De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 6 de febrero de 2011

Capítulo XXXVIII

El famoso discurso sobre las armas y las letras que pronuncia don Quijote en la venta, ha sido interpretado de muy diferentes maneras.

En primer lugar, Cervantes nos lo da partido en dos capítulos: el 37, en el que se asiste a las consecuencias finales de la desvelación de identidades de todos los protagonistas de los amores cruzados y la aparición de dos personajes nuevos, el cautivo y la mora; y el 38, en el que se anuncia el inicio del relato de las aventuras de esta pareja.
Es decir, como es frecuente en el Quijote, tiene una posición de cruce, de paso de un sitio a otro. Es una pausa, incluso en la acción relatada: se sientan a comer. Es curioso cómo a don Quijote se le despierta la retórica ante la comida, como vimos ya cuando estaba con los cabreros. Sin embargo, no nos dejemos engañar: hemos visto, en otras ocasiones, cómo es, en estos momentos, cuando Cervantes nos introduce perlas narrativas ante las que tenemos que estar muy atentos.
Antes nos hemos hallado en una situación muy embrollada, un tejido largo de historias siempre apuntadas a medias hasta la resolución final. Hemos visto, también, el peso de los disfraces, de los juegos de ocultación, de todas estas historias: ocultación que se da, especialmente, recurriendo a imitar modelos literarios. De ahí la facilidad con la que participan todos en el engaño que se fabrica para don Quijote. Antes también hemos visto leer una novela, la del Curioso impertinente, cargada de referencias librescas, retórica y un punto conscientemente inverosímil (lo dice hasta el mismo cura al terminar de leerla) en el planteamiento del marido que se empeña en forzar la situación para comprobar la fidelidad de su mujer: es un juego retórico muy conocido en la literatura, por el que se da un ejemplo para explicar una tesis inicial. Ya sabemos que Cervantes siempre presenta matices interesantes, pero ahora no es el caso.
Después vendrá una historia que, desde el inicio, se plantea como opuesta estilísticamente a todo lo anterior. Recordemos las palabras del cautivo:
-Y así, estén vuestras mercedes atentos, y oirán un discurso verdadero, a quien podría ser que no llegasen los mentirosos que con curioso y pensado artificio suelen componerse.
Es aquí donde debemos explicar el discurso: de lo retórico y literario, del artificio basado exclusivamente en los modelos literarios (aunque se intente ser original en el tratamiento de los géneros) a un relato que se nos presenta sencillo y verdadero que, aunque tenga modelos literarios no se subordina a ninguno de ellos sino que se presenta como algo basado en la experiencia del propio Cervantes.
El género del debate viene desde la Edad Media y fue muy cultivado por la literatura y por la retórica en los discursos demostrativos que conducían hacia una verdad contraponiendo dos elementos para dar la razón a uno de ellos. Cervantes, por lo tanto, vuelve a tomar una modalidad de escritura consagrada para experimentar con ella. Porque eso es lo que hace el autor: partiendo de un esquema rigurosamente retórico de oposiciones continuas para ir desgranando las ventajas e inconvenientes de cultivar las armas o las letras, llega un punto en el que rebaja todo de literatura para hablar desde la experiencia del que conoce ambos mundos: cambia el género desde dentro. Recordemos que Cervantes iba para hombre de letras cuando lo deja todo y se hace soldado, para retornar después a las letras. Y de ambas situaciones conoce las zonas más oscuras, menos brillantes.
Le interesa, en el discurso, recordar las penurias de los soldados españoles esparcidos por el mundo: pero de los soldados rasos, de la gente que ha dado su vida al servicio de la Monarquía española. Con esos motivos y las alusiones veladas a sus propias circunstancias (la referencia a que un trozo de metal le puede apartar, de forma poco heroica, al hombre de armas de la gloria, como le ocurrió a él). En las palabras de Cervantes hay todo un homenaje a los componentes de los tercios españoles.
Ahora bien, estamos en el Quijote y Cervantes suele dar otra vuelta a los argumentos. Recordemos que todo el discurso tiene un marco en las propias palabras de don Quijote, un viejo extravagante que ha salido al mundo real con unos ideales librescos. Comienza su discurso aludiendo al juego de disfraces y a la relatividad de lo que se es y de lo que se parece:
Verdaderamente, si bien se considera, señores míos, grandes e inauditas cosas ven los que profesan la orden de la andante caballería. Si no, ¿cuál de los vivientes habrá en el mundo que ahora por la puerta deste castillo entrara, y de la suerte que estamos nos viere, que juzgue y crea que nosotros somos quien somos?
Y lo termina recordando, de nuevo, su condición de caballero andante:
Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra. Pero haga el cielo lo que fuere servido, que tanto seré más estimado, si salgo con lo que pretendo, cuanto a mayores peligros me he puesto que se pusieron los caballeros andantes de los pasados siglos.
Es decir, Cervantes nos recuerda que esas palabras las dice alguien que hace ficción del mundo real, que se niega a aceptarlo y lo trasforma de acuerdo con unas propuestas que toma no de la realidad, sino de la literatura fantástica. Con lo que nos vuelve a someter a la duda, como a los que asisten al discurso. La locura o extravagancia de don Quijote puede afectar a sus palabras y trasformarlas: quizá quisiera Cervantes, al final de su vida, recordarnos el desengaño del soldado abandonado por todos y refugiado en las letras.

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