De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



sábado, 5 de febrero de 2011

Capítulo XXXVII

Ya nos tiene acostumbrados Cervantes a estos capítulos que son, aparentemente, de transición entre unos sucesos (el final de las historias de amor cruzadas) y otros (la historia del cautivo) y que, de pronto, se llenan de contenido, pero éste es especialmente rico en asuntos que recoge y comienza sin darnos ninguno en su totalidad: lo que despierta la curiosidad por seguir la lectura.
En primer lugar, se nos dan las reacciones ante el final de la historia de Fernando, Cardenio, Dorotea y Luscinda. Satisfechos todos, por diferentes razones, resalta la de Fernando, aliviado por poder terminar con bien el monumental enredo en el que le había situado su soberbia: donde se hallaba tan a pique de perder el crédito y el alma.
Da concierto a todo el cura y hasta los venteros ven satisfechas sus demandas económicas.
Todos contentos menos, claro está, Sancho, que ve perdida su recompensa y se dirige, airado, contra su amo, al que trata groseramente y del que vuelve a dudar. Don Quijote, que despierta de su sueño reparador -en el que había derrotado al gigante-, se arma completamente para comprobar lo que le dice Sancho sobre lo que ha sucedido mientras dormía y así se presenta ante todos después que le hayan visto medio desnudo.
Al preguntar a Dorotea sobre todo ello, lo hace con la retórica de las novelas de caballerías y ella, que vuelve a encontrar, con el permiso de todos, la facilidad para fingir, miente con la verdad. Si repasamos sus palabras, en ningún momento afirma ser quien no es, pero lo hace de tal manera y con una retórica tan sutil, que deja satisfecho a don Quijote. Engañado más por lo que quiere oír que por lo que oye, éste, arremete contra su criado, insultándolo pero, esta vez, sin pasar a mayores.
El lector puede pensar que, finalmente, se recuperará la línea argumental primera, la de las aventuras de Don Quijote. Sin embargo, Cervantes, vuelve a introducir el inicio de una historia intercalada que dejará suspendida. Aparecen por la puerta de la venta, un cautivo y una mora que pronto, por lo extraño de su vestimenta y de su comportamiento, llaman la atención de todos. Las mujeres se solidarizan con ella y le ofrecen compartir su aposento. Cuando ven el rostro de la bella Zoraida, el narrador no deja de señalar cierta rivalidad entre las tres mujeres: una competición de belleza femenina que nos recuerda que, aunque estamos en una venta en medio de una novela verosímilmente realista, allí se engarzan relatos que proceden de un mundo idealizado. El que ahora comienza pertenece a la literatura morisca, muy cultivada en España desde el siglo XV. Algunos datos nos da el cautivo sobre quiénes son y, especialmente, que Zoraida es mora natural pero cristiana de voluntad (este personaje alude a una leyenda muy extendida en España desde la Edad Media sobre musulmanas que son cristianas en secreto, con algunos casos reales que sirven para darle carta de naturaleza).
La crítica ha señalado, con acierto, el trabajo intertextual de Cervantes con una comedia suya, Los baños de Argel. Tanto en esta obra de teatro como en la narración del cautivo se contienen elementos autobiográficos de Cervantes, a partir de su experiencia como cautivo de los piratas berberiscos hasta su rescate. Volveremos sobre esto.
Todos los lectores saben que esta aparición, aunque se suspenda el relato, anuncia una historia que, antes o después, reaparecerá. Pero Cervantes ya maneja con sabiduría la intensidad de narración y quiere despertar nuestra curiosidad.
Para ello, rompe el relato intercalado con un discurso de Don Quijote, el de las armas y las letras, paralelo en función (prólogo de un acontecimiento posterior y parodia de una forma de discurso retórico al uso en la época) e intención (remansa la acción y sirve para dividir dos acontecimientos que, de no hacerse así, estarían demasiado cercanos) al de la Edad de oro que pronunciara ante los cabreros. Sin embargo, hay un hecho especial a reseñar: en este caso, la mayoría de los que le escuchan pueden entender sus argumentos y apreciarlos como cabe. Esto eleva el rango moral del orador y, además, hace dudar a los allí presentes sobre la locura de un personaje que consigue razonar con tanto tino. Pero para el lector moderno esto no sucede: no puede apreciar lo que le aparta del relato del cautivo, que promete ser interesante.
Tendremos pues, el broche de una historia pero no como en otras ocasiones, puesto que aquí los personajes se quedan en la venta y participarán en buena parte de los capítulos que siguen; la reaparición de Don Quijote; el anuncio de un relato intercalado, el del cautivo; y el inicio de un discurso, el de las armas y las letras.

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