De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



martes, 8 de febrero de 2011

Capítulo XLIV

Este capítulo es de una gran habilidad técnica. El cosido narrativo es de tanta altura que, aunque no pase nada, pasa todo. En él vemos:
- a don Quijote dando con su cuerpo en el suelo tras ser desamarrado por Maritornes, montando en Rocinante y dispuesto a defenderse de toda risa provocada por la situación en la que le había puesto su imprudencia al introducir la mano donde no debía;
- a los recién llegados, asesorados por el ventero, no haciéndole el menor caso -lo que le deja más afrentado y sirve a Cervantes tanto para calificar la realidad del hidalgo como para retomar la historia del mozo de mulas y la bella Clara- y buscando al joven cantor, identificado finalmente como don Luis, el vecino del oidor;
- la refriega entre dos huéspedes que se marchan sin pagar y el ventero que guarda celosamente su hacienda, en la que don Quijote demora su participación para renunciar finalmente, dado que los contendientes no son caballeros, con lo que confiesa ver en el ventero un ventero y no el dueño de un castillo -esta locura de ida y vuelta del hidalgo le preserva ahora de unos cuantos golpes-;
- la confesión de don Luis (que reclama su libertad personal y sentimental) ante el oidor de que está enamorado de su hija y la prudente pausa que se toma éste antes de tomar cualquier decisión;
- la entrada del barbero, asaltado capítulos atrás por nuestros protagonistas, que reclama su albarda y su bacía y la disputa física y verbal que sigue.
Se ha acelerado notablemente el ritmo. Cervantes continúa los hilos de diferentes tramas -los amores de don Luis y Clara, la aventura del barbero- ante una nutrida concurrencia compuesta por todos los que se han ido juntando en la venta y las mezcla a conveniencia, troceándolas y sumando la situación de los huéspedes que se marchan sin pagar. Pero no da final a ninguna de ellas: todo se deja para las próximas páginas, con lo que el lector se siente de nuevo impulsado a seguir.
Pero hay otras cuestiones en las que debemos detenernos un momento. Por un lado, las alternancias en el trato que se depara a don Quijote: es ignorado por loco (Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote, pero el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era don Quijote, y que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio) pero, cuando no hay más remedio, se echa mano de él para que ayude al ventero.
Por otro, el hidalgo reclama su posición central en la trama al ver la discusión entre su escudero y el barbero por las albardas. Para dirimir el asunto y demostrar la presencia de encantamientos en todo lo suyo, en tono de juicio épico, se juega su baza de credibilidad y manda sacar la bacía robada para demostrar que es el yelmo de Mambrino. Este gesto, aparte de su confusión mental o su proyección del juego literario en el que se ha introducido, le confiere cierta grandeza y le permite retomar el mando de todo lo que allí está pasando. Todo lo que hemos leído y todo lo que sigue se ve afectado por este gesto:
-Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta es bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni quitado cosa alguna.
Sancho, que ha enorgullecido a su amo por la defensa brava de las albardas, interesado en el asunto, crea una palabra que es la llave de interpretación de todo el libro. Una palabra que explica lo que los cervantistas han llamado realidad problemática:
-En eso no hay duda -dijo a esta sazón Sancho-, porque desde que mi señor le ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.
Es significativo que la palabra sea inventada por Sancho: por una parte, le funciona el interés en el asunto -si la bacía es bacía, la alforja alforja y ha de devolverla-, por otra su perspectiva ante el lenguaje y, finalmente, la trasformación de su carácter ya pronunciada, ganado por la aventura de su amo. El concepto de baciyelmo explica todo la aventura de don Quijote. Las cosas no existen en sí, sino que son según la perspectiva con la que las enfrentemos: unas veces bacía, otras yelmo. Cada personaje debe posicionarse ante ellas.

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