De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 6 de febrero de 2011

Capítulo XL

Continúa el relato del cautivo. En un capítulo anterior, se nos había despertado la curiosidad por el cautivo y la mora que lo acompañaba: intuíamos que, detrás de los rasgos aventureros de él y la hermosura de ella, había una buena historia que se concreta en cuanto el cautivo inicia su relato en otro capítulo. Lo que entonces había comenzado como un cuento folklórico -cuya estructura seguirá presente en todo el relato- y se había transformado en una relación de batallas verdaderas y no fantásticas, contadas desde la perspectiva de un testigo presencial -que haría las delicias del lector de la época-, gira ahora hacia una narración que se dirige la emoción sentimental del receptor.
Cervantes gradúa con sabiduría todos los elementos que pone en juego y los momentos en los que la narración cambia el tono. En general, para ir de lo real a lo fingido y legendario. Este matiz se acentúa, además, con el sentido autobiográfico e histórico de los materiales que componen la primera parte de la historia, que van adelgazándose según avanza para caer en lo novelesco- sentimental.
El hermano del compañero del cautivo, don Pedro de Aguilar, caballero del séquito de don Fernando, produce el primer cambio de tono al recitar los sonetos compuestos por su hermano a los cristianos muertos en los combates de La Goleta y el fuerte. Son el remate perfecto para la narración bélica y un homenaje a tantos como allí cayeron que, sin duda, encogería el corazón de los españoles que leyeran el texto a principios del siglo XVII, dado que ambas acciones aun eran recordadas como hitos recientes de la historia nacional.
A partir de ellos, el cautivo pasa a contarnos su vida como prisionero de los turcos, primero en Constantinopla y luego en Argel. Y lo hace sin ahorrar la truculencia de las acciones más violentas de sus dueños: es un relato de crueldad y sangre que supondría una nueva conmoción para los lectores de la época, para los que era una realidad cotidiana y, sobre todo, una parte de su imaginario colectivo.
Es justo en ese momento -qué sabiduría la de Cervantes como narrador-, cuando nos habla de un tal Saavedra. Se introduce en tercera persona, a través del relato del cautivo, como ya había sucedido cuando el cura habló de sus libros al revisar la biblioteca de don Quijote.
La introducción de su propio nombre en el relato tiene varias funciones: en primer lugar, da veracidad histórica a lo relatado -lleno de referencias a batallas reales, personajes históricos, lugares concretos- desde lo autobiográfico, un inteligente juego de tira y afloja entre la memoria personal y la colectiva en la que se desliza, sin lugar a dudas, una crítica por el olvido de los que participaron en aquellos hechos desde la tropa y no desde el mando; en segundo lugar, reivindicar su propia biografía y recordar a todos parte de lo que fue y de lo que hizo; en tercer lugar, finalizar el relato de los aspectos más truculentos, cambiar el paso porque no puede ir más allá, dado que no es el objetivo de la novela construir una verdadera autobiografía y menos llenarla de motivos tan tremendos. La mención de su nombre es, pues, el final del relato de la vida de cautiverio y el segundo cambio de tono:
Sólo libró bien con él un soldado español, llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y, por la menor cosa de muchas que hizo, temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia.
A partir de ahí, Cervantes desliza una historia que amenazaba con ser demasiado personal y truculenta -porque esa violencia era real- hacia el relato sentimental. Aparece, blandeando y sólo destinada al cautivo, una caña con un mensaje de una joven mora que pide ayuda a los cautivos cristianos para fugarse a tierras españolas y hacerse cristiana, religión que profesaba en secreto puesto que la aprendió de una criada cristiana que tuvo el amor por la Virgen María. La historia se dispara: la joven ha tenido apariciones, quiere fugarse en compañía de unos desconocidos sin pararse a pensar las consecuencias, estos se ponen en manos de un renegado...
El puño violento que había encogido el ánimo del lector contemporáneo, ahora va camino de despertarle todas las emociones: religiosidad, comportamientos caballerescos, aventura, belleza, sospechas de un amor incipiente. No se puede pedir más al relato, lo contiene todo.

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