mención en el Quijote de una obra no editada nos sitúa ante un Cervantes que tenía un material inédito compuesto, en esencia, por obras dramáticas y muchas de las novelas que se imprimirán en la colección de Novelas ejemplares. El Quijote fue la forma de romper su alejamiento de la imprenta durante tantos años. Imaginemos a Cervantes, consciente de la trascendencia de lo que tenía escrito y viendo cómo envejecía sin saber si podría imprimirlo.

Capítulo XLVII


“Del extraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos”.
Pregunta; Encantamiento extraño el que sufre Don Quijote ¿Cómo lo adecua a su relidad libresca?

Capítulo XLVI

Este capítulo supone el definitivo cierre de las historias entrecruzadas que se han venido sucediendo desde que don Quijote asaltara al barbero en el camino y la recuperación del plan trazado por el cura y el barbero vecinos del protagonista para devolverlo a casa.
Para ello, Cervantes dispone la materia en dos partes.
En la primera, el narrador nos explica las verdaderas razones por las que don Quijote se salva de la persecución de la justicia. El cura convence a los cuadrilleros que de que sería inútil prenderlo porque, por su locura, le dejarían libre al no ser responsable de sus actos. También se llega a un acuerdo satisfactorio con el barbero asaltado devolviéndole las albardas, aunque no las cinchas y jáquimas, que quedan en poder de Sancho, y abonándole ocho reales por la bacía. Por último, don Fernando se encarga de pagar lo que se debe en la venta.
Vemos aquí a Cervantes rebajando bruscamente a realidad la parodia de juicio del capítulo anterior y la defensa del caballero andante como alguien ajeno a la justicia humana que hizo don Quijote. La ironía cervantina le lleva a reflejar, como dice la sabiduría popular, que vale más un buen acuerdo que cualquier pleito y más si hay quien lo pague.
Todo se hace a espaldas de don Quijote, que así no ve mermado su sueño caballeresco, pero a la vista clara del lector, al que no se escatima ni un detalle.
La segunda parte del material de este capítulo nos conduce, de nuevo, a la trama principal, que se había abandonado en estos dos días de estancia en la venta.
En un feliz tratamiento del tiempo narrativo, Cervantes ha dedicado mucho espacio a estos dos días, pero debe llegar rápido a la solución o se perderá en un sinsentido, con la conciencia de que las historias intercaladas se han agotado. De hecho, es muy posible que la experiencia de lo que ha sucedido en la venta no sólo sirva para escarmiento de las costillas manteadas de Sancho, sino también al mismo autor: quizá el aprendizaje de estos hilos cruzados le sirviera como reflexión en la segunda parte a la hora de cambiar el formato de introducción de las historias intercaladas y la interrupción de la línea central, como veremos.
Como transición, Cervantes usa a Sancho de nuevo para la confrontación de la visión de su amo. Cuando don Quijote se dispone a continuar la aventura de la princesa Micomicona, el escudero pone todo en duda porque ha visto a Dorotea hociqueándose con don Fernando. La expresión grosera, el contraste tan brusco con el diálogo entre don Quijote y Dorotea, repleto de referencias caballerescas y tono literario, conducen a lo esperado: la ira de don Quijote. Es un recurso ya usado por Cervantes antes, como sabemos.
Reconciliados amo y escudero al explicar los hechos Dorotea a la manera de don Quijote -todo es producto de un encantamiento-, la venta se sosiega lo suficiente para que se trame la forma de devolver a don Quijote a su aldea.
Para ello, se fabrica una jaula de madera, similar a la que servía para encerrar a los locos violentos, se disfrazan todos -menos Sancho- de tal manera que a don Quijote le parecen fantasmas y el barbero pronuncia una profecía paródica en la que se anuncia al caballero que está encantado hasta que pueda yacer con la blanca paloma tobosina -Dulcinea- y tener hijos. Don Quijote asume el encantamiento porque, aunque realizado de forma tosca e improvisada, recuerda pasajes similares de sus libros de caballería. Por otra parte (en clara contradicción con la esencia del amor cortés), se le ofrece de forma evidente la recompensa sexual de conseguir a su amada. Sancho acepta sumiso porque, aunque reconoce a los disfrazados, ya no sabe bien qué creer y le faltaba bien poco para tener la mesma enfermedad de su amo. No olvidemos que se vuelve a mencionar el pago de sus servicios.

El manicomio, parodia del mundo.

Cervantes partió de la descripción de algunas enfermedades mentales tratadas en los libros médicos de su época. Su conocimiento debió ser algo más que libresco y se insinúan incluso nombres de personas concretas que le inspiraron el personaje principal. No se nos debe escapar que ya en otra novela, El licenciado Vidriera, presentaba otro tipo de enfermedad mental: el hombre que se creía de vidrio.
Estos aspectos eran más que reconocibles ya en su época. De hecho, la interesante continuación de Avellaneda nos sitúa en un manicomio: casi reconocible como parodia del mundo.
Desde entonces se ha debatido sobre la locura de don Quijote, su raíz y sus características. También sobre la tipología en la que podría estar encuadrado en la modernidad como persona en la que falla, especialmente, la distinción entre realidad y fantasía.

Capítulo XLVI


“De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote"

Pregunta; ¿Cuál es la actuación de Sancho en este capítulo?

Capítulo XLV

Teníamos pendiente un juicio para decidir si la bacía era yelmo y la albarda jaez: la construcción del baciyelmo que hizo Sancho Panza al final del capítulo anterior, nos adelantaba el perspectivismo con el que se enfocaría la cuestión en éste. Estábamos preparados para abordar la cuestión desde un doble ángulo: en primer lugar, la filosófica -los sentidos son poco fiables y la realidad, por lo tanto, se nos presenta no como es sino como la afrontamos desde nuestra perspectiva-; en segundo, la narratológica, puesto que Cervantes nos ha construido el relato de don Quijote desde su visión literaria e imaginada del mundo, enfrentada a la del mundo real del resto de los personajes, cada una con su verdad, multiplicada por las otras de las diferentes historias intercaladas.
Y esto se nos da: aquellos que conocen a don Quijote de entre la multitud de personajes que se encuentran en la venta, ganados por su ficción y con un ánimo declaradamente festivo (es decir, jugando a vivir el cuento literario del viejo hidalgo), deciden que la bacía es yelmo y no bacía en una parodia de juicio en la que hay declaración de peritos -el barbero amigo de don Quijote informa contra el barbero acusador-, declaración de las partes y decisión por votación entre los jueces. No nos importa tanto que quieran apoyar la locura del conocido y disfruten con la desesperación del barbero robado como el hecho de que gente tan diversa sea capaz de negar el sentido común y que, para ello, inviertan de forma tan declarada la institución judicial, puesto que don Fernando deja de contar cuando debería comenzar a sumar los votos de los menos partidarios a don Quijote, con lo que manifiestamente se conforma con los jueces parciales.
Un criado de don Luis y unos recién llegados a la venta, cuadrilleros de la Santa Hermandad, que no están implicados en la historia, actúan según lo que se espera de ellos: denuncian la burla de la justicia que allí se está cometiendo, provocando una pelea divertida y general que es detenida por el que menos podríamos esperar. En efecto, es el loco, don Quijote, quien pide calma a todos al recordar el campo de Agramante, pero para designar como jueces a gente afín, con lo que:
Finalmente, el rumor se apaciguó por entonces, la albarda se quedó por jaez hasta el día del juicio, y la bacía por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote.
Tras la pausa necesaria para marcar la transición, aprovechada por el oidor para tomar consejo de cómo resolver su problema con don Luis y su hija Clara, un cuadrillero vuelve a reclamar la justicia cotidiana, realista y concreta, la que se ata a las normas sociales del momento. Ha reconocido a don Quijote como aquel que es reclamado por haber liberado a los galeotes y exhibe el mandamiento que lo prueba. Se provoca una nueva pelea, que termina, en esta ocasión, don Fernando, como corresponde por su posición social.
Don Quijote, riéndose de los términos del bando en el que se le declara perseguido por la justicia, reacciona en una vibrante alocución, en la que denuncia la corrupción de la misma justicia que le busca y su brazo ejecutor (Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad) y se pone por encima de ella por su alta misión como caballero andante.
Observemos, desde fuera, lo que ha ocurrido, porque se nos ha dado algo más de lo que esperábamos: en ambos casos -el baciyelmo y el motivo de persecución de don Quijote- se ha graduado no sólo el perspectivismo literario o el filosófico, sino una revisión irónica de la justicia por la que la bacía queda convertida en yelmo sin posibilidad de réplica, los cuadrilleros en cuadrilla de ladrones y el loco por encima de cualquier mandato de la autoridad. Un doble salto mortal por parte de Cervantes, que nos lo da, además, en medio de un barullo, para que no se note tanto. Veremos que esta denuncia del desorden de la justicia se confirma más adelante.
En el capítulo, además, se cierra la historia del barbero asaltado en el camino y la de los galeotes -que habían puesto a don Quijote fuera de la ley y podrían perjudicar el final de la novela si no se cerraran oportunamente- y se reconduce hacia el final feliz la de don Luis y doña Clara.
Y todo ello en uno de los capítulos más difíciles técnicamente de resolver, puesto que Cervantes debe mover un número de personajes considerable sin que se perciba nada de forzado.

Resolviendo

Cervantes debe cerrar las tramas abiertas. Vimos cómo, desde que Dorotea convenciera a don Quijote para abandonar la penitencia en la sierra, el relato deshacía el camino para avanzar hacia su final. No lo olvidemos: tanto esta primera parte como la segunda son novelas de camino, de viaje de ida y vuelta, con todo el simbolismo que ello conlleva.
Pero como se nos había complicado la trama tanto desde las aventuras de la sierra, en algún momento debía ir concluyendo. Lo hemos visto en los capítulos comentados estas semanas: se cierra la historia de amores cruzados y la del cautivo, aunque su cierre trae otras engarzadas que ayudan a continuar el interés del lector y que no decaiga -lo que hubiera sucedido si no nos presentara novedades, aunque cuidando que no tengan mayor extensión que las que van concluyendo.
Porque ésta es una de las funciones de la historia de don Luis y la hija del oidor, por ejemplo: cuando creemos que nada nuevo podemos esperar, sorprendernos para que nuestra atención siga en alto. Habrá más sorpresas de aquí al final del relato.
Sin embargo, el hilo suelto más importante que debía cerrar era la condición de fuera de la ley en la que don Quijote se había situado tras atacar al barbero y liberar a los galeotes.

Capítulo XLV


“Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad”.
Pregunta; ¿Cuál es la visión que Cervantes tiene de la justicia de su época en función de lo que lees en este capítulo?

martes, 8 de febrero de 2011

Capítulo XLIV

Este capítulo es de una gran habilidad técnica. El cosido narrativo es de tanta altura que, aunque no pase nada, pasa todo. En él vemos:
- a don Quijote dando con su cuerpo en el suelo tras ser desamarrado por Maritornes, montando en Rocinante y dispuesto a defenderse de toda risa provocada por la situación en la que le había puesto su imprudencia al introducir la mano donde no debía;
- a los recién llegados, asesorados por el ventero, no haciéndole el menor caso -lo que le deja más afrentado y sirve a Cervantes tanto para calificar la realidad del hidalgo como para retomar la historia del mozo de mulas y la bella Clara- y buscando al joven cantor, identificado finalmente como don Luis, el vecino del oidor;
- la refriega entre dos huéspedes que se marchan sin pagar y el ventero que guarda celosamente su hacienda, en la que don Quijote demora su participación para renunciar finalmente, dado que los contendientes no son caballeros, con lo que confiesa ver en el ventero un ventero y no el dueño de un castillo -esta locura de ida y vuelta del hidalgo le preserva ahora de unos cuantos golpes-;
- la confesión de don Luis (que reclama su libertad personal y sentimental) ante el oidor de que está enamorado de su hija y la prudente pausa que se toma éste antes de tomar cualquier decisión;
- la entrada del barbero, asaltado capítulos atrás por nuestros protagonistas, que reclama su albarda y su bacía y la disputa física y verbal que sigue.
Se ha acelerado notablemente el ritmo. Cervantes continúa los hilos de diferentes tramas -los amores de don Luis y Clara, la aventura del barbero- ante una nutrida concurrencia compuesta por todos los que se han ido juntando en la venta y las mezcla a conveniencia, troceándolas y sumando la situación de los huéspedes que se marchan sin pagar. Pero no da final a ninguna de ellas: todo se deja para las próximas páginas, con lo que el lector se siente de nuevo impulsado a seguir.
Pero hay otras cuestiones en las que debemos detenernos un momento. Por un lado, las alternancias en el trato que se depara a don Quijote: es ignorado por loco (Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote, pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era don Quijote, y que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio) pero, cuando no hay más remedio, se echa mano de él para que ayude al ventero.
Por otro, el hidalgo reclama su posición central en la trama al ver la discusión entre su escudero y el barbero por las albardas. Para dirimir el asunto y demostrar la presencia de encantamientos en todo lo suyo, en tono de juicio épico, se juega su baza de credibilidad y manda sacar la bacía robada para demostrar que es el yelmo de Mambrino. Este gesto, aparte de su confusión mental o su proyección del juego literario en el que se ha introducido, le confiere cierta grandeza y le permite retomar el mando de todo lo que allí está pasando. Todo lo que hemos leído y todo lo que sigue se ve afectado por este gesto:
-Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta es bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna.
Sancho, que ha enorgullecido a su amo por la defensa brava de las albardas, interesado en el asunto, crea una palabra que es la llave de interpretación de todo el libro. Una palabra que explica lo que los cervantistas han llamado realidad problemática:
-En eso no hay duda -dijo a esta sazón Sancho-, porque desde que mi señor le ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.
Es significativo que la palabra sea inventada por Sancho: por una parte, le funciona el interés en el asunto -si la bacía es bacía, la alforja alforja y ha de devolverla-, por otra su perspectiva ante el lenguaje y, finalmente, la trasformación de su carácter ya pronunciada, ganado por la aventura de su amo. El concepto de baciyelmo explica todo la aventura de don Quijote. Las cosas no existen en sí, sino que son según la perspectiva con la que las enfrentemos: unas veces bacía, otras yelmo. Cada personaje debe posicionarse ante ellas.

El baciyelmo.

Cervantes vuelve a sacar a la narración un objeto del que ya casi nos habíamos olvidado, la bacía que toman del barbero tras su encuentro con él antes del episodio de los galeotes, en el capítulo 21. Y lo hace de una manera que en este autor significa siempre el cuestionamiento de la realidad y de las técnicas narrativas habituales.
Recordemos que aquella batalla significó muchas cosas: en primer lugar, una victoria de don Quijote, necesitado de ellas, con lo que se refuerza la voluntaria trasformación del mundo real en el mundo literario que había soñado; la recompensa de Sancho, que ve confirmada la buena dirección de la aventura emprendida con su amo, que tantas veces se había cuestionado, con lo que puede llegar a dudar de la perspectiva realista de las cosas según las entendía su sentido común; la definitiva formación de la imagen quijotesca al encasquetarse la bacía como yelmo.
En definitiva, el hecho de que la bacía sea yelmo es vital para don Quijote: más aun que el desencanto de los gigantes-molinos o de los castillos-ventas, porque este objeto ha sido ganado por él en combate y se convierte en una parte de su indumentaria, es decir, en una parte de sí mismo.
Cuando el barbero entra por la puerta de la venta y reconoce en Sancho al ladrón de la albarda de su asno, el conflicto se manifiesta por esta albarda, más que por la bacía, que es de menor importancia para el barbero -lo que pone en cuestión la jerarquía de valores de don Quijote, para el que sucede todo lo contrario- pero, tras unos golpes y unos gritos, deriva hacia la bacía porque don Quijote toma las riendas del asunto al forzar a todos los presentes -ante el espanto de Sancho, que piensa que ya lo tiene todo perdido- a tomar partido en la decisión sobre si es bacía o yelmo.
Y es aquí en donde la verdad del cuento se ahonda.
Hasta el Quijote, en la novela no se había cuestionado la realidad de esta manera como parte esencial del relato y como técnica narrativa: que la realidad se problematice así es ya una forma de explicar, por una parte, la construcción misma de la novela; por otra, profundizar en un debate filosófico sobre la existencia de la realidad misma en sí o a través de su recepción.
En el segundo aspecto, de forma irónica -no olvidemos que se habla de una herramienta propia del oficio de un barbero, con lo que implica la consideración social de este oficio cuestionado no sólo por los muchos que lo ejercían sin formación sino también como un reducto de personas que no procedían de cristianos viejos-, se cuestiona todo lo que hoy llamaríamos pensamiento único: las cosas pueden abordarse según los criterios personales de cada uno, no según lo que dicte el consenso general, hay posibilidad de disentir y de ver las cosas de forma diferente y heterodoxa, hay opciones para el sueño y los proyectos divergentes. Para ello Cervantes usa, como ya señaló Américo Castro (que es a quien debemos la atención de los críticos hacia este punto), el cuestionamiento de los sentidos que se daba en el pensamiento barroco para ir aun más allá, a partir de la parodia literaria.
En el primero, se pone en juicio definitivo todo lo que sustenta la aventura de don Quijote y que ya habíamos visto en la aventura de los molinos, por ejemplo. El protagonista se la juega: si el dictamen es favorable a la bacía, no sólo será Sancho el que pierda las albardas, sino él mismo el que quede totalmente desacreditado ante sí mismo y ante toda la multitud de personajes que se han concentrado en la venta de forma tan evidente que no le quedará más remedio que volverse a su casa con la cabeza gacha. Este juicio no trata sólo de si es bacía o yelmo, sino sobre la misma entidad de la novela, por lo que alcanza un sentido metaliterario.
Ya hemos visto, en otras ocasiones, que la fuerza del proyecto vital de don Quijote es tanta que consigue sumar voluntades, veremos en esta ocasión qué pasa.
Por ahora, ya podemos constatar que hasta el mismo Sancho, por interés y por la inercia de los últimos capítulos, ya no es capaz de llamar bacía a la bacía como llamó molinos a los molinos y la convierte, en uno de los mejores hallazgos lingüísticos de la novela, en baciyelmo: será lo que queramos ver en ella, porque este objeto, en sí mismo, ya no existe puesto que se ha trasformado por las perspectivas con las que lo afrontamos, sean cuales sean nuestros motivos para hacerlo.
Abordar la realidad desde el perspectivismo, problematizándola, es la raíz esencial del Quijote. Y hacerlo todo a partir de las técnicas del realismo, sin necesidad de introducirse en el mundo de las narraciones fantásticas, la gran lección de Cervantes para la narrativa posterior.

Capítulo XLIV


“Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta”.
Pregunta; La perspectiva narrativa ejemplificada en el Baciyelmo. Explica a partir de la creación de la palabra la quijotización de Sancho.

Capítulo XLIII

Continúa lo anunciado al final del capítulo anterior: el mozo de mulas que tan bien canta es, en realidad, el hijo de un caballero aragonés enamorado de Clara, la hija del oidor, y que, al enterarse de su marcha, la ha seguido así disfrazado. La hermosa quinceañera lo confiesa a la inteligente y seductora Dorotea, que le promete -y ya la conocemos- solucionar el enredo con bien.
Esta historia, cuyo desenlace queda aplazado, es una nueva propuesta de tratamiento literario del amor, como ya hemos visto que es gran parte de la novela. Por otro lado, es una de las historias intercaladas mejor traídas y con más naturalidad desarrolladas y solucionadas dentro del conjunto de la Primera parte del Quijote. Nos sitúa ante el amor adolescente: ambos protagonistas lo son, ambos dependen de sus padres y ambos, como tales, son incapaces de buscar una solución adecuada a la expresión amorosa, así que su historia, hasta el momento, es la de una relación de ventanas, lienzos y celosías, puesto que ninguno de los dos está lo suficientemente experimentado en las artes amatorias.
Son significativas algunas de las cosas que dice Clara: ella está, como era práctica habitual en las mujeres de clase alta de la época, prácticamente encerrada en los muros de su casa, así que no puede saber dónde pudo verla el joven estudiante. Pero bastó que él hiciera algunos gestos en la ventana para que ella se enamorara, levantara lienzo y celosía y se mostrara a cara descubierta: lo que demuestra que no es el encierro la mejor opción para curar la adolescencia. Ni el estudiante ni Clara saben cómo solucionar su problema.
Observemos que, poco antes, en la historia del cautivo, se había indicado prácticamente lo mismo para Zoraida, también asomada a la ventana pero más decidida puesto que le guían las apariciones de la Virgen, así que Cervantes nos presenta de forma literaria las dificultades para establecer una relación entre jóvenes en aquella época: cruce de literatura y vida, por supuesto.
Cervantes, como es habitual en el libro, corta el relato y nos devuelve a don Quijote, que vela, armado y montado en Rocinante, la venta que imagina castillo mientras se acuerda de su Dulcinea a la manera caballeresca.
Frente a la inocencia de Clara, nos sitúa ahora ante dos frescas jóvenes semidoncellas (la una por virgen que actúa como criada y la otra por criada que bromea como doncella), la hija del ventero y la inestimable Maritornes, que ya han dado muestras de no andarse con tanto remilgo. Desde un agujero, hablan con don Quijote, que se imagina de nuevo solicitado por la joven y Maritornes le pide, en un descenso brutal desde la ingenuidad del relato de Clara y lo idílico del monólogo del hidalgo, a la alusión sexual explícita:
-Sola una de vuestras hermosas manos -dijo Maritornes-, por poder deshogar con ella el gran deseo que a este agujero la ha traído, tan a peligro de su honor que si su señor padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera la oreja.
No se hace mucho de rogar don Quijote a pesar de tanta memoria de Dulcinea y ya sabemos cómo termina, embromado por las dos mujeres: amarrado el brazo y colgando a unos centímetros del suelo sin poder pisarlo, imaginándose encantado y manteniendo una conversación absurda con unos viajeros que llegan a la venta y terminan de despertar a quien no lo estuviera ya.

Eros

En el Quijote encontramos también un arte amatoria. Ya hemos visto cómo muchos de los relatos intercalados presentan el amor según su género literario y cómo en varias ocasiones la realidad se introduce en toda su fuerza. Recordemos a Maritornes buscando al arriero previo pago, pero también a la engañada Dorotea.
En el capítulo de esta semana hemos visto otro de estos fragmentos del muestrario de amor. Entre la literatura y la realidad, Cervantes nos ha presentado el amor adolescente de una parte de la sociedad de aquellos tiempos: dos jóvenes que no saben cómo relacionarse y se ven a hurtadillas de ventana a ventana. Clara está encerrada, como era habitual en la época, pero aun así, a pesar de todo el celo puesto por el padre, la naturaleza se abre camino: no sabe lo que es el amor, pero ama y desea. Y se muestra a la ventana. Y no quiere escuchar la voz de su amado, pero no hace nada para que lo alejen. Su inexperiencia impone la presencia de una tercerona: Dorotea.
Cervantes nos muestra luego a don Quijote, proclamando su amor por Dulcinea, pero sin perder la oportunidad de introducir su mano por un agujero (¡qué forma de alusión indirecta!) para poder tocar a la joven hija del ventero. Queda colgado por burla de Maritornes, pero no escarmentará.

Capítulo XLIII


” Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros estraños acaecimientos en la venta sucedidos”.

Pregunta; Relaciona el personaje de Clara con Melibea.

Capítulo XLII

Este capítulo se destina a cerrar la historia del cautivo, engarzándola con la realidad múltiple de la venta y proponiendo una nueva situación en sus últimas líneas, para animar a la lectura del siguiente, como es habitual en el Quijote.
Como había sucedido tras la novela del Curioso impertinente, se hace expresa crítica sobre la historia del cautivo, con las claves cervantinas sobre cómo debe ser una novela breve de este tipo:
-Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este estraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso. Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido en escuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el mesmo cuento, holgáramos que de nuevo se comenzara.
Obsérvese que hay un error que delata el trabajo continuo con la estructura del Quijote y denuncia la falta de lima suficiente en una última lectura sosegada que jamás pudo realizar Cervantes, de lo que ya hemos hablado.
El error, menos evidente que otros si nos ha ganado la trama, consiste en que la noche cae dos veces y por segunda vez se cena.
Anochecer y cenar ya había sucedido en el capítulo 37, como aquí. Sin duda, el error se debió a la introducción del discurso sobre las armas y las letras como prólogo de la aventura del cautivo -lo que nos recuerda que este marco explica lo que le pasa al valiente soldado y sus hermanos-. Cervantes consideró que dicho discurso debía darse durante la cena -por comodidad de los oyentes y por paralelismo con el discurso sobre la edad de oro- y se le olvidó rectificar el texto del presente capítulo, con lo que, a la llegada del oidor y de su hija, se vuelve a cenar.
Si la primera cena servía de prólogo a la historia del cautivo, la segunda será su epílogo.
En efecto, desde la llegada del oidor -acompañado de una joven tan hermosa como las allí presentes, su hija Clara-, don Quijote alude de nuevo al debate sobre armas y letras:
-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo, que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad en el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armas y letras traen por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letras de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no sólo abrirse y manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse y abajarse las montañas, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en este paraíso, que aquí hallará estrellas y soles que acompañen el cielo que vuestra merced trae consigo; aquí hallará las armas en su punto y la hermosura en su estremo.
No se queda ahí la continuidad del debate. Una vez que el cautivo identifica al oidor como su hermano -el segundo de los tres que salieron de la montaña leonesa-, se avergüenza de su estado y pobreza, frente al éxito social y la opulencia que manifiesta el recién llegado. En la conversación posterior, sabremos que el tercer hermano marchó a América y se ha hecho rico. Dos carreras de éxito, sin duda.
Observemos el giro: el protagonista de la novela que nos ha emocionado por su valentía, decisión y anécdota sentimental, no se atreve a manifestarse ante su hermano, se esconde de él por temor a no ser aceptado, y delega este hecho en el cura -de nuevo como zurcidor de historias-. Es decir, el que de los tres se había dedicado a las armas (que tanto había elogiado don Quijote en su discurso y cuya vida aventurera nos había emocionado), queda rebajado socialmente ante sus hermanos, que se han hecho ricos por el camino de las letras.
Qué gran ironía cervantina, cuánto puede haber de denuncia y de decepción ante la España del momento al verse reflejado en aquel capitán cautivo: el que ha entregado su vida y su libertad al Imperio vuelve sin nada. Los que escogieron otros caminos, menos arriesgados, han tenido un enorme éxito.
Por supuesto, para la finalidad de la novela, debe amortiguarse este motivo y el oidor alaba a su hermano y su oficio y lo acoge con gran alegría y orgullo una vez producida la anagnórisis. Pero los lectores no podemos dejar de ver a Cervantes recordando a la sociedad española el olvido en el que caen los componentes de los Tercios.

Capítulo XLII


“Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse”.
Pregunta; Tres fortunas diferentes han sufrido los tres hermanos, el más desfavorecido es nuestro capitan cautivo. Explica las posibles causas de este final de historia.

Capítulo LXI

En gran medida, el relato del cautivo se transforma, en este capítulo, en el de la fuga de Zoraida, la hija de Agi Morato. Todo gira en torno a su figura, que llama la atención de todos los que la conocen, como lo hizo nada más llegar a la venta.
El cautivo explica los pormenores del caso (aunque, al final, dice que ha callado alguna circunstancia por no enojar a los que le escuchan), pero siempre la figura de la joven está presente.
Ya sabemos que fue ella quien, con su decisión, le escogió no sólo para marcharse a tierras cristianas sino también como futuro esposo. Ahora se nos relata cómo se conocen y él queda prendado de su hermosura. Con la excusa de recoger unas hierbas para una ensalada, entra en el jardín de Agi Morato y hace que sea el propio padre –convertido así en personaje de comedia bufa- el que traduzca a su hija frases con doble significado sobre los planes de fuga y los avatares sentimentales de ambos (en especial a ella le interesa conocer si él está o no casado en su tierra).
Cuando ponen en marcha el plan, ella aparecerá, previsora, cargada de joyas y un arcón con dinero. Ayudados por otros cautivos y el renegado, se hacen con una barca a la que deben subir tanto al padre –que aparece en el momento más inoportuno-, como a otros moros a los que, finalmente, abandonan en tierra africana antes intentar el salto a España.
En todo el capítulo hay un substrato de circunstancias contemporáneas que le dan una fuerte verosimilitud y que son parte esencial del efecto que consigue: el lenguaje marinero, la amenaza de barcos corsarios, las distancias a Mallorca o la Península, la noche y los vientos que empujan el barco a la costa, la aparición en mitad de la noche de unos corsarios franceses que los apresan, la llegada a tierras españolas y a la aparición de la caballería que protegía la costa de incursiones turcas, etc.
Sobre estos motivos verosímiles, se construye la trama de la fuga. En ella destaca la entereza y decisión de Zoraida, el carácter tragicómico de su padre, el comportamiento caballeresco de los cautivos y el renegado o, incluso, el comportamiento de los corsarios franceses. No hay que olvidar el reencuentro de uno de los compañeros de fuga con su tío, en Vélez Málaga, y la honestidad del trato entre cautivo y mora (sirviéndola yo hasta agora de padre y escudero, y no de esposo).
Observemos cómo Cervantes teje el relato del cautivo sobre un fondo muy real para transformarlo en una historia de aventura, religión y amor en el que triunfa el ideal por encima de las dificultades: una proyección optimista, sin duda, que sería del agrado de sus lectores.

Novela mediterranea

El relato del cautivo es un texto de literatura mediterránea, como lo fue la inaugural Odisea. El Mediterráneo como ámbito y tema ha llegado hasta nosotros con la misma fuerza que entonces, aunque con otro significado.
Nuestro cautivo ha salido de León para recorrer todo el Mediterráneo y llevarnos a nosotros con él: desde las costas españolas a las italianas, Lepanto, Constantinopla, La Goleta, Orán, Argel, Mallorca... para terminar de regreso en Vélez Málaga.
Pero no hay sólo geografía en este relato, sino vida: barcos de las armadas españolas y turcas, pequeños pesqueros, corsarios turcos y franceses. Hay batallas y paz, emociones, ideales y esperanzas. Aunque el argumento se irá derivando hacia lo políticamente correcto, percibimos en las alusiones a la vida cotidiana de Argel la presencia de cristianos de diferentes procedencias y condición (esclavos, libres, negociantes, frailes), moros, turcos, renegados, etc. En aquel tiempo, en el que el máximo empeño colonizador se daba en América, aun el Mediterráneo era el latido del mundo y eso se percibe en este relato.
Hasta en el mito. Hay un guiño que deja caer Cervantes en el capítulo 41. Se menciona que encuentran refugio en un lugar conocido por la Cava Rumía: que en nuestra lengua quiere decir La mala mujer cristiana; y es tradición entre los moros que en aquel lugar está enterrada la Cava, por quien se perdió España, porque cava en su lengua quiere decir mujer mala, y rumía, cristiana; y aun tienen por mal agüero llegar allí a dar fondo cuando la necesidad les fuerza a ello, porque nunca le dan sin ella; puesto que para nosotros no fue abrigo de mala mujer, sino puerto seguro de nuestro remedio, según andaba alterada la mar.
Con tan pocas líneas, Cervantes introduce la narración del cautivo en la tradición legendaria de la pérdida de España a causa de los amores del último rey godo, don Rodrigo, con esta mujer.

Capítulo XLI


Donde todavía prosigue el cautivo su suceso
Pregunta ¿Es optimista la historia de Zoraida?. Justifica tu respuesta.

domingo, 6 de febrero de 2011

Capítulo XL

Continúa el relato del cautivo. En un capítulo anterior, se nos había despertado la curiosidad por el cautivo y la mora que lo acompañaba: intuíamos que, detrás de los rasgos aventureros de él y la hermosura de ella, había una buena historia que se concreta en cuanto el cautivo inicia su relato en otro capítulo. Lo que entonces había comenzado como un cuento folklórico -cuya estructura seguirá presente en todo el relato- y se había transformado en una relación de batallas verdaderas y no fantásticas, contadas desde la perspectiva de un testigo presencial -que haría las delicias del lector de la época-, gira ahora hacia una narración que se dirige la emoción sentimental del receptor.
Cervantes gradúa con sabiduría todos los elementos que pone en juego y los momentos en los que la narración cambia el tono. En general, para ir de lo real a lo fingido y legendario. Este matiz se acentúa, además, con el sentido autobiográfico e histórico de los materiales que componen la primera parte de la historia, que van adelgazándose según avanza para caer en lo novelesco- sentimental.
El hermano del compañero del cautivo, don Pedro de Aguilar, caballero del séquito de don Fernando, produce el primer cambio de tono al recitar los sonetos compuestos por su hermano a los cristianos muertos en los combates de La Goleta y el fuerte. Son el remate perfecto para la narración bélica y un homenaje a tantos como allí cayeron que, sin duda, encogería el corazón de los españoles que leyeran el texto a principios del siglo XVII, dado que ambas acciones aun eran recordadas como hitos recientes de la historia nacional.
A partir de ellos, el cautivo pasa a contarnos su vida como prisionero de los turcos, primero en Constantinopla y luego en Argel. Y lo hace sin ahorrar la truculencia de las acciones más violentas de sus dueños: es un relato de crueldad y sangre que supondría una nueva conmoción para los lectores de la época, para los que era una realidad cotidiana y, sobre todo, una parte de su imaginario colectivo.
Es justo en ese momento -qué sabiduría la de Cervantes como narrador-, cuando nos habla de un tal Saavedra. Se introduce en tercera persona, a través del relato del cautivo, como ya había sucedido cuando el cura habló de sus libros al revisar la biblioteca de don Quijote.
La introducción de su propio nombre en el relato tiene varias funciones: en primer lugar, da veracidad histórica a lo relatado -lleno de referencias a batallas reales, personajes históricos, lugares concretos- desde lo autobiográfico, un inteligente juego de tira y afloja entre la memoria personal y la colectiva en la que se desliza, sin lugar a dudas, una crítica por el olvido de los que participaron en aquellos hechos desde la tropa y no desde el mando; en segundo lugar, reivindicar su propia biografía y recordar a todos parte de lo que fue y de lo que hizo; en tercer lugar, finalizar el relato de los aspectos más truculentos, cambiar el paso porque no puede ir más allá, dado que no es el objetivo de la novela construir una verdadera autobiografía y menos llenarla de motivos tan tremendos. La mención de su nombre es, pues, el final del relato de la vida de cautiverio y el segundo cambio de tono:
Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.
A partir de ahí, Cervantes desliza una historia que amenazaba con ser demasiado personal y truculenta -porque esa violencia era real- hacia el relato sentimental. Aparece, blandeando y sólo destinada al cautivo, una caña con un mensaje de una joven mora que pide ayuda a los cautivos cristianos para fugarse a tierras españolas y hacerse cristiana, religión que profesaba en secreto puesto que la aprendió de una criada cristiana que tuvo el amor por la Virgen María. La historia se dispara: la joven ha tenido apariciones, quiere fugarse en compañía de unos desconocidos sin pararse a pensar las consecuencias, estos se ponen en manos de un renegado...
El puño violento que había encogido el ánimo del lector contemporáneo, ahora va camino de despertarle todas las emociones: religiosidad, comportamientos caballerescos, aventura, belleza, sospechas de un amor incipiente. No se puede pedir más al relato, lo contiene todo.

Cautivo en Argel.

Cervantes conoce de primera mano muchas de las cosas que cuenta el cautivo en el Quijote. Tras licenciarse como soldado, y habiendo recopilado todos los informes que pudieran favorecerle para solicitar un buen destino en España a cambio de sus años de servicio, se embarca, junto a su hermano Rodrigo, en la galera El Sol, que es asaltada por el corsario Arnaut Mamí a la altura de Cadaqués, frente a las costas catalanas.
Es una burla del destino: los turcos que fueron derrotados en Lepanto, seguían recorriendo con impunidad todo el Mediterráneo, asaltando las poblaciones costeras de aquellos que les habían vencido, apresando sus barcos. Cervantes, cuando podía soñar con un futuro en el que hacer valer sus esfuerzos como hombre de armas, se ve cautivo y perjudicado por los mismos informes que demostraban su heroísmo: sin duda, elevaron la estima por él de sus dueños y aumentaron el precio del rescate.
Cinco años pasó en Argel Cervantes, tiempo que le marcaría inevitablemente. Tanto que lo llevó una y otra vez a su literatura: dos comedias, Los tratos de Argel y Los baños de Argel; una narración, el relato del cautivo en el Quijote y rastros acá y allá en otras producciones.
Curiosamente, mientras que para otros períodos de la vida de Cervantes no tenemos demasiada documentación, este podemos abordarlo gracias a que él mismo pidió la recopilación de información en dos memoriales, de 1578 y 1580 (hay que manejarlos con prudencia porque Cervantes recogería los testimonios favorables). También hay datos que proceden del esfuerzo de la familia por recaudar los fondos para rescatarle a él y a su hermano. Y a él también se le alude en una curiosa obra, la Topographía e historia general de Argel, que se publicó bajo el nombre de fray Diego de Haedo en 1612 y se ha atribuido con posterioridad a un amigo de Cervantes, Antonio de Sosa o incluso al propio Cervantes.
En todos los documentos se dice lo mismo: Cervantes tuvo un valiente comportamiento como cautivo, intentó escaparse en varias ocasiones sin conseguirlo, afrontó con decisión la difícil vida de los baños de Argel e, incluso, montaba obras de teatro para sus compañeros. En varios de esos textos se alude a que, a pesar de todo, no sufrió las mismas represalias que otros que intentaron escaparse. Aunque la literalidad de los testimonios parecen aludir a que su amo o bien no se atrevió con quien parecía todo un cabecilla de los prisioneros o bien se sintió atraído por la personalidad valiente de aquel hombre que, sin duda, debió demostrar, además, ser muy inteligente. Hay una hipótesis muy factible: Cervantes sirvió de contacto, junto al renegado Agi Morato (al que se literaturiza en el Quijote), en una negociación de paz con Felipe II y, como negociador era un hombre demasiado importante como para prescindir de él. En la vida de Cervantes hay algún otro pasaje de este tipo que permite suponer que en varias ocasiones de dedicó a negociaciones diplomáticas o, incluso, acciones de espionaje. No falta quien proponga que se estableció una relación sentimental entre ambos.
El caso es que Cervantes no pudo obtener la libertad hasta que los monjes trinitarios le rescataron el 19 de septiembre de 1580 por 500 ducados cuando, según la leyenda, estaba embarcado en la galera que le iba a llevar a Constantinopla. Su hermano había sido rescatado con anterioridad.

Capítulo XL


“Donde se prosigue la historia del cautivo”.
Pregunta; Localiza en este capítulo al propio autor; Miguel de Cervantes Saavedra.

Capítulo XXXIX

El cautivo comienza su relato, que continuará en el siguiente capítulo.
Su historia, relatada por él mismo a la manera de una de las autobiografías que ya corrían manuscritas e impresas en la época, es, como ya hemos dicho, una contestación literaria a la del Curioso impertinente: aquí se habla de hechos de verdad y no se juega a demostrar una tesis. Incluso lo podemos apreciar en el estilo, directo y sin filigranas.
Nos atrae esta historia, entrelazada de motivos folclóricos (el padre que reparte la herencia con sus tres hijos y los echa al mundo), literarios (historias de aventuras de soldados, novela bizantina con encuentros y desencuentros, literatura exótica y sentimental) y autobiográficos (muchas de las cosas que le pasan a este cautivo le ocurrieron al propio Cervantes).
Esta narración entreverada nos atrapa por todo ello, es diferente a lo que nos hemos encontrado en el Quijote hasta ahora -cosa ya muy difícil a estas alturas de la novela- y aporta una nota de frescura a tanto sentimentalismo de salón como habíamos apreciado en las historias intercaladas anteriores.
Desde la primera palabra que pronuncia el cautivo percibimos que algo ha cambiado: Cervantes ha descubierto, en su experimentación con todas las modalidades narrativas posibles en su momento, un género nuevo, reconocible en sus influencias pero sorprendente en su formato natural y terso. No podemos dejar de leerlo. Quizá por eso sea la última de las narraciones intercaladas propiamente dichas.
En cuanto el cautivo inicia su historia comprendemos la función del discurso sobre las armas y las letras que ha pronunciado don Quijote, que sitúa la materia y la conduce con la mezcla de autobiografismo y detallismo. En efecto, el cautivo es un soldado como los aludidos por don Quijote e hijo de soldado. El padre reparte la herencia en vida (para no gastársela y dejar a sus hijos sin nada, todo sea dicho) y empuja a sus hijos a tomar oficio: las armas al servicio del rey, el comercio en Indias y las letras o la Iglesia.
El cautivo lleva veintidós años fuera de sus tierras leonesas y ha recorrido la geografía europea del Imperio español: de Flandes a Italia para acabar participando, de forma heroica, en Lepanto. En ese momento del relato pronuncia unas palabras que nos ponen en la pista de lo que decíamos el sábado pasado sobre Cervantes como soldado:
más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron
En efecto, nuestro narrador cayó cautivo en un azar del combate y queda atado a la galera de su enemigo. Y en esa calidad recorre el Mediterráneo.
Como el relato no acaba aquí y la historia del cautivo se hará más compleja, conformémonos por ahora con señalar algunos aspectos de interés.
Por una parte, obsérvese que el padre empuja a sus hijos a salir de su tierra para hacer fortuna, aunque en tres direcciones diferentes. Cervantes alude a una realidad de los jóvenes españoles de aquellos tiempos, que tenían el mundo por delante para bien y para mal. Para bien porque todo lo que consiguieran lo harían por su propio esfuerzo en un Imperio cuyos límites no se adivinaban. Para mal porque, como sabemos, ese empuje hacia fuera para buscar fortuna y huir de la realidad local, tuvo unas graves consecuencias para la España de las décadas siguientes tanto en lo material como en lo mental. Ni el padre ni los hijos piensan en quedarse a cultivar las tierras, que son compradas por un tío para que la herencia no se aparte de la familia.
Por otra parte, el cautivo recorre, como soldado, una geografía muy real, en la que lo español tenía presencia como gran potencia del momento. La medida heroica de los soldados que componían los tercios españoles (un heroísmo compuesto casi a partes iguales por la entrega a la causa y comportamientos que hoy consideraríamos intolerables) y las promesas de gloria y enriquecimiento debieron ser un acicate constante para aquellos jóvenes.
Finalmente, el sabor amargo del cautiverio, que tanto conoció de cerca Cervantes y que parece prevalecer sobre lo anterior.

Procelosos caminos.

Cervantes estuvo ausente de España, según lo que conocemos, desde finales de 1569 hasta octubre de 1580: 11 años, contando los 5 que estuvo preso en Argel.
Las causas de su marcha no están claras: se supone que huyó de la justicia, por una providencia real que manda perseguir a un tal Miguel de Cervantes acusado de herir en duelo (los duelos estaban prohibidos) a un maestro de obras llamado Antonio Sigura. De ser este Cervantes nuestro autor, tendríamos una causa efectiva, primera, pero quizá no del suficiente peso como para justificar su salida de España. Otros, en su época, vulneraron la prohibición de batirse en duelo y, a pesar de la dureza de las condenas iniciales (en este caso, cortarle la mano derecha y destierro de diez años: qué burla del destino si fuera así, porque volvió con la mano izquierda inútil y tras 11 años) no salieron demasiado malparados por la corrupción de la justicia del momento y las muchas formas de burlarla, al menos no tanto como para justificar que dejen toda su vida y marchen a un incierto futuro.
Se han barajado varias explicaciones que, sumadas al delito (de ser éste cierto), puedan explicar su marcha de España. Según la leyenda popular, saldría huyendo de Madrid hacia Barcelona, desde donde pasaría a Italia (el refugio en la Corona de Aragón era frecuente entre los acusados de crímenes en la Corona de Castilla, porque ambas tenían legislaciones diferentes).
Algunas de estas explicaciones son propias de la sensibilidad romántica: Cervantes se batió por amor y por ese amor, ya imposible, se fue de España. Participar en los tercios, como más recientemente en la Legión, servía en la época para expiar un crimen y limpiar el nombre.
Otras profundizan en la casi segura adscripción de la familia de Cervantes al tronco de los judeoconversos. Al tener este origen familiar (que explicaría también su mirada realista al mundo y que se le negara el permiso para marchar a Indias cuando lo solicitó), Cervantes no podía arriesgarse a que se le encausara porque saldría a la luz que no era cristiano viejo, por lo que optó por la huida.
Hay otras que explican una inquietud que ya tendría aquel joven estudiante, con aptitudes más que demostradas para la escritura y una educación y mentalidad moderna, propia del que se ha formado en círculos humanísticos, en una España que comenzaba a cerrarse en torno a la ideología contrarreformista. Quizá el duelo sirviera de espoleta para marchar al mundo, a correr aventuras y vivirlo en primera persona.
Quizá ninguna de estas teorías sean ciertas. Quizá lo sean las tres, puesto que se complementan.
El caso es que tenemos en Italia a nuestro joven: primero, al servicio del cardenal Acquaviva (hay quien sostiene que entre ambos hubo una relación sentimental cuya ruptura provocó que Cervantes se enrolara en los tercios), luego como soldado. En la primera colocación conoció alguna de las ciudades más florecientes del momento: Roma, Palermo, Milán, Florencia, Venecia, Parma, Ferrara. Hay indicios de que en estos momentos leyó mucho a los grandes escritores italianos, participó en academias y debates: en definitiva, se empapó de cultura y aprendió que la novela (muy cultivada en Italia, especialmente la novela corta) podía ser un gran género literario manejado con sutileza.
Como soldado, en la compañía de Diego de Urbina y luego en el regimiento Lope de Figueroa, al mando de Manuel Ponce de León, no dejó de recorrer buena parte de la geografía italiana. En la vida de un soldado no todo era la guerra: el compañerismo y el viaje son parte sustancial y un joven como Cervantes debió aprovecharlo para aumentar su bagaje cultural. También participó en grandes batallas, alguna de las cuales nos ha narrado el cautivo como podía contarlas el mismo Cervantes: Lepanto (en donde tuvo un comportamiento heroico y perdió el uso de la mano izquierda por una herida), Navarino, Corfú, Bizerta, Túnez. Después estuvo en Sicilia, Génova, Lombardía, Nápoles. Sin duda, en los momentos de paz se relacionaría con los escritores y artistas de aquellos lugares, aprendería de ellos, se probaría como escritor. Algo de la vida de Cervantes esos años puede intuirse en los documentos que se han descubierto recientemente en Valladolid.
Démonos cuenta de estos hechos: un joven español, que prometía ser un gran letrado y con afición a escribir, acaba como soldado raso de los tercios, recorre las grandes ciudades italianas y participa en las batallas más importantes del momento. A Miguel de Cervantes le parecería estar en donde el mundo crecía y ensancharlo con sus pasos.

Capítulo XXXIX


“Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos”
Pregunta; Rasgos folklórico s ene la historia del cautivo. Un padre reparte su fortuna entre tres hijos. Loclízalo.

Capítulo XXXVIII

El famoso discurso sobre las armas y las letras que pronuncia don Quijote en la venta, ha sido interpretado de muy diferentes maneras.

En primer lugar, Cervantes nos lo da partido en dos capítulos: el 37, en el que se asiste a las consecuencias finales de la desvelación de identidades de todos los protagonistas de los amores cruzados y la aparición de dos personajes nuevos, el cautivo y la mora; y el 38, en el que se anuncia el inicio del relato de las aventuras de esta pareja.
Es decir, como es frecuente en el Quijote, tiene una posición de cruce, de paso de un sitio a otro. Es una pausa, incluso en la acción relatada: se sientan a comer. Es curioso cómo a don Quijote se le despierta la retórica ante la comida, como vimos ya cuando estaba con los cabreros. Sin embargo, no nos dejemos engañar: hemos visto, en otras ocasiones, cómo es, en estos momentos, cuando Cervantes nos introduce perlas narrativas ante las que tenemos que estar muy atentos.
Antes nos hemos hallado en una situación muy embrollada, un tejido largo de historias siempre apuntadas a medias hasta la resolución final. Hemos visto, también, el peso de los disfraces, de los juegos de ocultación, de todas estas historias: ocultación que se da, especialmente, recurriendo a imitar modelos literarios. De ahí la facilidad con la que participan todos en el engaño que se fabrica para don Quijote. Antes también hemos visto leer una novela, la del Curioso impertinente, cargada de referencias librescas, retórica y un punto conscientemente inverosímil (lo dice hasta el mismo cura al terminar de leerla) en el planteamiento del marido que se empeña en forzar la situación para comprobar la fidelidad de su mujer: es un juego retórico muy conocido en la literatura, por el que se da un ejemplo para explicar una tesis inicial. Ya sabemos que Cervantes siempre presenta matices interesantes, pero ahora no es el caso.
Después vendrá una historia que, desde el inicio, se plantea como opuesta estilísticamente a todo lo anterior. Recordemos las palabras del cautivo:
-Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, a quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado artificio suelen componerse.
Es aquí donde debemos explicar el discurso: de lo retórico y literario, del artificio basado exclusivamente en los modelos literarios (aunque se intente ser original en el tratamiento de los géneros) a un relato que se nos presenta sencillo y verdadero que, aunque tenga modelos literarios no se subordina a ninguno de ellos sino que se presenta como algo basado en la experiencia del propio Cervantes.
El género del debate viene desde la Edad Media y fue muy cultivado por la literatura y por la retórica en los discursos demostrativos que conducían hacia una verdad contraponiendo dos elementos para dar la razón a uno de ellos. Cervantes, por lo tanto, vuelve a tomar una modalidad de escritura consagrada para experimentar con ella. Porque eso es lo que hace el autor: partiendo de un esquema rigurosamente retórico de oposiciones continuas para ir desgranando las ventajas e inconvenientes de cultivar las armas o las letras, llega un punto en el que rebaja todo de literatura para hablar desde la experiencia del que conoce ambos mundos: cambia el género desde dentro. Recordemos que Cervantes iba para hombre de letras cuando lo deja todo y se hace soldado, para retornar después a las letras. Y de ambas situaciones conoce las zonas más oscuras, menos brillantes.
Le interesa, en el discurso, recordar las penurias de los soldados españoles esparcidos por el mundo: pero de los soldados rasos, de la gente que ha dado su vida al servicio de la Monarquía española. Con esos motivos y las alusiones veladas a sus propias circunstancias (la referencia a que un trozo de metal le puede apartar, de forma poco heroica, al hombre de armas de la gloria, como le ocurrió a él). En las palabras de Cervantes hay todo un homenaje a los componentes de los tercios españoles.
Ahora bien, estamos en el Quijote y Cervantes suele dar otra vuelta a los argumentos. Recordemos que todo el discurso tiene un marco en las propias palabras de don Quijote, un viejo extravagante que ha salido al mundo real con unos ideales librescos. Comienza su discurso aludiendo al juego de disfraces y a la relatividad de lo que se es y de lo que se parece:
Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuál de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castillo entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que nosotros somos quien somos?
Y lo termina recordando, de nuevo, su condición de caballero andante:
Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.
Es decir, Cervantes nos recuerda que esas palabras las dice alguien que hace ficción del mundo real, que se niega a aceptarlo y lo trasforma de acuerdo con unas propuestas que toma no de la realidad, sino de la literatura fantástica. Con lo que nos vuelve a someter a la duda, como a los que asisten al discurso. La locura o extravagancia de don Quijote puede afectar a sus palabras y trasformarlas: quizá quisiera Cervantes, al final de su vida, recordarnos el desengaño del soldado abandonado por todos y refugiado en las letras.

También autobiografía.

Tanto el discurso sobre las armas y las letras como la historia del cautiverio en Argel tienen precedentes literarios, pero Cervantes los supera al introducir el autobiografismo. Sabe de lo que habla al mencionar la dura vida del soldado y del prisionero por los piratas berberiscos puesto que lo vivió en sus propias carnes. Y esa experiencia, traducida en literatura, aleja ambos textos -el discurso y el relato- de sus precedentes.
Cervantes, en un pasaje de su vida no del todo aclarado, abandona sus estudios en España y, posteriormente, su trabajo entre papeles para enrolarse como soldado en los famosos Tercios españoles. Como tal, durante años, conoce la vida dura del soldado de la época, la holganza en los momentos más tranquilos y la violencia de la guerra -sufre heridas graves, tiene un comportamiento heroico-. Aquellos soldados españoles -o los mercenarios que para el Imperio trabajaban-, participan victoriosos en los escenarios principales de las luchas europeas. Durante décadas se convierten en el ejército mejor preparado, con mayor capacidad técnica. Son una herramienta perfecta para el mantenimiento de la presencia española en territorios cada vez más hostiles e implantar la política diseñada por la Corte de los monarcas españoles del XVI y del XVII. Estos reyes empujaron a la Corona española a un Imperio que queda muy bien en los libros de Historia pero contribuyó a desangrar España hasta el punto de que su máximo esplendor fue la base de su posterior decadencia.
Los jóvenes españoles tenían muchos motivos para alistarse en los Tercios: una combinación de sueños de gloria, sentimiento de orgullo colectivo en una empresa común del país, huir de la miseria económica y conseguir una pequeña fortuna -económica y personal- que les permitiera mejorar o lavar una mancha o un crimen en su pasado. No sabemos bien qué le llevó a Cervantes a apuntarse. Hay teorías que lo hacen un convencido contrarreformista, otras le hacen joven aventurero. Es muy posible que tuviera algo que ver su salida precipitada de España y la intención de saldar lo que la hubiera provocado. O quizá una mezcla de todo, casi seguro.
Cuando Cervantes pudo regresar a España tras su cautiverio, se encontró como muchos otros excombatientes de todos los tiempos. De aquellos jóvenes que volvían heridos, mutilados o simplemente envejecidos, pocos o nadie se ocupaban. Si no habían tenido suerte con sus pagas o con los botines de guerra, volvían con poco más que con sus hojas de servicio. Algunos consiguieron ejercerlas como cartas de recomendación, pero la mayoría no. Las calles de las ciudades españolas se llenaron de estos hombres que marcharon hacia la gloria y que dejaron su sangre y la de sus compañeros por media Europa.
El golpe que recibiera Cervantes debió ser brutal porque, además, él no pudo volver directamente para sacar provecho de su participación directa en algunas de las acciones más recordadas por la historia. Después de unos años, a pocos importó lo que decía aquel hombre y tuvo que intentar otros medios para ganarse la vida. Siempre se mostró orgulloso de su pasado militar, pero no dejó de manifestar en su obra lo poco que importaba aquello en esa España que, de tanto crecer, se había vaciado.

Capítulo XXXVIII


Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras"
Pregunta, ¿Cuál es la visión de Cervantes de la vida del soldado en el Imperio ?

sábado, 5 de febrero de 2011

Capítulo XXXVII

Ya nos tiene acostumbrados Cervantes a estos capítulos que son, aparentemente, de transición entre unos sucesos (el final de las historias de amor cruzadas) y otros (la historia del cautivo) y que, de pronto, se llenan de contenido, pero éste es especialmente rico en asuntos que recoge y comienza sin darnos ninguno en su totalidad: lo que despierta la curiosidad por seguir la lectura.
En primer lugar, se nos dan las reacciones ante el final de la historia de Fernando, Cardenio, Dorotea y Luscinda. Satisfechos todos, por diferentes razones, resalta la de Fernando, aliviado por poder terminar con bien el monumental enredo en el que le había situado su soberbia: donde se hallaba tan a pique de perder el crédito y el alma.
Da concierto a todo el cura y hasta los venteros ven satisfechas sus demandas económicas.
Todos contentos menos, claro está, Sancho, que ve perdida su recompensa y se dirige, airado, contra su amo, al que trata groseramente y del que vuelve a dudar. Don Quijote, que despierta de su sueño reparador -en el que había derrotado al gigante-, se arma completamente para comprobar lo que le dice Sancho sobre lo que ha sucedido mientras dormía y así se presenta ante todos después que le hayan visto medio desnudo.
Al preguntar a Dorotea sobre todo ello, lo hace con la retórica de las novelas de caballerías y ella, que vuelve a encontrar, con el permiso de todos, la facilidad para fingir, miente con la verdad. Si repasamos sus palabras, en ningún momento afirma ser quien no es, pero lo hace de tal manera y con una retórica tan sutil, que deja satisfecho a don Quijote. Engañado más por lo que quiere oír que por lo que oye, éste, arremete contra su criado, insultándolo pero, esta vez, sin pasar a mayores.
El lector puede pensar que, finalmente, se recuperará la línea argumental primera, la de las aventuras de Don Quijote. Sin embargo, Cervantes, vuelve a introducir el inicio de una historia intercalada que dejará suspendida. Aparecen por la puerta de la venta, un cautivo y una mora que pronto, por lo extraño de su vestimenta y de su comportamiento, llaman la atención de todos. Las mujeres se solidarizan con ella y le ofrecen compartir su aposento. Cuando ven el rostro de la bella Zoraida, el narrador no deja de señalar cierta rivalidad entre las tres mujeres: una competición de belleza femenina que nos recuerda que, aunque estamos en una venta en medio de una novela verosímilmente realista, allí se engarzan relatos que proceden de un mundo idealizado. El que ahora comienza pertenece a la literatura morisca, muy cultivada en España desde el siglo XV. Algunos datos nos da el cautivo sobre quiénes son y, especialmente, que Zoraida es mora natural pero cristiana de voluntad (este personaje alude a una leyenda muy extendida en España desde la Edad Media sobre musulmanas que son cristianas en secreto, con algunos casos reales que sirven para darle carta de naturaleza).
La crítica ha señalado, con acierto, el trabajo intertextual de Cervantes con una comedia suya, Los baños de Argel. Tanto en esta obra de teatro como en la narración del cautivo se contienen elementos autobiográficos de Cervantes, a partir de su experiencia como cautivo de los piratas berberiscos hasta su rescate. Volveremos sobre esto.
Todos los lectores saben que esta aparición, aunque se suspenda el relato, anuncia una historia que, antes o después, reaparecerá. Pero Cervantes ya maneja con sabiduría la intensidad de narración y quiere despertar nuestra curiosidad.
Para ello, rompe el relato intercalado con un discurso de Don Quijote, el de las armas y las letras, paralelo en función (prólogo de un acontecimiento posterior y parodia de una forma de discurso retórico al uso en la época) e intención (remansa la acción y sirve para dividir dos acontecimientos que, de no hacerse así, estarían demasiado cercanos) al de la Edad de oro que pronunciara ante los cabreros. Sin embargo, hay un hecho especial a reseñar: en este caso, la mayoría de los que le escuchan pueden entender sus argumentos y apreciarlos como cabe. Esto eleva el rango moral del orador y, además, hace dudar a los allí presentes sobre la locura de un personaje que consigue razonar con tanto tino. Pero para el lector moderno esto no sucede: no puede apreciar lo que le aparta del relato del cautivo, que promete ser interesante.
Tendremos pues, el broche de una historia pero no como en otras ocasiones, puesto que aquí los personajes se quedan en la venta y participarán en buena parte de los capítulos que siguen; la reaparición de Don Quijote; el anuncio de un relato intercalado, el del cautivo; y el inicio de un discurso, el de las armas y las letras.

La novela morisca.

Desde los primeros testimonios de la literatura morisca -la literatura que narraba las circunstancias de la guerra entre los reinos cristianos y árabes de la Península Ibérica-, especialmente a finales del siglo XV con el romancero, uno de los motivos más novelescos y de mayor éxito era el de las mujeres que, en tierra musulmana, profesaban la religión cristiana.
Estas, en esa literatura, eran cautivas -mujeres que, por una expedición militar u otras circunstancias terminaban en territorio musulmán- o hijas de cautivas. Estas mujeres se veían forzadas, según la leyenda, a profesar el islam pero, en secreto, eran cristianas. También hay casos de hijas de musulmanes que sentían el cristianismo por algún contacto con otras mujeres cristianas, como las esclavas. Un tercer sector procede de mujeres o hijas de renegados -cristianos que renegaban de su religión para hacerse musulmanes.
Sabemos de casos en los que esto sucedió, pero no siempre todos los datos aportados en los testimonios son fiables porque hay cierta tendencia a lo novelesco que los desvirtúan. Sí constan, con más certeza documental, casos de mujeres que, por varias razones, terminan casándose con notables musulmanes de la época y que no tienen ningún problema en cambiar de religión.
Cuando la guerra ya no se dio en territorio peninsular, la leyenda de la mora cristiana pasó a hacerse aún más exótica y, por lo tanto, más atractiva.
Independientemente de la realidad -en las guerras fronterizas pueden ocurrir estas cosas con frecuencia-, nos interesa el contenido legendario que contiene: su fuerza para el imaginario colectivo. Por eso la literatura lo usó tanto.
Es curioso cómo los textos literarios se centraron, especialmente, en el mundo de las mujeres que terminaban casándose con reyes o grandes personajes musulmanes o en sus hijas. La situación de las mujeres del pueblo, más frecuente, era menos hermosa, por supuesto y, por lo tanto, no tan novelable en una literatura idealizadora como ésta.
En primer lugar, es innegable, hay un efecto de propaganda de los reinos cristianos en tiempos en los que se ha formulado dicha guerra peninsular como Reconquista, Cruzada religiosa por lo tanto. Por una parte, mostraba un modelo de comportamiento a seguir para un hecho muy frecuente: las mujeres que eran raptadas en la guerra o, posteriormente, por los piratas berberiscos (ambas cosas se dieron con frecuencia).
Sin duda alguna, los cristianos del momento veían un estímulo noble en la guerra para liberar a estas mujeres. La guerra, todos los sabemos, hay que vestirla de estas cosas para que nos parezca justa.
Por otra parte, es innegable que en la literatura, especialmente la narrativa morisca del XVI, hay un uso del lujo y la sensualidad oriental en esta leyenda: los vestidos, el harén, el refinamiento. Tendríamos reunidos, por lo tanto, todos los ingredientes para un éxito popular -que aun hoy funciona-: la guerra, con comportamientos heroicos; un ambiente de lujo y erotismo; la religión como conflicto en un momento en el que todo se explicaba por ella; la caballerosidad de los que acuden al rescate de estas cristianas secretas.
Cervantes, como veremos, resume en la historia del cautivo que nos ha comenzado esta semana, todos estos ingredientes de la literatura morisca. Y, además, les añade un toque personal a partir de su experiencia en Argel. Sabe que gustará la historia porque tiene todos los componentes necesarios del éxito.

Capítulo XXXVII


“Que prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras”


Pregunta ¿Cúal es el tema de la oratoria de Don Quijote en este capítulo?

Capítulo XXXVI

Para cerrar las historias cruzadas de amores entre Fernando, Cardenio, Luscinda y Dorotea, Cervantes opta por lo teatral: de ahí, entre otras cosas, la velocidad con la que se cumple todo y que la resolución se dé, fundamentalmente, a través del diálogo.
El teatro era el género popular por excelencia en la época y Cervantes siempre tuvo en la mente cómo, después de sus éxitos en los escenarios, se vio apartado de ellos por la irrupción de Lope de Vega y las nuevas tendencias.
En gran medida, una de las características que hacen de esta novela una obra válida en todo momento es su teatralidad: se nos describen las acciones casi como acotaciones, los personajes tienen actitudes actorales y, en fin, lo teatral empapa gran número de reflexiones y aventuras.
Esto es lo que hace ahora, en la venta.
En primer lugar, elige un lugar de paso en el que verosímilmente pueda darse el azar del encuentro. Lo prepara con la descripción que hace el ventero de la extraña comitiva que se introduce en la escena y el comportamiento de los recién llegados, lleno de misterio. Pronto, sin embargo, la voz y el descubrimiento de los rostros da paso a la anagnórisis teatral: todos se reconocen (hay ciertos errores en el relato que se deben a falta de pulido final por parte de Cervantes, pero la rapidez de los acontecimientos los disimulan).
Tras el reconocimiento, todos los movimientos se dan como los podría disponer un buen director de escena: desmayos, solidaridad femenina, gestos dramáticos de súplica, acciones apuntadas que caracterizan a cada uno de los participantes en ellas... y las lágrimas, que siempre ayudan. El drama deviene en comedia sentimental de final feliz.
Pero para que se dé este final feliz se tiene que modificar la arrogancia de Fernando, uno de los personajes más antipáticos de la Primera parte. Ya sabemos de él: heredero de un gran título, noble soberbio y caprichoso, enamoradizo y falso en sus promesas. Ha sido capaz de traicionar a su amigo -he aquí ya una de las razones del Curioso impertinente para los que no hayáis comprendido aun su inserción anterior: en ella, el enamoramiento que traiciona la amistad es verdadero, profundo e inevitable y conduce a los tres protagonistas a una muerte porque saben que se han traicionado los unos a los otros, no como aquí-, de traicionarle de la peor manera posible, robándole a su prometida sin importarle ser correspondido; ha traicionado también la palabra dada a Dorotea, mujer abandonada y burlada; ha robado a Luscinda del monasterio con total alevosía, consciente de la impunidad que le da su estatus.
Fernando es el centro de todas las acciones de este capítulo: Luscinda le ruega la libertad para marchar con su verdadero esposo; Dorotea le recuerda la palabra dada; Cardenio está atento a sus gestos por si tiene que defenderse; todos acuden a rogarle que cumpla con lo que es debido.
La transición de Fernando es notablemente rápida: deja su inicial arrogancia -llega a tocar el pomo de su espada- y su orgullo de hombre acostumbrado a hacer siempre su voluntad y cede ante todas las peticiones para, incluso, estar próximo a las lágrimas.
Cervantes nos ha dejado a nosotros, la decisión sobre lo que hemos visto en esta escena y el comportamiento de cada uno de los personajes y su sinceridad. Como buen dramaturgo, nos da las pistas de los gestos para que seamos nosotros los que valoremos. Porque esta transición de Fernando es no sólo rápida, sino increíble.
Fernando transige porque no puede hacer otra cosa, porque hasta un cura le recuerda que debe actuar como noble y cristiano. Si hubiera pasado por encima de esta petición, hubiera provocado una tragedia, pero no puede: está en una venta, en medio de la realidad de la Mancha y aunque pertenece a la alta nobleza tampoco vive en la impunidad. O quizá sí podría hacerlo, pero Cervantes quiere que no pueda porque no desea llevar la obra por esos derroteros: le ha bastado con marcar críticamente el carácter del heredero de un gran título y luego ha girado hacia el final feliz. Fernando que, en realidad no está enamorado más que de sí mismo, acepta a Dorotea como sucedía en las comedias de enredo cuando en pocos versos se casaba a unos con otros y esboza una sonrisa.
Mientras tanto, todos los presentes han llorado de emoción, como corresponde al género parodiado de la novela sentimental.

De desorden y títulos.

El título DE ESTE CAPÍTULO no coincide con el contenido, hace referencia a lo sucedido en el capítuloanterior.
Es divertido todo lo que se ha escrito sobre los títulos de los capítulos del Quijote: desde insistir en la pereza y descuido cervantino hasta imaginarlo con una capacidad irónica que le lleva al juego hasta con los epígrafes.
El cambio de lugar de varios pasajes, que ya hemos analizado, debió alterar también los títulos que, al no ser corregidos, quedaban sin articulación con el texto. Cervantes se sintió satisfecho de ese resultado puesto que trasmitía al receptor sensaciones que le eran útiles para la intención de la obra.

Capítulo XXXVI


“Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron”.


Pregunta; Compara las diferencias entre el comportamiento del protagonista de El curioso impertinente y Fernando.egunta