De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



miércoles, 9 de febrero de 2011

Capítulo XLVII

Repite Cervantes, en este capítulo, alguna de las técnicas estructuradoras que ya ha practicado con éxito en otros. Así, distribuye la materia en dos partes. En la primera, nos despedimos de la venta; en la segunda, volvemos a transitar los caminos y vuelve a surgir el encuentro con nuevos personajes.
La salida de la venta es rápida, porque ya hemos visto que Cervantes da la materia por agotada y decide no prolongarla: se sube la jaula, en la que don Quijote está encerrado y maniatado, a un carro de bueyes; se despiden todos los personajes que tantas páginas han llenado en pocas líneas, prometiéndose dar cuenta de lo que les pase, que ya no interesa al narrador, por previsible. Es curioso que la despedida más larga se deba a la ventera, su hija y Maritornes, a las que don Quijote dedica unas palabras dignas del caballero que sueña ser.
Lo más interesante de la despedida es ver cómo nos prepara Cervantes para el asunto principal de la segunda parte del capítulo. Primero, con la extrañeza manifestada por don Quijote al no reconocer con exactitud su encantamiento en los precedentes de los libros de caballería. Para solucionar sus dudas, desvela ser consciente de que es un anacronismo, sabe que sus tiempos no son ya de caballeros andantes y que él, con su voluntad, los ha resucitado:
Pero quizá la caballería y los encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los antiguos. Y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos y otros modos de llevar a los encantados.
Es un primer paso hacia el tratamiento de la materia caballeresca en la literatura, es decir, hacia la reflexión teórica sobre la narrativa. Es justo en este momento cuando deja caer una referencia muy interesante. El ventero entrega al cura unos papeles manuscritos que se encontraban en la misma maleta que El Curioso impertinente. El cura lee el título: Novela de Rinconete y Cortadillo. Como sabemos, es una de las novelas que componen la colección de Novelas ejemplares de Cervantes editada en 1613 y de la que tenemos un manuscrito de 1606. Por lo tanto, la novela ya estaba terminada en 1604, fecha de la redacción de este capítulo. Como de esto hablaremos el sábado, sólo quiero anticipar que la mención de esta novela -una reformulación del género picaresco-, en este momento de la narración, refuerza la intencionalidad de la propuesta narrativa que se esconde en el Quijote y que será debatida en las líneas siguientes.
En efecto, ya en el camino, la comitiva -el boyero, los cuadrilleros de la Santa Hermandad que escoltan la jaula previo pago, don Quijote enjaulado, Sancho, el cura y el barbero- se encuentra con un canónigo y sus criados. Tras un breve momento de desconcierto por las palabras de don Quijote, interviene Sancho, que muestra su descontento ante el cura y el barbero, a los que ya había reconocido a pesar de su disfraz, protestando por no haber dejado terminar la aventura de la princesa Micomicona y alcanzar las recompensas prometidas. Duda de la condición de encantado de su amo:
así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; él tiene su entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como los demás hombres, y como las hacía ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto ansí, ¿cómo quieren hacerme a mí entender que va encantado?
No, no traga fácilmente la burla Sancho, porque se ha visto sin recompensa.
El barbero, oídas las palabras de Sancho duda de si no está tan loco como su amo, a lo que Sancho responde defendiendo su libre condición para entender las cosas, en un paralelismo con afirmaciones pronunciadas por don Quijote capítulos atrás:
-Yo no estoy preñado de nadie -respondió Sancho-, ni soy hombre que me dejaría empreñar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosas peores; y cada uno es hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto más gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor que le falte a quien dallas. Vuestra merced mire cómo habla, señor barbero; que no es todo hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a mí no se me ha de echar dado falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe la verdad; y quédese aquí, porque es peor meneallo.
Tras ello, el cura y el canónigo departen de literatura. Cervantes, antes de cerrar la novela, a la que ya queda poco recorrido, quiere afianzar el mensaje teórico de su propuesta, asegurarse, en fin, de que la regeneración narrativa que pretende con el Quijote queda explícita de forma suficiente, enlazando esta conversación, de forma explícita, con otro momento de alta reflexión teórica, la del escrutinio de la biblioteca de don Quijote (como vemos, el capítulo tiene varias referencias a momentos anteriores).
En resumen, a través de las palabras del canónigo -que se había manifestado buen conocedor de la novela de caballería, que manifiesta un gran dominio de la teoría y que tiene comenzada una novela siguiendo sus ideas-, Cervantes procura dejar asentados los principios que rigen el Quijote.
Por una parte, sus críticas a las novelas de caballerías se basan en su inverosimilitud disparatada e inmoralidad. En definitiva, deleitan pero no enseñan. Son meros divertimentos.
Sin embargo, debe explorarse este género narrativo porque contiene una cosa buena: en manos de alguien con criterio, su variedad, extensión, mezcla de aventuras, personajes y emociones, las hacen un instrumento literario valioso. Termina el capítulo, en este sentido, con una de las más certeras defensas de la novela como género narrativo que se encuentran en la época cervantina, puesto que no debemos olvidar que entonces muchos negaban su condición artística:
-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y hermosura muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que la épica también puede escrebirse en prosa como en verso.


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