De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 6 de febrero de 2011

Capítulo XXXIX

El cautivo comienza su relato, que continuará en el siguiente capítulo.
Su historia, relatada por él mismo a la manera de una de las autobiografías que ya corrían manuscritas e impresas en la época, es, como ya hemos dicho, una contestación literaria a la del Curioso impertinente: aquí se habla de hechos de verdad y no se juega a demostrar una tesis. Incluso lo podemos apreciar en el estilo, directo y sin filigranas.
Nos atrae esta historia, entrelazada de motivos folclóricos (el padre que reparte la herencia con sus tres hijos y los echa al mundo), literarios (historias de aventuras de soldados, novela bizantina con encuentros y desencuentros, literatura exótica y sentimental) y autobiográficos (muchas de las cosas que le pasan a este cautivo le ocurrieron al propio Cervantes).
Esta narración entreverada nos atrapa por todo ello, es diferente a lo que nos hemos encontrado en el Quijote hasta ahora -cosa ya muy difícil a estas alturas de la novela- y aporta una nota de frescura a tanto sentimentalismo de salón como habíamos apreciado en las historias intercaladas anteriores.
Desde la primera palabra que pronuncia el cautivo percibimos que algo ha cambiado: Cervantes ha descubierto, en su experimentación con todas las modalidades narrativas posibles en su momento, un género nuevo, reconocible en sus influencias pero sorprendente en su formato natural y terso. No podemos dejar de leerlo. Quizá por eso sea la última de las narraciones intercaladas propiamente dichas.
En cuanto el cautivo inicia su historia comprendemos la función del discurso sobre las armas y las letras que ha pronunciado don Quijote, que sitúa la materia y la conduce con la mezcla de autobiografismo y detallismo. En efecto, el cautivo es un soldado como los aludidos por don Quijote e hijo de soldado. El padre reparte la herencia en vida (para no gastársela y dejar a sus hijos sin nada, todo sea dicho) y empuja a sus hijos a tomar oficio: las armas al servicio del rey, el comercio en Indias y las letras o la Iglesia.
El cautivo lleva veintidós años fuera de sus tierras leonesas y ha recorrido la geografía europea del Imperio español: de Flandes a Italia para acabar participando, de forma heroica, en Lepanto. En ese momento del relato pronuncia unas palabras que nos ponen en la pista de lo que decíamos el sábado pasado sobre Cervantes como soldado:
más ventura tuvieron los cristianos que allí murieron que los que vivos y vencedores quedaron
En efecto, nuestro narrador cayó cautivo en un azar del combate y queda atado a la galera de su enemigo. Y en esa calidad recorre el Mediterráneo.
Como el relato no acaba aquí y la historia del cautivo se hará más compleja, conformémonos por ahora con señalar algunos aspectos de interés.
Por una parte, obsérvese que el padre empuja a sus hijos a salir de su tierra para hacer fortuna, aunque en tres direcciones diferentes. Cervantes alude a una realidad de los jóvenes españoles de aquellos tiempos, que tenían el mundo por delante para bien y para mal. Para bien porque todo lo que consiguieran lo harían por su propio esfuerzo en un Imperio cuyos límites no se adivinaban. Para mal porque, como sabemos, ese empuje hacia fuera para buscar fortuna y huir de la realidad local, tuvo unas graves consecuencias para la España de las décadas siguientes tanto en lo material como en lo mental. Ni el padre ni los hijos piensan en quedarse a cultivar las tierras, que son compradas por un tío para que la herencia no se aparte de la familia.
Por otra parte, el cautivo recorre, como soldado, una geografía muy real, en la que lo español tenía presencia como gran potencia del momento. La medida heroica de los soldados que componían los tercios españoles (un heroísmo compuesto casi a partes iguales por la entrega a la causa y comportamientos que hoy consideraríamos intolerables) y las promesas de gloria y enriquecimiento debieron ser un acicate constante para aquellos jóvenes.
Finalmente, el sabor amargo del cautiverio, que tanto conoció de cerca Cervantes y que parece prevalecer sobre lo anterior.

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