De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



sábado, 5 de febrero de 2011

La novela morisca.

Desde los primeros testimonios de la literatura morisca -la literatura que narraba las circunstancias de la guerra entre los reinos cristianos y árabes de la Península Ibérica-, especialmente a finales del siglo XV con el romancero, uno de los motivos más novelescos y de mayor éxito era el de las mujeres que, en tierra musulmana, profesaban la religión cristiana.
Estas, en esa literatura, eran cautivas -mujeres que, por una expedición militar u otras circunstancias terminaban en territorio musulmán- o hijas de cautivas. Estas mujeres se veían forzadas, según la leyenda, a profesar el islam pero, en secreto, eran cristianas. También hay casos de hijas de musulmanes que sentían el cristianismo por algún contacto con otras mujeres cristianas, como las esclavas. Un tercer sector procede de mujeres o hijas de renegados -cristianos que renegaban de su religión para hacerse musulmanes.
Sabemos de casos en los que esto sucedió, pero no siempre todos los datos aportados en los testimonios son fiables porque hay cierta tendencia a lo novelesco que los desvirtúan. Sí constan, con más certeza documental, casos de mujeres que, por varias razones, terminan casándose con notables musulmanes de la época y que no tienen ningún problema en cambiar de religión.
Cuando la guerra ya no se dio en territorio peninsular, la leyenda de la mora cristiana pasó a hacerse aún más exótica y, por lo tanto, más atractiva.
Independientemente de la realidad -en las guerras fronterizas pueden ocurrir estas cosas con frecuencia-, nos interesa el contenido legendario que contiene: su fuerza para el imaginario colectivo. Por eso la literatura lo usó tanto.
Es curioso cómo los textos literarios se centraron, especialmente, en el mundo de las mujeres que terminaban casándose con reyes o grandes personajes musulmanes o en sus hijas. La situación de las mujeres del pueblo, más frecuente, era menos hermosa, por supuesto y, por lo tanto, no tan novelable en una literatura idealizadora como ésta.
En primer lugar, es innegable, hay un efecto de propaganda de los reinos cristianos en tiempos en los que se ha formulado dicha guerra peninsular como Reconquista, Cruzada religiosa por lo tanto. Por una parte, mostraba un modelo de comportamiento a seguir para un hecho muy frecuente: las mujeres que eran raptadas en la guerra o, posteriormente, por los piratas berberiscos (ambas cosas se dieron con frecuencia).
Sin duda alguna, los cristianos del momento veían un estímulo noble en la guerra para liberar a estas mujeres. La guerra, todos los sabemos, hay que vestirla de estas cosas para que nos parezca justa.
Por otra parte, es innegable que en la literatura, especialmente la narrativa morisca del XVI, hay un uso del lujo y la sensualidad oriental en esta leyenda: los vestidos, el harén, el refinamiento. Tendríamos reunidos, por lo tanto, todos los ingredientes para un éxito popular -que aun hoy funciona-: la guerra, con comportamientos heroicos; un ambiente de lujo y erotismo; la religión como conflicto en un momento en el que todo se explicaba por ella; la caballerosidad de los que acuden al rescate de estas cristianas secretas.
Cervantes, como veremos, resume en la historia del cautivo que nos ha comenzado esta semana, todos estos ingredientes de la literatura morisca. Y, además, les añade un toque personal a partir de su experiencia en Argel. Sabe que gustará la historia porque tiene todos los componentes necesarios del éxito.

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