De la memoria no del texto.

Quieren decir que tenía el nombre de Quijada o Quesada...por conjeturas, verosímiles, se deja entrever que se llamaba Quijana.



domingo, 21 de diciembre de 2014

CAPITULO LI

El relato del cabrero, que ocupa todo el capítulo, es muchas cosas juntas que debemos apuntar.


En primer lugar, recordemos que interrumpe el debate sobre la literatura caballeresca, en el que se polemiza sobre la verosimilitud y lo fantástico en la literatura. Como ya hemos detectado que Cervantes suele responder a los debates literarios o temáticos abiertos en el Quijote con una historia, no nos debe sorprender que proponga, en el relato del cabrero, una conversión a la ficción verosímil de las historias pastoriles, tan idealistas y llenas de irrealidad. Ya hemos visto esto mismo en el Quijote. Es una materia reconocible a estas alturas de la novela, puesto que tiene muchas similitudes con el encuentro con los cabreros y la posterior historia de la pastora Marcela.


Este cabrero anda por el monte cuidando sus cabras por culpa de una historia de amor frustrada, pero, aunque desciende de los pastores fingidos de la literatura pastoril, plantea una seria evolución del género (cosa que ya había propuesto Cervantes desde La Galatea pero que en el Quijote asienta definitivamente). Es curioso el ingenio de Cervantes: rompe el género desde dentro, a la manera de lo que viene haciendo con la novela caballeresca desde el inicio de la novela.


Para hacerlo, mezcla lo pastoril con otros géneros bien conocidos por un lector de la época: las historias de rústicos, la novela de engaños a la italiana, el cuento folclórico, el chiste misógino, etc. Todo eso contiene la historia de este cabrero. Como vemos, Cervantes continúa con su propuesta de muestrario de géneros narrativos, mezclándolos y jugando con ellos.


Del cuento debemos resaltar varias cuestiones. En primer lugar, que aborda una temática muchas veces tratada en la literatura y en el folclore. De ahí su fuerte raíz misógina, que debía hacer las delicias en la época. Sin embargo, en el texto hay matices que conviene resaltar antes de condenar, desde una perspectiva actual, al autor.


Eugenio sí es el declaradamente misógino:


Yo sigo otro camino más fácil, y a mi parecer el más acertado, que es decir mal de la ligereza de las mujeres, de su inconstancia, de su doble trato, de sus promesas muertas, de su fe rompida, y, finalmente, del poco discurso que tienen en saber colocar sus pensamientos e intenciones que tienen.


Pero él mismo nos dice que su amigo y rival, Anselmo, tiene otra perspectiva ante el mismo hecho:


Entre estos disparatados [se refiere a todos los pretendientes de Leandra que andan por el monte disfrazados de pastores], el que muestra que menos y más juicio tiene es mi competidor Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, sólo se queja de ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con versos donde muestra su buen entendimiento, cantando se queja.


Y, entre los otros pretendientes de Leandra que llenan el sitio como si fueran setas, hay de todo, pero sólo Eugenio, como él mismo dice, ha seguido el camino más fácil.


No tengo tan claro que la moraleja del cuento sea misógina, como muchos afirman. Hay suficientes alusiones en el relato que nos hacen pensar si la ingenuidad de Leandra no viene dada del excesivo recato y encerramiento que sufre la joven. Esta adolescente apartada del trato de los hombres de su edad es campo abonado para un burlador de medio pelo como Vicente de la Rosa. De que la mujer fuera burlada y encerrada en un convento hasta que se pase el ruido, tiene más culpa su encerramiento que su voluntad.


Por cierto, qué personaje Vicente de la Rosa. Procede, por vía directa, del soldado fanfarrón del teatro, en especial, del teatro breve: bravucón, sin principios, mentiroso, etc. Y su descripción -literaria pero basada en un tipo real de la época-, daría que pensar a cualquier padre de orden que lea el texto. Silenciemos, si os parece, si fue y volvió virgen la joven. Al fin y al cabo, ella lo afirma y el padre acaba creyéndoselo.

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