De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



martes, 8 de febrero de 2011

El baciyelmo.

Cervantes vuelve a sacar a la narración un objeto del que ya casi nos habíamos olvidado, la bacía que toman del barbero tras su encuentro con él antes del episodio de los galeotes, en el capítulo 21. Y lo hace de una manera que en este autor significa siempre el cuestionamiento de la realidad y de las técnicas narrativas habituales.
Recordemos que aquella batalla significó muchas cosas: en primer lugar, una victoria de don Quijote, necesitado de ellas, con lo que se refuerza la voluntaria trasformación del mundo real en el mundo literario que había soñado; la recompensa de Sancho, que ve confirmada la buena dirección de la aventura emprendida con su amo, que tantas veces se había cuestionado, con lo que puede llegar a dudar de la perspectiva realista de las cosas según las entendía su sentido común; la definitiva formación de la imagen quijotesca al encasquetarse la bacía como yelmo.
En definitiva, el hecho de que la bacía sea yelmo es vital para don Quijote: más aun que el desencanto de los gigantes-molinos o de los castillos-ventas, porque este objeto ha sido ganado por él en combate y se convierte en una parte de su indumentaria, es decir, en una parte de sí mismo.
Cuando el barbero entra por la puerta de la venta y reconoce en Sancho al ladrón de la albarda de su asno, el conflicto se manifiesta por esta albarda, más que por la bacía, que es de menor importancia para el barbero -lo que pone en cuestión la jerarquía de valores de don Quijote, para el que sucede todo lo contrario- pero, tras unos golpes y unos gritos, deriva hacia la bacía porque don Quijote toma las riendas del asunto al forzar a todos los presentes -ante el espanto de Sancho, que piensa que ya lo tiene todo perdido- a tomar partido en la decisión sobre si es bacía o yelmo.
Y es aquí en donde la verdad del cuento se ahonda.
Hasta el Quijote, en la novela no se había cuestionado la realidad de esta manera como parte esencial del relato y como técnica narrativa: que la realidad se problematice así es ya una forma de explicar, por una parte, la construcción misma de la novela; por otra, profundizar en un debate filosófico sobre la existencia de la realidad misma en sí o a través de su recepción.
En el segundo aspecto, de forma irónica -no olvidemos que se habla de una herramienta propia del oficio de un barbero, con lo que implica la consideración social de este oficio cuestionado no sólo por los muchos que lo ejercían sin formación sino también como un reducto de personas que no procedían de cristianos viejos-, se cuestiona todo lo que hoy llamaríamos pensamiento único: las cosas pueden abordarse según los criterios personales de cada uno, no según lo que dicte el consenso general, hay posibilidad de disentir y de ver las cosas de forma diferente y heterodoxa, hay opciones para el sueño y los proyectos divergentes. Para ello Cervantes usa, como ya señaló Américo Castro (que es a quien debemos la atención de los críticos hacia este punto), el cuestionamiento de los sentidos que se daba en el pensamiento barroco para ir aun más allá, a partir de la parodia literaria.
En el primero, se pone en juicio definitivo todo lo que sustenta la aventura de don Quijote y que ya habíamos visto en la aventura de los molinos, por ejemplo. El protagonista se la juega: si el dictamen es favorable a la bacía, no sólo será Sancho el que pierda las albardas, sino él mismo el que quede totalmente desacreditado ante sí mismo y ante toda la multitud de personajes que se han concentrado en la venta de forma tan evidente que no le quedará más remedio que volverse a su casa con la cabeza gacha. Este juicio no trata sólo de si es bacía o yelmo, sino sobre la misma entidad de la novela, por lo que alcanza un sentido metaliterario.
Ya hemos visto, en otras ocasiones, que la fuerza del proyecto vital de don Quijote es tanta que consigue sumar voluntades, veremos en esta ocasión qué pasa.
Por ahora, ya podemos constatar que hasta el mismo Sancho, por interés y por la inercia de los últimos capítulos, ya no es capaz de llamar bacía a la bacía como llamó molinos a los molinos y la convierte, en uno de los mejores hallazgos lingüísticos de la novela, en baciyelmo: será lo que queramos ver en ella, porque este objeto, en sí mismo, ya no existe puesto que se ha trasformado por las perspectivas con las que lo afrontamos, sean cuales sean nuestros motivos para hacerlo.
Abordar la realidad desde el perspectivismo, problematizándola, es la raíz esencial del Quijote. Y hacerlo todo a partir de las técnicas del realismo, sin necesidad de introducirse en el mundo de las narraciones fantásticas, la gran lección de Cervantes para la narrativa posterior.

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