De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



martes, 8 de febrero de 2011

Capítulo XLII

Este capítulo se destina a cerrar la historia del cautivo, engarzándola con la realidad múltiple de la venta y proponiendo una nueva situación en sus últimas líneas, para animar a la lectura del siguiente, como es habitual en el Quijote.
Como había sucedido tras la novela del Curioso impertinente, se hace expresa crítica sobre la historia del cautivo, con las claves cervantinas sobre cómo debe ser una novela breve de este tipo:
-Por cierto, señor capitán, el modo con que habéis contado este estraño suceso ha sido tal, que iguala a la novedad y estrañeza del mesmo caso. Todo es peregrino y raro, y lleno de accidentes que maravillan y suspenden a quien los oye; y es de tal manera el gusto que hemos recebido en escuchalle, que, aunque nos hallara el día de mañana entretenidos en el mesmo cuento, holgáramos que de nuevo se comenzara.
Obsérvese que hay un error que delata el trabajo continuo con la estructura del Quijote y denuncia la falta de lima suficiente en una última lectura sosegada que jamás pudo realizar Cervantes, de lo que ya hemos hablado.
El error, menos evidente que otros si nos ha ganado la trama, consiste en que la noche cae dos veces y por segunda vez se cena.
Anochecer y cenar ya había sucedido en el capítulo 37, como aquí. Sin duda, el error se debió a la introducción del discurso sobre las armas y las letras como prólogo de la aventura del cautivo -lo que nos recuerda que este marco explica lo que le pasa al valiente soldado y sus hermanos-. Cervantes consideró que dicho discurso debía darse durante la cena -por comodidad de los oyentes y por paralelismo con el discurso sobre la edad de oro- y se le olvidó rectificar el texto del presente capítulo, con lo que, a la llegada del oidor y de su hija, se vuelve a cenar.
Si la primera cena servía de prólogo a la historia del cautivo, la segunda será su epílogo.
En efecto, desde la llegada del oidor -acompañado de una joven tan hermosa como las allí presentes, su hija Clara-, don Quijote alude de nuevo al debate sobre armas y letras:
-Seguramente puede vuestra merced entrar y espaciarse en este castillo, que, aunque es estrecho y mal acomodado, no hay estrecheza ni incomodidad en el mundo que no dé lugar a las armas y a las letras, y más si las armas y letras traen por guía y adalid a la fermosura, como la traen las letras de vuestra merced en esta fermosa doncella, a quien deben no sólo abrirse y manifestarse los castillos, sino apartarse los riscos, y devidirse y abajarse las montañas, para dalle acogida. Entre vuestra merced, digo, en este paraíso, que aquí hallará estrellas y soles que acompañen el cielo que vuestra merced trae consigo; aquí hallará las armas en su punto y la hermosura en su estremo.
No se queda ahí la continuidad del debate. Una vez que el cautivo identifica al oidor como su hermano -el segundo de los tres que salieron de la montaña leonesa-, se avergüenza de su estado y pobreza, frente al éxito social y la opulencia que manifiesta el recién llegado. En la conversación posterior, sabremos que el tercer hermano marchó a América y se ha hecho rico. Dos carreras de éxito, sin duda.
Observemos el giro: el protagonista de la novela que nos ha emocionado por su valentía, decisión y anécdota sentimental, no se atreve a manifestarse ante su hermano, se esconde de él por temor a no ser aceptado, y delega este hecho en el cura -de nuevo como zurcidor de historias-. Es decir, el que de los tres se había dedicado a las armas (que tanto había elogiado don Quijote en su discurso y cuya vida aventurera nos había emocionado), queda rebajado socialmente ante sus hermanos, que se han hecho ricos por el camino de las letras.
Qué gran ironía cervantina, cuánto puede haber de denuncia y de decepción ante la España del momento al verse reflejado en aquel capitán cautivo: el que ha entregado su vida y su libertad al Imperio vuelve sin nada. Los que escogieron otros caminos, menos arriesgados, han tenido un enorme éxito.
Por supuesto, para la finalidad de la novela, debe amortiguarse este motivo y el oidor alaba a su hermano y su oficio y lo acoge con gran alegría y orgullo una vez producida la anagnórisis. Pero los lectores no podemos dejar de ver a Cervantes recordando a la sociedad española el olvido en el que caen los componentes de los Tercios.

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