De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



martes, 8 de febrero de 2011

Capítulo XLIII

Continúa lo anunciado al final del capítulo anterior: el mozo de mulas que tan bien canta es, en realidad, el hijo de un caballero aragonés enamorado de Clara, la hija del oidor, y que, al enterarse de su marcha, la ha seguido así disfrazado. La hermosa quinceañera lo confiesa a la inteligente y seductora Dorotea, que le promete -y ya la conocemos- solucionar el enredo con bien.
Esta historia, cuyo desenlace queda aplazado, es una nueva propuesta de tratamiento literario del amor, como ya hemos visto que es gran parte de la novela. Por otro lado, es una de las historias intercaladas mejor traídas y con más naturalidad desarrolladas y solucionadas dentro del conjunto de la Primera parte del Quijote. Nos sitúa ante el amor adolescente: ambos protagonistas lo son, ambos dependen de sus padres y ambos, como tales, son incapaces de buscar una solución adecuada a la expresión amorosa, así que su historia, hasta el momento, es la de una relación de ventanas, lienzos y celosías, puesto que ninguno de los dos está lo suficientemente experimentado en las artes amatorias.
Son significativas algunas de las cosas que dice Clara: ella está, como era práctica habitual en las mujeres de clase alta de la época, prácticamente encerrada en los muros de su casa, así que no puede saber dónde pudo verla el joven estudiante. Pero bastó que él hiciera algunos gestos en la ventana para que ella se enamorara, levantara lienzo y celosía y se mostrara a cara descubierta: lo que demuestra que no es el encierro la mejor opción para curar la adolescencia. Ni el estudiante ni Clara saben cómo solucionar su problema.
Observemos que, poco antes, en la historia del cautivo, se había indicado prácticamente lo mismo para Zoraida, también asomada a la ventana pero más decidida puesto que le guían las apariciones de la Virgen, así que Cervantes nos presenta de forma literaria las dificultades para establecer una relación entre jóvenes en aquella época: cruce de literatura y vida, por supuesto.
Cervantes, como es habitual en el libro, corta el relato y nos devuelve a don Quijote, que vela, armado y montado en Rocinante, la venta que imagina castillo mientras se acuerda de su Dulcinea a la manera caballeresca.
Frente a la inocencia de Clara, nos sitúa ahora ante dos frescas jóvenes semidoncellas (la una por virgen que actúa como criada y la otra por criada que bromea como doncella), la hija del ventero y la inestimable Maritornes, que ya han dado muestras de no andarse con tanto remilgo. Desde un agujero, hablan con don Quijote, que se imagina de nuevo solicitado por la joven y Maritornes le pide, en un descenso brutal desde la ingenuidad del relato de Clara y lo idílico del monólogo del hidalgo, a la alusión sexual explícita:
-Sola una de vuestras hermosas manos -dijo Maritornes-, por poder deshogar con ella el gran deseo que a este agujero la ha traído, tan a peligro de su honor que si su señor padre la hubiera sentido, la menor tajada della fuera la oreja.
No se hace mucho de rogar don Quijote a pesar de tanta memoria de Dulcinea y ya sabemos cómo termina, embromado por las dos mujeres: amarrado el brazo y colgando a unos centímetros del suelo sin poder pisarlo, imaginándose encantado y manteniendo una conversación absurda con unos viajeros que llegan a la venta y terminan de despertar a quien no lo estuviera ya.

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