De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 6 de febrero de 2011

Procelosos caminos.

Cervantes estuvo ausente de España, según lo que conocemos, desde finales de 1569 hasta octubre de 1580: 11 años, contando los 5 que estuvo preso en Argel.
Las causas de su marcha no están claras: se supone que huyó de la justicia, por una providencia real que manda perseguir a un tal Miguel de Cervantes acusado de herir en duelo (los duelos estaban prohibidos) a un maestro de obras llamado Antonio Sigura. De ser este Cervantes nuestro autor, tendríamos una causa efectiva, primera, pero quizá no del suficiente peso como para justificar su salida de España. Otros, en su época, vulneraron la prohibición de batirse en duelo y, a pesar de la dureza de las condenas iniciales (en este caso, cortarle la mano derecha y destierro de diez años: qué burla del destino si fuera así, porque volvió con la mano izquierda inútil y tras 11 años) no salieron demasiado malparados por la corrupción de la justicia del momento y las muchas formas de burlarla, al menos no tanto como para justificar que dejen toda su vida y marchen a un incierto futuro.
Se han barajado varias explicaciones que, sumadas al delito (de ser éste cierto), puedan explicar su marcha de España. Según la leyenda popular, saldría huyendo de Madrid hacia Barcelona, desde donde pasaría a Italia (el refugio en la Corona de Aragón era frecuente entre los acusados de crímenes en la Corona de Castilla, porque ambas tenían legislaciones diferentes).
Algunas de estas explicaciones son propias de la sensibilidad romántica: Cervantes se batió por amor y por ese amor, ya imposible, se fue de España. Participar en los tercios, como más recientemente en la Legión, servía en la época para expiar un crimen y limpiar el nombre.
Otras profundizan en la casi segura adscripción de la familia de Cervantes al tronco de los judeoconversos. Al tener este origen familiar (que explicaría también su mirada realista al mundo y que se le negara el permiso para marchar a Indias cuando lo solicitó), Cervantes no podía arriesgarse a que se le encausara porque saldría a la luz que no era cristiano viejo, por lo que optó por la huida.
Hay otras que explican una inquietud que ya tendría aquel joven estudiante, con aptitudes más que demostradas para la escritura y una educación y mentalidad moderna, propia del que se ha formado en círculos humanísticos, en una España que comenzaba a cerrarse en torno a la ideología contrarreformista. Quizá el duelo sirviera de espoleta para marchar al mundo, a correr aventuras y vivirlo en primera persona.
Quizá ninguna de estas teorías sean ciertas. Quizá lo sean las tres, puesto que se complementan.
El caso es que tenemos en Italia a nuestro joven: primero, al servicio del cardenal Acquaviva (hay quien sostiene que entre ambos hubo una relación sentimental cuya ruptura provocó que Cervantes se enrolara en los tercios), luego como soldado. En la primera colocación conoció alguna de las ciudades más florecientes del momento: Roma, Palermo, Milán, Florencia, Venecia, Parma, Ferrara. Hay indicios de que en estos momentos leyó mucho a los grandes escritores italianos, participó en academias y debates: en definitiva, se empapó de cultura y aprendió que la novela (muy cultivada en Italia, especialmente la novela corta) podía ser un gran género literario manejado con sutileza.
Como soldado, en la compañía de Diego de Urbina y luego en el regimiento Lope de Figueroa, al mando de Manuel Ponce de León, no dejó de recorrer buena parte de la geografía italiana. En la vida de un soldado no todo era la guerra: el compañerismo y el viaje son parte sustancial y un joven como Cervantes debió aprovecharlo para aumentar su bagaje cultural. También participó en grandes batallas, alguna de las cuales nos ha narrado el cautivo como podía contarlas el mismo Cervantes: Lepanto (en donde tuvo un comportamiento heroico y perdió el uso de la mano izquierda por una herida), Navarino, Corfú, Bizerta, Túnez. Después estuvo en Sicilia, Génova, Lombardía, Nápoles. Sin duda, en los momentos de paz se relacionaría con los escritores y artistas de aquellos lugares, aprendería de ellos, se probaría como escritor. Algo de la vida de Cervantes esos años puede intuirse en los documentos que se han descubierto recientemente en Valladolid.
Démonos cuenta de estos hechos: un joven español, que prometía ser un gran letrado y con afición a escribir, acaba como soldado raso de los tercios, recorre las grandes ciudades italianas y participa en las batallas más importantes del momento. A Miguel de Cervantes le parecería estar en donde el mundo crecía y ensancharlo con sus pasos.

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