De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



miércoles, 9 de febrero de 2011

Capítulo XLV

Teníamos pendiente un juicio para decidir si la bacía era yelmo y la albarda jaez: la construcción del baciyelmo que hizo Sancho Panza al final del capítulo anterior, nos adelantaba el perspectivismo con el que se enfocaría la cuestión en éste. Estábamos preparados para abordar la cuestión desde un doble ángulo: en primer lugar, la filosófica -los sentidos son poco fiables y la realidad, por lo tanto, se nos presenta no como es sino como la afrontamos desde nuestra perspectiva-; en segundo, la narratológica, puesto que Cervantes nos ha construido el relato de don Quijote desde su visión literaria e imaginada del mundo, enfrentada a la del mundo real del resto de los personajes, cada una con su verdad, multiplicada por las otras de las diferentes historias intercaladas.
Y esto se nos da: aquellos que conocen a don Quijote de entre la multitud de personajes que se encuentran en la venta, ganados por su ficción y con un ánimo declaradamente festivo (es decir, jugando a vivir el cuento literario del viejo hidalgo), deciden que la bacía es yelmo y no bacía en una parodia de juicio en la que hay declaración de peritos -el barbero amigo de don Quijote informa contra el barbero acusador-, declaración de las partes y decisión por votación entre los jueces. No nos importa tanto que quieran apoyar la locura del conocido y disfruten con la desesperación del barbero robado como el hecho de que gente tan diversa sea capaz de negar el sentido común y que, para ello, inviertan de forma tan declarada la institución judicial, puesto que don Fernando deja de contar cuando debería comenzar a sumar los votos de los menos partidarios a don Quijote, con lo que manifiestamente se conforma con los jueces parciales.
Un criado de don Luis y unos recién llegados a la venta, cuadrilleros de la Santa Hermandad, que no están implicados en la historia, actúan según lo que se espera de ellos: denuncian la burla de la justicia que allí se está cometiendo, provocando una pelea divertida y general que es detenida por el que menos podríamos esperar. En efecto, es el loco, don Quijote, quien pide calma a todos al recordar el campo de Agramante, pero para designar como jueces a gente afín, con lo que:
Finalmente, el rumor se apaciguó por entonces, la albarda se quedó por jaez hasta el día del juicio, y la bacía por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote.
Tras la pausa necesaria para marcar la transición, aprovechada por el oidor para tomar consejo de cómo resolver su problema con don Luis y su hija Clara, un cuadrillero vuelve a reclamar la justicia cotidiana, realista y concreta, la que se ata a las normas sociales del momento. Ha reconocido a don Quijote como aquel que es reclamado por haber liberado a los galeotes y exhibe el mandamiento que lo prueba. Se provoca una nueva pelea, que termina, en esta ocasión, don Fernando, como corresponde por su posición social.
Don Quijote, riéndose de los términos del bando en el que se le declara perseguido por la justicia, reacciona en una vibrante alocución, en la que denuncia la corrupción de la misma justicia que le busca y su brazo ejecutor (Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de caminos con licencia de la Santa Hermandad) y se pone por encima de ella por su alta misión como caballero andante.
Observemos, desde fuera, lo que ha ocurrido, porque se nos ha dado algo más de lo que esperábamos: en ambos casos -el baciyelmo y el motivo de persecución de don Quijote- se ha graduado no sólo el perspectivismo literario o el filosófico, sino una revisión irónica de la justicia por la que la bacía queda convertida en yelmo sin posibilidad de réplica, los cuadrilleros en cuadrilla de ladrones y el loco por encima de cualquier mandato de la autoridad. Un doble salto mortal por parte de Cervantes, que nos lo da, además, en medio de un barullo, para que no se note tanto. Veremos que esta denuncia del desorden de la justicia se confirma más adelante.
En el capítulo, además, se cierra la historia del barbero asaltado en el camino y la de los galeotes -que habían puesto a don Quijote fuera de la ley y podrían perjudicar el final de la novela si no se cerraran oportunamente- y se reconduce hacia el final feliz la de don Luis y doña Clara.
Y todo ello en uno de los capítulos más difíciles técnicamente de resolver, puesto que Cervantes debe mover un número de personajes considerable sin que se perciba nada de forzado.

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