De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 21 de diciembre de 2014

cAPÍTULO lI

Cervantes decide cerrar su novela como si fuera un capítulo más y lo fragmenta al estilo de tantos que hemos visto, graduando a la perfección el impacto de cada una de las partes. En primer lugar, termina la historia del cabrero de una manera que nos suena, porque ya lo ha hecho en otros relatos: diciéndonos cómo ha sido recibida por lo oyentes y, en especial, por el canónigo, que detecta el truco técnico del relato y nos lo confiesa. Esto es muy barroco: Cervantes levanta la manta que cubre el artificio de su propio escrito y lo expone a nuestra contemplación:


especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad notó la manera con que le había contado, tan lejos de parecer rústico cabrero cuan cerca de mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había dicho muy bien el cura en decir que los montes criaban letrados


Este rústico-cortesano despierta, de forma inmediata, sus resonancias literarias, tanto dentro del propio Quijote como en un juego intertextual con la literatura anterior. Y sin esta alusión expresa en boca de un avezado lector, como lo es el canónigo, no comprenderemos lo que viene después. Don Quijote interviene, como le corresponde, es decir, llevando a su terreno caballeresco la historia, entre otras cosas, porque ha detectado lo mismo que el canónigo, es decir, el carácter cortesano y libresco del tono del relato del cabrero: en el fondo, está legitimado para pensar que es uno de los suyos. Pero Cervantes vuelve a usar del desnivel retórico, en una caída brusca: el rústico no admite como igual a don Quijote y lo tacha de loco, a pesar de declarase conocedor de los libros de caballerías y de estar por los montes al estilo de la literatura pastoril:


para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que este gentil hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza


La reacción de don Quijote ante este rechazo es previsible, porque ya se nos ha dado pruebas de su natural colérico: lo insulta y se enzarzan en una pelea. Cervantes juega al caos conscientemente: todos azuzan a los que combaten y ayudan a prolongar los golpes. Incluso el barbero interviene para que su vecino sea golpeado por el cabrero. Ninguno de los presentes, excepto Sancho, se comporta con nobleza.


La pelea se corta bruscamente: aparece una procesión de disciplinantes que don Quijote interpreta también a su manera, exigiendo que la imagen de la Virgen María sea liberada. Obsérvese que Cervantes tiene buen cuidado en señalar que el hidalgo debería haberlos reconocido porque, por su frecuencia en la España del momento, sin duda debió encontrárselos más veces en su vida. Pero don Quijote, como le sucedió en la aventura de los molinos y en otras tenía que probar ante los que le habían negado la cordura, la necesidad de su empeño: no puede dejar pasar la ocasión y necesita trasfigurar lo que ve. Lo que sigue es un juego irónico con muchas interpretaciones. En principio no es más que el relato de un loco que hace locuras, pero observemos cómo se pone en solfa esta manifestación externa y extremada de la religión católica, llegando a afirmar el protagonista que la Virgen va prisionera. La imagen del disiciplinante levantando la túnica hasta la cinta para correr más ligero al creerse asesino y la de todo el resto de los que van en procesión apiñándose en torno a la Virgen para defenderse de un posible ataque, es mordaz y muy cómica, sin duda alguna.


Ya conocemos el resto: molido don Quijote a golpes hasta parecer muerto, Sancho pronuncia un planto paródico de otros de las novelas de caballerías. Recuperado el hidalgo, vuelve al carro de bueyes, sobre el entra en su aldea. Acogido en casa por su sobrina y el ama, que vuelven a maldecir de las historias caballerescas, será dado de lado por el narrador, que gira gira su atención a Sancho, para relatarnos su reencuentro con su mujer, que quiere saber del asno y del provecho de su aventura como escudero. Sancho le contesta con gran sigilio, pues tiene cosas que ocultar, como veremos al inicio de la segunda parte.


Un final singular para una novela, puesto que el último capítulo parece uno más de los que llevamos leídos, lleno de circunstancias que resumen y juegan con casi todo lo que hemos visto en el libro: sólo el retorno del héroe a la casa nos dice, sin lugar a dudas, que estamos ante el final del relato, puesto que el narrador parecía no tener prisa por llegar a ese momento. Por ahora. Lo que sí tenemos ya claro es que esta segunda salida, que ha durado unas tres semanas en el tiempo interno de la novela, tendrá una prolongación.

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