De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



miércoles, 9 de febrero de 2011

Capítulo XLVI

Este capítulo supone el definitivo cierre de las historias entrecruzadas que se han venido sucediendo desde que don Quijote asaltara al barbero en el camino y la recuperación del plan trazado por el cura y el barbero vecinos del protagonista para devolverlo a casa.
Para ello, Cervantes dispone la materia en dos partes.
En la primera, el narrador nos explica las verdaderas razones por las que don Quijote se salva de la persecución de la justicia. El cura convence a los cuadrilleros que de que sería inútil prenderlo porque, por su locura, le dejarían libre al no ser responsable de sus actos. También se llega a un acuerdo satisfactorio con el barbero asaltado devolviéndole las albardas, aunque no las cinchas y jáquimas, que quedan en poder de Sancho, y abonándole ocho reales por la bacía. Por último, don Fernando se encarga de pagar lo que se debe en la venta.
Vemos aquí a Cervantes rebajando bruscamente a realidad la parodia de juicio del capítulo anterior y la defensa del caballero andante como alguien ajeno a la justicia humana que hizo don Quijote. La ironía cervantina le lleva a reflejar, como dice la sabiduría popular, que vale más un buen acuerdo que cualquier pleito y más si hay quien lo pague.
Todo se hace a espaldas de don Quijote, que así no ve mermado su sueño caballeresco, pero a la vista clara del lector, al que no se escatima ni un detalle.
La segunda parte del material de este capítulo nos conduce, de nuevo, a la trama principal, que se había abandonado en estos dos días de estancia en la venta.
En un feliz tratamiento del tiempo narrativo, Cervantes ha dedicado mucho espacio a estos dos días, pero debe llegar rápido a la solución o se perderá en un sinsentido, con la conciencia de que las historias intercaladas se han agotado. De hecho, es muy posible que la experiencia de lo que ha sucedido en la venta no sólo sirva para escarmiento de las costillas manteadas de Sancho, sino también al mismo autor: quizá el aprendizaje de estos hilos cruzados le sirviera como reflexión en la segunda parte a la hora de cambiar el formato de introducción de las historias intercaladas y la interrupción de la línea central, como veremos.
Como transición, Cervantes usa a Sancho de nuevo para la confrontación de la visión de su amo. Cuando don Quijote se dispone a continuar la aventura de la princesa Micomicona, el escudero pone todo en duda porque ha visto a Dorotea hociqueándose con don Fernando. La expresión grosera, el contraste tan brusco con el diálogo entre don Quijote y Dorotea, repleto de referencias caballerescas y tono literario, conducen a lo esperado: la ira de don Quijote. Es un recurso ya usado por Cervantes antes, como sabemos.
Reconciliados amo y escudero al explicar los hechos Dorotea a la manera de don Quijote -todo es producto de un encantamiento-, la venta se sosiega lo suficiente para que se trame la forma de devolver a don Quijote a su aldea.
Para ello, se fabrica una jaula de madera, similar a la que servía para encerrar a los locos violentos, se disfrazan todos -menos Sancho- de tal manera que a don Quijote le parecen fantasmas y el barbero pronuncia una profecía paródica en la que se anuncia al caballero que está encantado hasta que pueda yacer con la blanca paloma tobosina -Dulcinea- y tener hijos. Don Quijote asume el encantamiento porque, aunque realizado de forma tosca e improvisada, recuerda pasajes similares de sus libros de caballería. Por otra parte (en clara contradicción con la esencia del amor cortés), se le ofrece de forma evidente la recompensa sexual de conseguir a su amada. Sancho acepta sumiso porque, aunque reconoce a los disfrazados, ya no sabe bien qué creer y le faltaba bien poco para tener la mesma enfermedad de su amo. No olvidemos que se vuelve a mencionar el pago de sus servicios.

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