De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



sábado, 5 de febrero de 2011

Capítulo XXXVI

Para cerrar las historias cruzadas de amores entre Fernando, Cardenio, Luscinda y Dorotea, Cervantes opta por lo teatral: de ahí, entre otras cosas, la velocidad con la que se cumple todo y que la resolución se dé, fundamentalmente, a través del diálogo.
El teatro era el género popular por excelencia en la época y Cervantes siempre tuvo en la mente cómo, después de sus éxitos en los escenarios, se vio apartado de ellos por la irrupción de Lope de Vega y las nuevas tendencias.
En gran medida, una de las características que hacen de esta novela una obra válida en todo momento es su teatralidad: se nos describen las acciones casi como acotaciones, los personajes tienen actitudes actorales y, en fin, lo teatral empapa gran número de reflexiones y aventuras.
Esto es lo que hace ahora, en la venta.
En primer lugar, elige un lugar de paso en el que verosímilmente pueda darse el azar del encuentro. Lo prepara con la descripción que hace el ventero de la extraña comitiva que se introduce en la escena y el comportamiento de los recién llegados, lleno de misterio. Pronto, sin embargo, la voz y el descubrimiento de los rostros da paso a la anagnórisis teatral: todos se reconocen (hay ciertos errores en el relato que se deben a falta de pulido final por parte de Cervantes, pero la rapidez de los acontecimientos los disimulan).
Tras el reconocimiento, todos los movimientos se dan como los podría disponer un buen director de escena: desmayos, solidaridad femenina, gestos dramáticos de súplica, acciones apuntadas que caracterizan a cada uno de los participantes en ellas... y las lágrimas, que siempre ayudan. El drama deviene en comedia sentimental de final feliz.
Pero para que se dé este final feliz se tiene que modificar la arrogancia de Fernando, uno de los personajes más antipáticos de la Primera parte. Ya sabemos de él: heredero de un gran título, noble soberbio y caprichoso, enamoradizo y falso en sus promesas. Ha sido capaz de traicionar a su amigo -he aquí ya una de las razones del Curioso impertinente para los que no hayáis comprendido aun su inserción anterior: en ella, el enamoramiento que traiciona la amistad es verdadero, profundo e inevitable y conduce a los tres protagonistas a una muerte porque saben que se han traicionado los unos a los otros, no como aquí-, de traicionarle de la peor manera posible, robándole a su prometida sin importarle ser correspondido; ha traicionado también la palabra dada a Dorotea, mujer abandonada y burlada; ha robado a Luscinda del monasterio con total alevosía, consciente de la impunidad que le da su estatus.
Fernando es el centro de todas las acciones de este capítulo: Luscinda le ruega la libertad para marchar con su verdadero esposo; Dorotea le recuerda la palabra dada; Cardenio está atento a sus gestos por si tiene que defenderse; todos acuden a rogarle que cumpla con lo que es debido.
La transición de Fernando es notablemente rápida: deja su inicial arrogancia -llega a tocar el pomo de su espada- y su orgullo de hombre acostumbrado a hacer siempre su voluntad y cede ante todas las peticiones para, incluso, estar próximo a las lágrimas.
Cervantes nos ha dejado a nosotros, la decisión sobre lo que hemos visto en esta escena y el comportamiento de cada uno de los personajes y su sinceridad. Como buen dramaturgo, nos da las pistas de los gestos para que seamos nosotros los que valoremos. Porque esta transición de Fernando es no sólo rápida, sino increíble.
Fernando transige porque no puede hacer otra cosa, porque hasta un cura le recuerda que debe actuar como noble y cristiano. Si hubiera pasado por encima de esta petición, hubiera provocado una tragedia, pero no puede: está en una venta, en medio de la realidad de la Mancha y aunque pertenece a la alta nobleza tampoco vive en la impunidad. O quizá sí podría hacerlo, pero Cervantes quiere que no pueda porque no desea llevar la obra por esos derroteros: le ha bastado con marcar críticamente el carácter del heredero de un gran título y luego ha girado hacia el final feliz. Fernando que, en realidad no está enamorado más que de sí mismo, acepta a Dorotea como sucedía en las comedias de enredo cuando en pocos versos se casaba a unos con otros y esboza una sonrisa.
Mientras tanto, todos los presentes han llorado de emoción, como corresponde al género parodiado de la novela sentimental.

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